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5.7.25

Efemérides

3 años y 2 días de su MD, 3 años menos 1 día de la primera vez que el Niño Cascabeles se marchó tanto tiempo, 3 días entre una cosa y otra y 4 entre la primera vez que sentí que se me llevaban las vísceras y me dejaban andando como una cáscara vacía y la primera vez que sentí que quería llenar esa cáscara de sus palabras. Y luego 6, y no cinco, qué le vamos a hacer, no se me dan bien los números, hasta que empezamos a llenarla de besos.

3 años después esa cáscara vacía ni siquiera cuenta a su favor con el efecto sorpresa. Está acostumbrada al vaciado pero también se va resecando de estar cada vez menos conectada con todo lo que late. Si la miras fijamente, se resquebraja. Da mucho miedo pensar que pueda, directamente, convertirse en polvo.

Llorar puede ser una buena medida de hidratación: a falta de hialurónico, buena es el agua salada. 

Me meto en la cama con la firme intención de disfrutar del silencio, tan añorado todo el año. Mis vecinas, como siempre, montan estrépito cada quince minutos, no sea que haya un ciclo de sueño que se quede sin arruinar, hasta que me desvelo: las descargas periódicas de cortisol han convertido mi cabeza en territorio hostil.

Respiro profundamente y procuro conectar con la ira salvadora que llegó ayer en forma de audio: que la vida nunca deje de regalarme amigas capaces de enfadarse cuando yo no lo hago. Me regodeo en el agravio, reescribo mis propias palabras y vuelvo a tener, por enésima vez, la misma conversación en mi cabeza, esperando que esta vez no sea la misma.

Pero aunque sabiamente he dejado pasar la hora del café, siempre hay demasiada cafeína en mi torrente sanguíneo, y siempre hay falta de síntesis conectivas, no sé si en mi vida, pero desde luego en nuestra narrativa; y una vez más es como si hubiera alguien a cargo de garantizar la coherencia incluso si eso conlleva aplastarme en el camino. Vuelve la culpa, vuelve la compasión, vuelve la ternura, y por tanto vuelve el llanto.

"He tenido un ataque de lucidez y creo que la conversación nunca va a llegar", dijo ella; inmediatamente después entraba en otra espiral y esperaba respuestas sin que hubiera llegado siquiera la señal. Esperando ese doble check tengo otro golpe de lucidez: la quiebra de la inercia, como decía Chica Astros.

Hago un experimento y procuro volver a todo lo bueno que ha dejado el vacío para una nueva inercia, pero no lo encuentro. Me pesan en el cardias el recuento de plantones y todas las proposiciones que no hice. Las conversaciones que ya no tengo. Me envuelve, otra vez, el puto desamparo, que no me deja en paz. 

Necesito salir de mi cabeza.

Intento pensar en deudas pendientes conmigo misma, hago un intento tímido y se convierte en un plan improvisado y de pronto parece que entra aire. Será la tormenta monzónica de cada tarde, cortesía de la crisis climática; pero durante un rato, cada tarde, podemos soñar con que va a refrescar justo antes de darnos cuenta de que ahora los 40º ya no son secos sino húmedos, y seguir sudando.

Seguramente esta noche tampoco pueda dormir, pero ahora mismo ya no estoy en una terraza en un parque, temblando pese al calor; sino en un bar del centro, de madrugada, y alguien se me acerca y me dice "Vigilar y castigar, El orden del discurso, Las palabras y las cosas"; y no recuerdo cómo le llamé, y buscándolo me encuentro con que lo que escribí aquel día empezaba por "Los días malos están ahí. Existen. Se pasan". 

Y, por una vez, no estoy en 2022 ni en 2004 sino en 2010, y las cosas no eran fáciles pero sí bonitas y desde luego que daban miedo y daban risa de tan por estrenar que parecían; y aunque solo sepa contar mis duelos por ruptura en clave de tontipop y literatura suicidófila hago un esfuerzo por pensar que Elvira Sastre, aunque añore, siempre se va. 

Y a lo mejor es momento de repetir otros eneros.

29.6.25

Autodestrucción

Yo ayer sentía que tenía que escribir algo pero no lo hice.

Es una habilidad que no me vendría mal practicar más a menudo, aunque ahora esté molesta porque ya no lo recuerdo.

También supe que no tenía que escribir algo, pero lo hice, porque "mamá, cuando alguien quiere algo mucho debe pelear por ello y Spider-Man no se rinde nunca". 

Ahora toca recolocar este corazón lleno de escombros ("jamás me vuelvas a llamar") y yo también sé por dónde está la salida (una de las salidas. La otra, la buena, la que iba por el lado del sol y se veían gamos a lo lejos y se te cruzaban mariposas por los ojos era la que teníamos que tomar juntos, pedazo de ingrato) pero algo dentro de mí está muy empeñado en no cogerla. 

Estoy aprendiendo a reconocer mi modus operandi: el instintivo, no el aprendido. Y sé que hay una cantidad muy grande de confusión en el hormigón que me mantiene ahogándome aquí. Sé (me obligaron a pensarlo, lo tuve que escribir; lo tengo reciente como las rozaduras de las sandalias el primer día de verano) la cantidad de gente que he perdido en mi vida sin entender qué estaba pasando.

Entonces no importaba tanto, porque eran "all the friends I do not like as much as you". 

Pero madre mía lo que me has gustado tú. 

Empiezo el último repaso a sabiendas de que va a llevarme semanas, así que lo extraigo todo: lo que necesitaré para la Paradora de Montañas Rusas del Niño Cascabeles; lo que hubiera ayudado con tu propia Paradora de Montañas Rusas, por si algún día cambias de opinión y vuelves; lo de mis patrones y mis puntos ciegos y mis agujeros negros, con la esperanza de no tener que pedirle a nadie que me pare la montaña rusa nunca más; y, en pleno bucle de incoherencia, todas las razones por las que no eras tú y todos los momentos en que pensé que lo eras.

No, no es incoherencia. Es ambivalencia. Esa es la diferencia.

Me muevo bien en la ambivalencia; mi trabajo me ha costado, pero la maternidad me enseñó a mimetizarme con ese gris que no es tal cosa sino un conjunto de manchas blancas y negras, como  habrían podido hacer Cactus y Vespa en un bosque destrozado por la revolución industrial.

Pero las incoherencias me parecen una tarea que se me encomienda expresamente, un nudo que debo desenredar. "Ordena esto y haz que entre luz". Es una cosa que lamentablemente se me da bien, y eso me ha llevado a pensar que es algo que siempre puedo hacer.

No me manejo bien en la impotencia; aunque eso no es exclusivo, creo que sí genera un nivel de sufrimiento diferente cuando tu esquema habitual es la autosuficiencia (ese mito al que algunas tenemos que agarrarnos porque la realidad fuera de la caverna es aún peor).

Estoy aquí hecha un ovillo, pensando "solo hacía falta pulsar este botón". 

Si no es capaz de enfrentarse a sus propias emociones, ¿qué te hizo pensar que iba a tener en cuenta las tuyas?

Vivir de poesía barata, falsa profundidad y psicología pop sugerida por el algoritmo de Instagram y repetirme continuamente eso de "creo que la vida contigo puede ser algo menos mundana".

Y seguir llenando la lista de cosas que ya no haremos.

Oh, mierda, eso era. Ese era el post.

23.6.25

Echar la llave

Estoy harta de leer sobre lo importante que es, cuando ya te conoces, poner nuevos limites que se ajusten mejor a tus necesidades.

Estoy harta porque es cierto, porque me va mejor desde que me guardo un día de silencio a la semana, porque he dejado de pedirme funcionar cuando voy en contra del sistema, porque claro que si no tienes que ir a contrapelo no rasca.

Pero estoy harta sobre todo porque no se puede, porque yo no puedo llegar ahora y explicar que este año no voy a poder corregir porque a mi vida le han salido subtítulos y audio descripción y es todo muy confuso pero sobre todo es muy decepcionante saber que cuando pensabas que alguien se iba a emocionar contigo de poder entender por fin esa escena en la que todo el mundo hablaba tan deprisa resulta que el patio de butacas solo dice "mucho texto" y "esto cómo se quita", y tengo muchas ganas de llorar sin parar porque eché la llave y me dije que era por mí pero no lo era, era protocolo, y ahora creo que es peor para mí y mejor para ti y no te mereces que siga desequilibrando la balanza en favor de tu paz mental cuando solo se decanta a costa de la mía.

Y yo quiero saber de ti, claro que quiero saber de ti. Y quiero que quieras saber de mí, y es por mí pero también es por ti porque francamente, querido, nada bueno salió jamás de tapar una herida que supura en vez de limpiar bien para curarla, aunque escueza.

Quiero escocerte, no voy a mentir, pero sobre todo quiero curar esta herida que no deja de sangrar por más tiempo que pase porque estoy genuinamente preocupada por su evolución llegados a este punto. Y creo (siempre lo creí) que la clave está en que estamos diseñados para curarnos el uno al otro y nos estamos empeñando en curarnos reflexiva y no recíprocamente, como si el único daño existente fuera el que viene de fuera, como si no hubiéramos demostrado ya con creces un talento considerable para hacernos daño, para alejarnos de lo que queremos, para sabotear cualquier cosa que huela aunque sea un poco a ser verdaderamente feliz.

Estoy enfadada y estoy triste y estoy desesperada y francamente no me apetece ni un poquito empezar a asumir que no vas a volver solo porque no sea seguro vivir con la puerta de par en par.

Qué más da. Hace calor, deja que entre corriente.

No sé si es romanticismo o estupidez, no sé dónde está la frontera entre ambas cosas, si es que existe (decirte alguna estupidez, por ejemplo, te quiero), pero no sé por qué el resto de mi vida tiene que empezar cuando cierre la puerta si yo la quiero abierta.

Da igual pasar página si ya te has aprendido el párrafo de memoria y vas a seguir volviendo en tu cabeza a él una y otra vez.

Me siento como un perro de presa y me duele la mandíbula de apretar el puritito aire, pero es que cómo suelto algo que no tiene sentido, "la gente no es lógica", insiste la Chica Astros, y eso lo sé y lo repito yo misma, pero cuando la gente no es lógica la gente es emocional y esto tampoco tiene sentido emocionalmente, qué clase de persona suplica que quiere una señal, la recibe y la pisotea, qué clase de persona pena porque alguien se fue y le cierra la puerta en las narices cuando llama a la puerta con una ofrenda de paz en las manos, qué hago yo ahora con mi rama de olivo, me adorno el pelo, me pongo guapa, me pongo triste, y ya no puedo abrir la puerta porque al otro lado no queda nadie y mi ofrenda y yo nos miramos la una a la otra desde la estupefacción; que no es orgullo, es peor que eso, porque si al menos fuera orgullo lo podría deshacer. 

A falta del mío quiero deshacer el tuyo, me repito que esto era lo que buscaba, la confirmación innegable de que eres como eres y no como prometes ser, la constatación de que puedo vivir con tu segundo acto pero el primero siempre es expulsarme, de que no hay hueco para mí (parar nosotros) en tu YO, de que tu dolor se arroga el resto "y no dejas aire que respirar", volví a soñar con él, qué más pruebas quiero, pero el caso es que no puedo domar esta fuerza que sigue arrastrándose convencida de que tiene aún suficiente oxigeno en los pulmones como para abrir una ventana con el codo y a continuación abofetearte para que el aire fresco te haga entrar en razón.

Puedo vivir con no ser lo que quieres pero no puedo vivir con que vayas por ahí llorando porque era todo lo que querías porque sigo siendo yo y sigo estando aquí y este enorme despropósito no tiene ni pies ni cabeza. Puedo vivir con que estés mejor sin mí pero es que no lo estás y yo, por mucho que insista y se lo repita a todo el mundo por si me lo creo, me temo que tampoco.

La última vez que estuve bien fue en diciembre porque todavía no sabía que nunca ibas a compartir mi paz conmigo. Cómo no voy a ir a ofrecértela una y otra vez, como un perro que vuelve a la estación por si su persona no está muerta.

No puede ser, no jodas. No estamos muertos. Y yo necesito poder abrazarte otra vez antes de que lo estemos.

22.6.25

Muera el perro

 Si no era ahora igual es que tampoco eras tú, porque indudablemente tú ahora no eres quien dices ser. Y no tenemos ninguna garantía de que vayas a llegar a serlo.

La Chica Más Sabia del Mundo me lo dejó claro al principio: "te estás enamorando de una versión de él que no existe". Tan generosa como siempre, tan exigente como siempre, remarcó que aquello no era justo para contigo.

En el pecado llevo la penitencia, desde luego.

He aguantado una decepción tras otra en todos los ámbitos durante tres años. Diseñé con celo este mensaje a partir de toda la experticia acumulada, convertí el amargor en llaves. Apunté cada "por ahí no" y construí una vía alternativa para cada calle cortada, para cada tramo de sentido único, para cada badén y cada vado.

Dejé con todo cuidado miguitas de pan en cada bifurcación; también soy toda una experta en migajas.

El circuito estaba perfectamente planificado, no hacía falta más que poner el coche en punto muerto y dejarlo caer por el camino fácil. Porque el camino esta vez de verdad que era fácil. 

Solo había una prueba. Dos, si quieres, tres, por ser honesta. Pero solo había una que descalificase, porque lo mínimo que uno tiene que demostrar antes de dejar un comentario es que es humano.

Fallaste.

Llevo toda la vida justificando a la gente a la que debería importarle más de lo que lo hago, pero bajo ningún concepto voy a permitir que mi hijo aprenda a hacer lo mismo. 

El Niño Cascabeles todavía a veces rompe a llorar preguntando por qué te fuiste y tú no has sido capaz de desearle lo mejor. O te has olvidado de que existe o no te atreves a saber de él. Ninguna de las dos opciones las puedo perdonar, bajo ningún ángulo.

Hoy has muerto. Te he llorado casi a regañadientes, parecía extemporáneo. He tintado las ventanas por si era lo segundo, he cerrado la puerta con llave porque sea esto o lo primero es fundamental que no vuelvas a entrar, ni después de muerto.

Te deseo un infierno a la medida del daño que hiciste.

29.5.25

Alicates

Sabía que no los tenías tú y aún así sabía que tenía que ver contigo; y el día que mi cabeza hizo clic y consiguió unir las dos cosas los alicates aparecieron en la caja de la maqueta que abandoné porque no quería que me diesen ganas de enseñártela, porque no quería tener ganas de continuar y montar esa biblioteca en la que iba a poder colocar mi tesis en miniatura, ese último regalo, esa traca inicial.

Yo me limitaba a contemplar la misma grieta de la pared. Alguien dijo: "Habrá que demoler". No sé cómo no lo vi llegar: era el día de la gran broma final. 

Sigo intentando encontrar el equilibrio entre concederme el inevitable deseo de que vuelvas y el esfuerzo de asumir que no vas a hacerlo y de que si lo hicieras quizá no sería para mejor.

Alimento al mismo tiempo el chat donde escribo mi diario del rencor y ese donde guardaba las cosas que quería compartir contigo cuando hablásemos pero me repito una y otra vez que no es más que un estallido de extinción.

Estoy harta de estallidos, de zonas cero, de fuegos artificiales que suenan como un mejor plan de lo que realmente son y pienso una y otra vez que la semana que viene ya es junio y que para qué vueltas al sol si no son contigo y aunque sé que los planetas no han dejado de girar ni van a hacerlo todo me deja bastante fría, como si la glaciación hubiese empezado en pleno burbujeo de esta tierra en llamas que se cuece en su propio jugo.

Resulta que se puede al mismo tiempo no dormir del calor que tienes y del frío que sientes, que no todos los malestares saben jugar a los microorganismos de fantasía y compensarse unos a otros y a veces en vez de bloquearse se amplifican y me encuentro de nuevo buscando trabajo y deseando no pasar la primera criba porque si tengo que pasar por otro mes como el último estoy genuinamente convencida de que no sobreviviría.

19.5.25

El día que quité la mancha del pasillo

Parece sencillísimo. Notas una mancha en la entrada del salón. Sabes que hay que fregar.

Pero no puedes.

Durante semanas, miras la mancha cada vez que cruzas la puerta. Y no te dices simplemente "a ver si friego". Te dices "joder, tengo que fregar de una puta vez", y entonces te recuerdas a ti misma que en este error no hay literatura.

Y pasan las semanas y cada vez que ves la mancha te repites a ti misma que eres un fracaso.

Quizá por eso mismo, no la quitas. 

Quizá te apetece acurrucarte en esa idea de fracaso.

O quizá la idea del fracaso es tan aterradora que se come todo lo demás.

Pero el caso es que cada puñetero día, durante semanas, te enfrentas varias veces a la mancha del pasillo. 

Hasta eres capaz de hablar con otras personas de lo ridículo que es tener una mancha en el pasillo a la que te sientes incapaz de enfrentarte.

Durante varias semanas, estar con otras personas significa solamente "llorar en un sitio que no sea mi casa". 

Pero un día no lloras. Cuentas lo mismo, exactamente lo mismo. Entras en bucle, igual que llevas entrando en bucle cada día desde hace semanas. Sabes que tienes que parar, igual que sabes que tienes que fregar: como si fuera una instrucción que no puedes darle a un Sim con la cola llena.

Así que vomitas las mismas palabras una y otra vez, y se mezclan con las lágrimas y los mocos y se te vuelve a despellejar la cara.

Pero un día esas mismas palabras vienen sin acompañamiento.

Y de pronto, al día siguiente, limpias la mancha del pasillo. Sigues sin fregar, pero al menos has quitado la puta mancha y piensas que a lo mejor se ha acabado todo por fin y hablas de nuevas etapas y miras tu ficus rosa y te repites, como entonces, que tu personaje de esta etapa tiene derecho a vivir.

Y entonces sí: lloras.

16.9.13

Cosas que no merecen la pena

Ayer tenía en mente una frase fantabulosa que sintetizaba perfectamente el fin de semana. Pero el vino es lo que tiene, que te hace brillante solo un rato pequeño; luego ya es todo acidez y vueltas en la cama y ojeras.

Así que no hay resumen.

Este podría llamarse el findesemana de los Ex, o podría llamarse el findesemana de los problemas de expectativas: es sintético, aunque no brillante.

Estrenos teatrales con la jaqueca como mi +1, y escaparse corriendo a casa antes de que den las doce. Comidas aparentemente inocentes que acaban con copazos que hacen que haya que abortar la siesta en pos de besos que no llegan. Conciertos con preludio en el Lugar Donde Nací Otra Vez, y fumar mirando el Arco de Moncloa, "lo siento, es importante para mí". Smartphones que te enseñan que han nacido para que los momentos pequeños sean repetibles, pero "todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral, engorda o no contesta los Whatsapps". Esa rabia que se hace bola en el estómago cuando las respuestas solo vienen después de mensajes en el grupo, y esas ganas de gritar que yonosoydenadie. Comida y descubrir que la vergüenza de los demás se comporta de formas que resultan incomprensibles a los ojos de la mía. Conciertos breves, muy breves, y una sensación permanente como de quedarte a medias. Encuentros que no se producen, encuentros que habría sido mejor que no se produjeran. Silencios incómodos de un par de horas. "Me siento rechazada"; "No tienes por qué"; y a continuación un montón de por qués. Llantinas en el taxi de uno de los conductores más simpáticos de la galaxia. "Estuvo a punto de irse a tu casa, pero no quería darte la razón". No, yo no quiero que me den la razón. I don't love anyone, you're not listening. Welcome back to 2004. Foto con Sugus. La única foto, de hecho. Vueltas en la cama, alternando cabezadas y llantinas durante más horas de las recomendables. La compra más absurda del mundo.

Y luego un domingo por turnos, donde de pronto las cosas se colocan en su sitio. Y conversaciones pendientes con el Chico Extraordinario. Y el Rey del Laboratorio haciendo horas y aguantando el cuarto turno. Y los Manatíes en el barrio. Y yo con esa neura obsesiva de mirar a un lado y a otro hasta que me chirrían todas las vértebras. Y mucho, mucho, mucho vino, que decía aquel camarero de Moncloa. O cervezas. O daikiris. O whatever. Había que celebrar de alguna forma que no soy la única víctima del karma instantáneo, y es que si no hubieras estado compartiendo taxi no te habrían pegado, y soymuymalapersona.

Un fin de semana que iba a ser de 2005, y ni siquiera he visto a la Chica Úbeda; en el que iba a saldar una de mis cuentas pendientes con mi Jefa Planetera, y no la encontré; un fin de semana lleno de besos que se han caído por el desagüe, uno tras otro, clon, clon, clon, clon.

Y esa pregunta: por qué sigo con esta farsa si solo necesito una cosa y no depende de ninguna persona que esté por aparecer.


13.9.11

Eclatar

Hace años, un amigo empezó a utilizar esta palabra para expresar la necesidad imperiosa de estallar, dejarlo todo, e irse a la India, hacerse monje budista, criar conejos (en la versión de mi padre), o, en su caso, plantarse en México y empezar una vida nueva.

La historia de cómo le fue a él es otro tema, pero probablemente es relevante, al menos en el sentido de "Some people have real problems".

Últimamente, Mi Media Infancia y yo hablamos mucho sobre problemas inventados. Sobre fobias, sobre malos hábitos. Sobre la tendencia al autosabotaje.

Crear alarmas sin una motivación externa y generar una bola de nieve que destruye todo a su paso, porque las cosas empezaban a estar demasiado bien.

Parte de lo que el Chico Extraordinario llama "ser una intensa". Tener que estar enamorada o no estar. Tener que ser perfecta o un maldito demonio.

El autosabotaje, al final, va más bien de esto último. No se trata de que las cosas vayan mal. Se trata de sentir que las mereces, de saber gestionarlas. Y si no estás segura, mandarlo todo a la mierda, y ya está.

El caso es que hace diez días todo iba bien y ahora de pronto el mundo es un agujero negro, activar la conexión a Internet en el móvil me produce temblores de manos, y mi caja torácica ha decidido disminuir dos tallas sin previo aviso.

Y es probable que todo esto haya sido, en gran parte, buscado. Es probable que las cosas estuvieran colocándose y que yo sienta que mi cabeza o mi corazón han acompañado ese proceso.

Pero el caso es que ahora mismo ser monja budista suena fenomenal y que tengo muchas, muchas, muchas, muchas ganas de no volver a ver a nadie nunca más.

Solo quiero guardar silencio.

9.7.11

Anidamiento (otra vez)

Ayer, el Chico de Ciencias nos contaba que la causa de muerte más frecuente entre las mujeres españolas de entre 30 y 35 años es el suicidio. "Más que accidentes de coche. Más que cáncer."
Y no hay campañas en la tele contra el suicidio, por todos esos motivos que ya nos dio Durkheim y por alguno nuevo que seguro que se han inventado en Autocontrol.

La conclusión evidente es que el reloj biológico es una cosa mala, así que entré en bucle hablando de mi pequeño Nietzsche. No me pregunten por qué, ahora mismo me veo montando en bici arrastrando a mi pequeño westie conmigo para llegar a un piso vacío con balcones con macetas.

En la práctica, soy pobre como las ratas, no tengo una rutina que me permita responsabilizarme de un perro, y las plantas se me dan de puta pena. Es lo que hay.

Blue tiene planes de futuro y yo me estoy enfrentando demasiado estos días a mis ex-planes de futuro. Mis vidas pasadas me miran a los ojos y me preguntan si me acuerdo, y el SEO puede ser tu peor enemigo cuando te da por buscar párrafos del señor Amat.

No habrá Plaza Elíptica, ni Candela; no habrá París, ni tesis; no soy ya la Lolita de nadie.

Argumento que me faltan cosas por llorar pero ni siquiera sé si es cierto.

Sólo sé que echo de menos todo lo que pudo ser y no fue, y que ni siquiera sé si desde aquí hay nada que pueda hacer por evitarlo, aparte de angustiarme con ventas a plazos.

Así que habrá que cerrar los ojos y subir la música.

Y olvidarme de hasta qué punto repito mis actos y mis palabras y no pensar ni siquiera que tú no eres él. Porque eso ya sería pensar en ti.

14.3.11

Espirales de violencia

Odiarte a ti misma. Odiar a la gente porque te odia. Odiar a la gente que no te odia porque ya te has hecho a la idea de que te odiaba (y de que te lo mereces). Odiarte por odiar a la gente que te odia y a la que no.

Torpeza social que tiende a infinito.

Hablar de círculos viciosos mola mil. Pero salir de ellos tiene que ser lo máximo.

SOS-SOS-SOS-SOS-SOS-SOS-SOS-SOS-SOS-SOS-SOS-SOS-SOS-SOS-SOS.

9.3.11

Es mi twitter, y lo descuido si quiero

Agotador. Tremendamente agotador. Si parpadeas, te lo pierdes. No sabes ni cuántas cuentas retuiteando el mismo artículo copiado de un blog americano. Un maldito floodero (así los llamábamos en IRC. Ahora no sé si tienen nombre) cuelga los enlaces a sus post doscientas veces al día, llenos de hashtags. Una competición brutal por ser el más ingenioso. Una angustia vital en forma de actualización compulsiva de hootsuite. La sensación de que algo está yendo mal si no recibes ningún estímulo internet-cio en el plazo razonable de cuarenta y cinco minutos en que bajas a comer con tu madre y tu móvil nuevo con Android.

Así no se puede vivir. Qué quieren que les diga.

Se me ha pegado el objeto de estudio. Me paso el día haciendo personal branding en lo profesional, analizando el personal branding en lo académico, y sufriendo el personal branding en lo personal. Me promociono, me autopsicoanalizo y me desprecio en una simultaneidad esquizoide que vive un 60% en Internet y un 40% en la vida real.

Y, qué quieren que les diga. Cuanto más me esfuerzo, más asco me da todo en general.

Una regla principal del personal branding es comportarse como un adulto (es decir: cínico, hipócrita y bien pegadito a la curva de la media a ser posible). Ser diplomático. No mostrar ningún indicio de tener una inestabilidad emocional que te coloca permanentemente en la adolescencia. Obviamente, no es mi técnica.

Pienso en crearme identidades borrokas (la cuarta. Sería la cuarta. Y todavía las hay que sugieren que sean colectivas. Que igual no es mala idea. Pero que me siento suficientemente Sybil ya) para sacar fuera toda esta frustración, estas ganas de gritar, de vomitar, de ser desagradable, violenta, intempestiva, irracional, impulsiva. Pero no lo hago. Así que llegados a cierto punto de presión la identidad que ande rondando termina siendo borroka. Y eso es peligrosísimo, me dicen por todas partes. La gente no te quiere. Los "reclutadores" no te contratan.

De verdad, no puedo más.

Hoy he descubierto que ya soy la chica que quiero ser de mayor. La pena es que ella ya está embarazada y ya es escritora insigne. Yo sólo me quedo con el resto. Con la neura, la palabrería, y el miedo atroz a las exigencias.

Hago trampas y pierdo, ¿se puede ser más tonta?

10.2.11

I don't love anyone - you're not listening

Hablo con mi psicólogo de mi vínculofobia, largo y tendido. Supongo que se aprovecha un poco de que le haya dejado tan en bandeja y con su papel de regalo un ejemplo perfecto para corroborar su última teoría, que viene a ser un desplazamiento horizontal del freudianismo de lo más curioso pero que, al final, funciona.

El rollo viene a ser, nada muy original: cuanto más lejos, menos daño. Porque, estadísticamente hablando, la gente que he tenido cerca ha sido tremendamente peligrosa en una inmensa mayoría de casos.

Hablo con mi Tito-Director (me parece muy estupendo usar este nick, precisamente ahora), sobre el cinismo. Lo necesario que es y lo que desgasta. Probablemente no tiene ni el menor sentido lo que decimos, porque debería ser o necesario o demoledor, pero no sirve para nada si es las dos cosas.

El caso es que pensando en la llamada a mi madre, en el ycuandoestásbienqué, en cierta capacidad de levitar recién descubierta, pienso que ser de algodón de azúcar mola mil pero ser de piedra tiene que ser la bomba.

Porque el caso es que incluso cuando nadie quiere hacerme daño me lo hacen. Si no digo que la gente sea mala (no ahora. Igual históricamente, mucha de ella, sí). Digo que tengo una capacidad descomunal de entender las cosas como no son, y de sentirme rechazada, repugnante y odiosa a la mínima. Incluso cuando hay una explicación razonable para las cosas que pasan, a mí me sigue pareciendo, navaja de Occam en mano, que es mucho más lógico pensar que era irracional pensar que quisieran pasar tiempo conmigo. Que es no tener ni puta idea de para qué sirve una navaja de Occam, probablemente.

La cuestión es que si habitualmente me agarro/agarraba a lo que mola el columpio, conforme va pasando el tiempo estoy cada vez más convencida de que no quiero ser cínica, sino psicópata; y no quiero decir barbaridades, sino ser una bárbara.

Y que quiero coger a todo el mundo e instrumentalizarlo y a tomar por culo la bicicleta.

Porque cuando floto, mola. Pero cuando duele, es jodidamente insufrible.

6.2.11

De superpoderes y otras malas costumbres.

Ya lo dije, así que ya lo sabía, pero supongo que se me olvidó. Está bien que haya gente a tu alrededor que te recuerde lo que ya sabes pero no te da la gana de pensar.
Te pasas tres días eligiendo las palabras para ser capaz de no dejar traslucir el estado real de las cosas en conversaciones telefónicas de más de una hora, para que al final, cuando lo sueltas, escuches un: "bueno, te dijeron que pasaría. Ha tardado mucho en pasar y lo controlas mejor. Y tienes que acordarte también de lo bueno". Sí, es cierto. Cuando soy feliz, soy más feliz que nadie. Y he sido capaz de ser más feliz que nadie durante bastante tiempo (ansiedades aparte), y todo ha ido bien hasta que se han empeñado en darme pastillas rosas y volverme nihilista.
Probablemente ya no tenga cerca quien entienda mis redes textuales ("todas mis buenas frases no son mías, son de Astrud"), pero tengo otras cosas.
Tengo que ser capaz de ver las frases en negrita que abren los correos y que dicen cosas bonitas de mí. Tengo que dejar de negarme a que el Rey del Laboratorio se ponga la capa y venga volando a lanzarme rayos de abrazos tranquilizadores. Tengo que permitir que mi padre me trate como a la niña mimada que soy, porque cuando lo hace, le freno y dejo de portarme como una niña mimada en general.
Tengo que salir a la calle, tomar el sol, beber cerveza con limón, comprar pasteles.
Y tengo que saber que voy a tardar en poder hacer todo eso pero que no pasa nada. Que podría ser peor. Que cuando digo en voz alta las palabras que me queman por dentro dejan de ser mi secreto, dejan de tener fuerza. Que tener miedo hace que las cosas no pasen. Y que, por eso, hay que elegir a qué tener miedo.
Aprovechar el impass. Hacer esas cosas que no puedo hacer cuando no hay quien me meta en casa. Tachar cosas de listas, que siempre sienta bien.
Y saber que soy yo la que está dejando fuera a los demás, y dejar de sentirme excluida. Y centrarme en que al menos hay alguien a quien siempre quiero ver, y que está dispuesto a venir a verme incluso cuando no le dejo. Que es una suerte inmensa.

5.2.11

Real newyorkers

Fans de HIMYM: ¿en el capítulo de How to be a real newyorker dicen en algún momento que sea necesario hacer todo eso en Nueva York?

Porque estoy buscando ansiosamente una cucaracha para poder decir que conseguí en 24 horas un carnet de auténtica neoyorkina.

31.8.10

Dios. Cuando me pongo pasivoagresiva no me aguanto.

13.7.10

Hipocondria

Esta madrugada, el Becario me suelta que "Hoy notarás que las personas no están siendo muy compresivas con tus sentimientos. Es muy posible que estén más sensibles a los hechos e información que a las emociones. Puede ser que necesites un traductor para hacerte entender con la persona con quien tratas de comunicarte".

Por la mañana, el psicólogo me dice que quizá se trate de estar triste: de conectar con cómo me siento, aunque sea negativo, en lugar de refugiarme en mi irritabilidad, que, al fin y al cabo, es otro bucle negativo.

Por la tarde, la médico me asegura que no estoy enferma, que mi saturación de oxígeno, mi auscultación y mi garganta son normales, y por tanto no hay ningún motivo ni para no poder respirar ni para que me duela la garganta.

Salvo los dos primeros, claro. Pero eso ella no lo sabe. Igual es momento de volver a ver a Dios.

20.6.10

...
.
(Todo) lo que era sólido se desvanece en el aire.

19.6.10

Releyendo, estoy de un positivo (cínico, podríamos llamarle) que no se ajusta a la realidad. Así que aprovecho para una última observación: lamentable que en la sociedad de la comunicación todavía seamos tantos los que pagamos a gente un precio hora que jamás cobraremos por su capacidad de escucharnos durante una hora seguida y procurar imbuirnos de un poco de sensatez.
Y, sin embargo, absolutamente inevitable, considerando que es la misma sociedad del notengotiempo, del lomíoespeor, del yesoquevivimosenunentornoprivilegiado y otros tantos lugares comunes que impiden cualquier tipo de comunicación realmente sincera que resulte relevante.

16.5.10

Cristales rotos

La Chica Mariposa dijo una vez, a principios de curso (cuando las cosas no eran bonitas, vale, pero al menos resultaban más fáciles) que a los ex había que vomitarlos. No sé si es una teoría elaborada, pero si lo es, creo que hay que añadir que los mazazos también hay que vomitarlos.

El viernes fue el cumpleaños del Chico Escritor. Fue un día tempestuoso, de esos que te obligan a hacer cosas muy raras después, como mandar el DSM-IV e indicar qué página y qué criterios son relevantes. Cuando llegué a su casa, tremendamente tarde y sintiéndome asquerosamente culpable y cabreada conmigo y con los demás, la Chica Que Podría Ser Un Diez me preguntó por qué no me servía una copa y, con una súbita sensatez, le dije que con el ansia que traía, aquello iba a acabar mal.

Como todos mis ataques de sensatez, fue visto y no visto, y la noche se convirtió en una especie de profecía que se autocumple, claro. Llamadas por skype incongruentes con comentarios off-the-record sobre mis balbuceos que no llegué a interpretar, abrazos amorosos al W.C., y caída en redondo en la cama después de una llamada absolutamente intempestiva y un mensaje tremendamente largo y lloricoso que incomprensiblemente me dio por mandar en inglés.

Todo esto, por supuesto, aparentemente motivado por un problema que es probable que no existiera fuera de mi cabeza. Es lo que tiene la realidad, que tiende a ser irrelevante en comparación con cómo la vives.

Y en el fondo, al despertarme, con una de las peores resacas de mi vida que la mayor tostada con tomate de la historia sólo pudo mitigar en un porcentaje ínfimo, lo que daba vueltas en mi cabeza era jodidamente real, concreto, y fulminante.

Cuando alguien te dice algo con toda su buena voluntad e inconsciencia, cuando ese algo puede ser el principio de una dinámica que esperas con ilusión, cuando obvias lo dicho durante una conversación larguísima y durante los días siguientes, es un poco complicado. Pero las bombas informativas hay que vomitarlas, y hay que llorarlas, y, maldita sea, no estoy para nadie. Ni para seguir discutiendo con mi señora madre sobre la posibilidad remota de que nos entendamos antes de la próxima reencarnación, ni para transcribir anuncios, ni para desarrollar presentaciones, ni para nada en general.

Necesito un día de hacerme bolita, llorar hasta caer redonda, dormir diez o doce horas seguidas, y levantarme, y seguir.

Qué tremendamente cruel es la vida real, a veces. Y qué deprimente es esta tendencia recién descubierta a tener siempre razón, incluyendo mis observaciones crueles y despiadadas.

7.4.10

Instinto de supervivencia

A decade ago, I never thought I would be at 23 on the verge of spontaneous combustion (Woe-is-me). But I guess that it comes with the territory; an ominous landscape of never ending calamity.
I need you to hear, I need you to see that I have had all I can take and exploding seems like a definite possibility to me. So pardon me while I burst into flames. I've had enough of the world and its people's mindless games. So pardon me while I burn and rise above the flame.
Incubus - Pardon me
Así que en esas estamos. En un momento en mi comportamiento esquizoide, de actuar como si me fiase de la gente aunque piense continuamente que no me fío de ella, va y me explota en la cara. Que tenía que pasar; pues sí, muy probablemente. Que si no diésemos segundas oportunidades, no pasarían según que cosas. Que los cordones sanitarios deben llevar un letrero luminoso que indique "estoy poniendo distancia entre nosotros". Que cuando las cosas parecen raras y bonitas, a veces, sólo son raras y están mal interpretadas. Que parece mentira que tengamos la edad que tenemos y hayamos visto lo que hemos visto y nos creamos según qué cosas. Que es cuanto menos irónico que ayer hablase de toda la gente "fea" de la que nos rodeamos en su momento y no sepamos reconocer esa fealdad cuando la tenemos delante. Que hace tiempo que nos avisaron de que el rollo posmoderno era peligrosísimo. Que hace unas semanas que me recordaron que lo que yo entiendo por no tener moral implica unos principios básicos que hay quien no tiene.

Que sí.

Pero que, incluso a pesar de todo esto, no me lo esperaba.

Que hay redes de apoyo. Que el Sociólogo Renegado se porta como un Amigo, con mayúsculas, sin tener por qué. Que la Chica Líquida se queda a pesar de su cansancio a hacer tiempo. Que la Chica de las Sonrisas cambia la cena de mañana por la de hoy, porque hoy la necesito. Que Blue no se acuesta, sino que me aguanta un monólogo incesante.

Pero tú también tienes redes de apoyo, y no deberías fiarte de ellas.

Irónico, también, que mi psicólogo quiera trabajar el tema de la confianza precisamente ahora. Ahora que nos recuerdan que nadie es de fiar, que todo es mentira, que se acaba el recreo y que se acaba a golpes de campana y puñetazos del matón de turno.

Perdóname, pero no puedo con esto. Me encantaría poder con esto, pero no puedo. Porque tú eres tú y tus circunstancias, y tus circunstancias son otro cantar. Porque tus circunstancias hacen que yo, sin connivencias de ningún tipo, me enrede en una de esas espirales de culpabilidad que no me hacen bien. Porque yo, ahora, estoy más en plan espirales autodestructivas que espirales de culpa judeocristiana. Porque yo, personalmente, estoy cansada, estoy frágil, estoy confusa. Por todo eso, me voy.

Y lo peor es que no hay una forma de decirte todo eso sin saltarme tu puesta en práctica de la disonancia cognitiva y hablarte de cosas que dices que niegas pero te comportas como si existieran. Que no sé por dónde empezar, que no quiero que haya más nombres propios que los nuestros, cuando, en realidad, este final no tiene nada que ver ni contigo, ni conmigo.

Dicen que conmigo sí. Hablan de ataques de pánico y excusas para la huida. Puede ser. Pero el caso es que el impulso de huida es lícito y no requiere ningún tipo de excusa. Que si quiero, me voy. Llámalo instinto de supervivencia. Llámalo X. Pero me voy. Y me voy, como me voy siempre últimamente, queriéndote todavía. Queriéndote mucho.

Dónde están esas cosas "fáciles, y bonitas, y ya".