1.11.09

Empollona multidimensional

Quienquiera que tuvo la fantástica idea de ilegalizar el katovit no pensó en Bolonia.

Llegas a clase por primera vez y tus preocupaciones son si se habrá mantenido el precio de la cerveza (no), comerte una tostada grasienta para merendar ("la plancha está apagada"), si tendrás suficientes vaqueros ahora que no piensas ponerte otra cosa hasta junio (claramente tengo de menos, pero eso no se arreglará hasta las rebajas), y si sentarte en la segunda fila te condicionará y tus nuevos amigos serán unos seres extraños venidos de otro planeta (puede ser, pero por encantadores, más que otra cosa).

Luego sales de clase llorando porque eres una imbécil y tienen que venir el Chico Cósmico, tus suegros, tus padres, y el carnet de biblioteca de la Chica India a recordarte que tú siempre has querido ser Cortocircuito y que el hábito hace al bibliófago, pero eso lleva un poco más de tiempo.

El segundo día, una señora muy simpática y entrañable por su enorme parecido con mi cuñada en los meses pre-Sobrino, te explica lo que está pasando: Bolonia multiplica el número de horas de cada crédito, suponiendo un número de 15 horas por crédito de trabajo que haces por tu cuenta y riesgo, fuera de clase.

Ya, pues qué bien.

Sigo sin un carnet propio de la biblioteca (aunque estoy francamente enamorada de la Biblioteca Central de la Comunidad de Madrid), y con muchos vicios adquiridos de mi fugaz vida feliz como parada (véase todo juego de granjas de Facebook, como botón de muestra). Tengo un trabajo sin el que no puedo pagar el máster, y tengo una casa claramente dominada por una especie superior de apariencia pelusil. Tengo una coneja a la que hay que obligar a hacer ejercicio y medicar una vez al día por burra que se ponga.

Y tengo seis libros sobre la mesa, de los cuales cuatro deberían estar leídos mañana por la tarde.

Desde que empezó el máster, he leído Qué es la globalización, Ideas y creencias, La sociedad red, El poder de la identidad, Un mundo desbocado, El advenimiento de la sociedad postindustrial, El orden del discurso y La semiosfera I y aun así tengo la sensación de haberme metamorfoseado en conejo de Alicia y llegar tarde a todas partes.

Tengo una agenda construida de piezas de lego de compromiso que implican que haga montones de fines de semana que no tengo hueco para la improvisación. Y eso sí que me saca de mis casillas.

Lo que no tengo, parece ser, es el cambio de chip que uno debería tener cuando hace un máster. Dicen por ahí que debería estar recluida y haciéndome exponencialmente más sabia por fracciones de media hora, pero el caso es que yo lo que pienso es en la noche de la pegatina del Independance, en la cantidad de llamadas perdidas, en gente que ha desaparecido a la que quiero buscar, en proyectos vitales que sonaban genial hace tres semanas del tipo de producir cortometrajes, en resolver mis problemas de licencia con Adobe, en mi novela sin título, en ordenar cajones, en leer narrativa en vez de ensayo.

He cambiado como institución en mi bolso mi libreta de cosasquequierohacer por mi nueva libreta de apuntesparaunatesiskamikaze. Y el caso es que si no estuviera tan convencida de probar mi teoría, no habría pasado horas leyendo un blog de una persona a la que acabo de conocer y de la que ahora conozco su lista de objetivos de 2009 y su Hitlist de su último cumpleaños (o al revés). Y que esa persona mola mucho y que en realidad me interesan más mis compañeros que mis lecturas. Y aprender portugués y hasta pasar unos días en Somosaguas. Y leer a Bataille, que no cuenta ni sale en ningún programa, pero que hace que al Chico Que Creí El Chico Morado le salgan chiribitas por los ojos.

Decisión novísima: voy a combinar las dos libretas. Y voy a apuntar en la que realmente mola que necesito muchos apodos; porque tengo intención de hacer muchos amigos, de tomar muchas cañas en Argumosa, de descubrir cuántos puntos de vista pueden llevarte a la misma clase, de debatir sobre la quiebra de la política en España y el papel de la mujer en la sociedad brasileña. Alrededor de unas tapas, y no de una pizarra.
Quiero aprendérmelos a todos.

Ea.

2 comentarios:

Lucía Corujo dijo...

Ay qué agobio me ha dado.
Un saludo

La abajo firmante dijo...

Ya lo siento... Se supone que una pena compartida es media pena, no al revés ;)

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