21.9.10

Consumismo compulsivo

Nos ha costado casi un mes, pero finalmente mi señora madre, mi adorable hermana y yo hemos conseguido llegar a ese sitio donde no hay epidemias pero sí AppleStores nuevecitas, y pegarnos el intensivo de compras pendiente desde que decidieron arruinarme la vida estas vacaciones sustituyéndome a Ricoeur por el Vogue, a Benjamin por el Cosmopolitan, y a Taylor por el Ragazza, y convenciéndome de que no quiero ser una chica cultivada sino una chica bien vestida, que, en los tiempos que corren, es mucho más importante. Ataques de frivolidad que tiene una, a ratos pequeños (y no tan pequeños).

Cuando las he acompañado al coche, después de pasar por casa a hacer un outlet ultraveloz, las dos me han mirado diciendo "qué bien estás". No deja de ser sorprendente que te digan eso una hora y media después de que tú engullas lexatines en el sofá de una nueva corsetería porque es 20 de septiembre en lugar de 13, como pensabas. Mi madre insistía, de todas maneras: "Mira que este verano has estado rara y has tenido momentos malos, y que me he preocupado, pero esto ya no es lo de antes".

Jo, qué bonito. Lo de antes. Eso que Lisbeth Salander llamaba Todo lo Malo y que yo, como no tenía a quién prender fuego con mi bidón de gasolina, me limitaba a nombrar como "agujero negro". Dicen que ya no. Y yo me lo creo.

Los ciclotímicos vivimos de pequeñas victorias sobre el columpio, no queda otra. Pasar 9 horas en un centro comercial. Probarse más de una docena de vaqueros. Y salir indemne. Y no pasarlo mal. Y gastar, sí, más de lo deseado, pero porque, ya lo hemos dicho, es época de cuidarse, de darse caprichos, de reconocerse necesidades aunque sean frívolas. Porque hace unos días reconocía que "en el fondo, medicada funciono mejor". Pero también, las cosas como son, cuando uno se ve bien en el espejo, funciona mejor. Un poco lo mismo que escribía hace poco por aquí sobre las rachas.

Claro que no es imprescindible: la semana pasada me comí con patatas una entrevista de trabajo disfrazada de años 90, a pesar de saber que sólo con cambiarme de camisa las cosas iban a ser más fáciles. Porque es así. Porque nos puede dar cien patadas, pero la apariencia importa. Mucho. No me lo he inventado yo.

Y ahora tengo un modelo perfecto para el encuentro, a falta del beneplácito de la Chica Mariposa; un vestido que va a ser mi equivalente al vestido inglés de la Chica Casi Trilingüe (y que es, en el fondo, un disfraz de Chica Casi Trilingüe, pero yo espero que me lo perdone); esa cosa extraña conocida como fondo-de-armario y que tengo abandonada desde los dieciséis años; unos vaqueros para sobrevivir a la muerte inminente de mis vaqueros-de-repuesto actuales; la seguridad que aporta no sentirse ridícula en su prenda básica de otoño; la sonrisa tonta de que alguien diga ante un vestido maravilloso que es "muy tu estilo" (y pensar ¿yo tengo de eso, en serio?)...

Pero, sobre todo, tengo una pequeña victoria. Y es que, señores centros comerciales, me ha costado diez años, pero hoy he ganado. He entrado contenta, he salido contenta. No he perdido el control sobre mis actos en ningún momento. Me lo he pasado bien. Ahí te quedas, fobia-a-los-centros-comerciales. Hoy te destierro.

1 comentario:

Jane dijo...

Lo siento, no he podido avitarlo... xD

http://www.youtube.com/watch?v=GF1b1pf9DRY

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