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15.7.25

Instinto de supervivencia

"Veremos".

Se me ha dicho varias veces que tengo un don para convertir en un problema lo que era un deseo antes de llegar y aunque me gustaría mucho negarlo, es cierto.

Alguien se ha acercado con enorme valentía a este perro de presa que estoy hecha y me ha acariciado por detrás de las orejas y ha conseguido que suelte mi presa y, ahora sí, puedo ver que estaba muerta.

Mi parte kamikaze está tan concentrada en gritar banzai que no es muy consciente de que está no solo tirando hasta el último cartucho sino también inmolándose en el intento.

Pero lo de tener el alma partida en dos mitades tiene estas cosas: al otro lado de mi cabeza reposa una presencia tranquilísima preguntándole qué piensa hacer exactamente a continuación y cuál es su plan para que no interfiera en el Sagrado Segundo Desayuno.

Una semana de lo que antes llamábamos "cenar cereales" y que ahora culmina con banquete de techo a las tres: la perimenopausia, el hambre o el siguiente ciclo del bloque de rumia, o todo a la vez.

Le he dicho a mi padre que podía por fin permitirme ser más generosa con mi tiempo y mi energía emocional y le he dicho a la Vecina de las Plantas que no tengo orgullo y a la Chica de las Sonrisas que tener siempre un montón de palabras no es indicativo de saber lo que estás haciendo y todo eso suena sensato y centrado y sin embargo ajeno.

La mano palpa a tientas el interior de un cajón y la única forma que reconoce no es la de una llave, sino la de un cuchillo, y aunque justo antes de empezar a sangrar recuerde que por eso tenía la regla de no hurgar en ese cajón a oscuras ya es tarde: la herida aún no se nota pero ya empieza a infectarse.

7.7.25

 - Me siento a gusto, a salvo, no sé. Con otra gente no me pasa.

- Una psicóloga de Instagram te diría que el cuerpo reconoce las señales de alerta antes de que seas consciente de ellas y que escuches a tu instinto. Pero yo no soy una psicóloga de Instagram.

22.6.25

Muera el perro

 Si no era ahora igual es que tampoco eras tú, porque indudablemente tú ahora no eres quien dices ser. Y no tenemos ninguna garantía de que vayas a llegar a serlo.

La Chica Más Sabia del Mundo me lo dejó claro al principio: "te estás enamorando de una versión de él que no existe". Tan generosa como siempre, tan exigente como siempre, remarcó que aquello no era justo para contigo.

En el pecado llevo la penitencia, desde luego.

He aguantado una decepción tras otra en todos los ámbitos durante tres años. Diseñé con celo este mensaje a partir de toda la experticia acumulada, convertí el amargor en llaves. Apunté cada "por ahí no" y construí una vía alternativa para cada calle cortada, para cada tramo de sentido único, para cada badén y cada vado.

Dejé con todo cuidado miguitas de pan en cada bifurcación; también soy toda una experta en migajas.

El circuito estaba perfectamente planificado, no hacía falta más que poner el coche en punto muerto y dejarlo caer por el camino fácil. Porque el camino esta vez de verdad que era fácil. 

Solo había una prueba. Dos, si quieres, tres, por ser honesta. Pero solo había una que descalificase, porque lo mínimo que uno tiene que demostrar antes de dejar un comentario es que es humano.

Fallaste.

Llevo toda la vida justificando a la gente a la que debería importarle más de lo que lo hago, pero bajo ningún concepto voy a permitir que mi hijo aprenda a hacer lo mismo. 

El Niño Cascabeles todavía a veces rompe a llorar preguntando por qué te fuiste y tú no has sido capaz de desearle lo mejor. O te has olvidado de que existe o no te atreves a saber de él. Ninguna de las dos opciones las puedo perdonar, bajo ningún ángulo.

Hoy has muerto. Te he llorado casi a regañadientes, parecía extemporáneo. He tintado las ventanas por si era lo segundo, he cerrado la puerta con llave porque sea esto o lo primero es fundamental que no vuelvas a entrar, ni después de muerto.

Te deseo un infierno a la medida del daño que hiciste.

19.9.13

Realidad suspendida

Hay días en que no sabes qué has desayunado pero de pronto las cosas dejan de tener que ser verdad.

Lo llamo "el Día sin Principios" y me lo paso aprovechando mis escasos conocimientos estadísticos para volverme MUY creativa y rellenar informes que me den la razón en todo. Al fin y al cabo, ¿no trabajamos en un sector que se basa en mentir?

Me descubro a mí misma cambiando unas series de datos por otras, eliminando diapositivas y cambiando unos párrafos por otros y me doy cuenta de que una vez que los maquillas lo suficiente, el Power Point y el Excel sostienen cualquier cosa, lo cual es probablemente el motivo de que el resto de los días de mi existencia les odie.

Hoy no.

Hoy me siento con la Sobrina Fantabulosa a fumar el último cigarro antes de irme de La Gruta (que me está sorbiendo las tardes) y le propongo respuestas que son El Mal, y nos morimos de la risa.

Y me voy a dormir y a limpiar y a querer a Vespa, porque Vespa sí que no tiene la culpa de que yo no tenga principios, y me voy a mi nuevo curso de teatro que ya no mola tanto porque me falta todo el mundo. Que solo seamos cuatro tampoco ayuda.

Pero entonces pasa algo curioso, y es que me dicen que improvise, "¿te acuerdas de ese día, sí, mujer, el del OVNI?", y en lugar de tener un ataque de pánico y huir me metamorfoseo en monologuista, y sin saber cómo me he convertido en la graciosilla del grupo, y me doy cuenta de todo lo que he aprendido, y echo de menos al Profesor Caótico además de echar de menos a quienes no me dejan adoptar roles que no me van nada, y al mismo tiempo pienso que lo mejor que tienen los principios es que puedes inventártelo todo.

Día de Principios sin Principios.

El problema de los Días sin Principios es que no sabes si se te van a ir de las manos (miren lo que pasó con el Día Internacional de Hablar como un Pirata, y, por cierto, arrrrr!). Así que hay gente que se suma y en lugar de aceptar tus propuestas razonables para postponer las cosas acaba inventando excusas relativamente poco creíbles y pidiendo prórrogas que una hora y tres cuartos después no se sabe si van a tener fin, y el Día sin Principios acaba como un prolegómeno a otro Día de la Ira.

Aunque Vespa y yo acabemos enganchándonos a House of Cards y haciéndonos mimos, que es una forma fantabulosa de llenar de mimos un Día sin Principios, porque una cosa es no pensar y otra muy distinta no sentir.

16.9.13

Cosas que no merecen la pena

Ayer tenía en mente una frase fantabulosa que sintetizaba perfectamente el fin de semana. Pero el vino es lo que tiene, que te hace brillante solo un rato pequeño; luego ya es todo acidez y vueltas en la cama y ojeras.

Así que no hay resumen.

Este podría llamarse el findesemana de los Ex, o podría llamarse el findesemana de los problemas de expectativas: es sintético, aunque no brillante.

Estrenos teatrales con la jaqueca como mi +1, y escaparse corriendo a casa antes de que den las doce. Comidas aparentemente inocentes que acaban con copazos que hacen que haya que abortar la siesta en pos de besos que no llegan. Conciertos con preludio en el Lugar Donde Nací Otra Vez, y fumar mirando el Arco de Moncloa, "lo siento, es importante para mí". Smartphones que te enseñan que han nacido para que los momentos pequeños sean repetibles, pero "todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral, engorda o no contesta los Whatsapps". Esa rabia que se hace bola en el estómago cuando las respuestas solo vienen después de mensajes en el grupo, y esas ganas de gritar que yonosoydenadie. Comida y descubrir que la vergüenza de los demás se comporta de formas que resultan incomprensibles a los ojos de la mía. Conciertos breves, muy breves, y una sensación permanente como de quedarte a medias. Encuentros que no se producen, encuentros que habría sido mejor que no se produjeran. Silencios incómodos de un par de horas. "Me siento rechazada"; "No tienes por qué"; y a continuación un montón de por qués. Llantinas en el taxi de uno de los conductores más simpáticos de la galaxia. "Estuvo a punto de irse a tu casa, pero no quería darte la razón". No, yo no quiero que me den la razón. I don't love anyone, you're not listening. Welcome back to 2004. Foto con Sugus. La única foto, de hecho. Vueltas en la cama, alternando cabezadas y llantinas durante más horas de las recomendables. La compra más absurda del mundo.

Y luego un domingo por turnos, donde de pronto las cosas se colocan en su sitio. Y conversaciones pendientes con el Chico Extraordinario. Y el Rey del Laboratorio haciendo horas y aguantando el cuarto turno. Y los Manatíes en el barrio. Y yo con esa neura obsesiva de mirar a un lado y a otro hasta que me chirrían todas las vértebras. Y mucho, mucho, mucho vino, que decía aquel camarero de Moncloa. O cervezas. O daikiris. O whatever. Había que celebrar de alguna forma que no soy la única víctima del karma instantáneo, y es que si no hubieras estado compartiendo taxi no te habrían pegado, y soymuymalapersona.

Un fin de semana que iba a ser de 2005, y ni siquiera he visto a la Chica Úbeda; en el que iba a saldar una de mis cuentas pendientes con mi Jefa Planetera, y no la encontré; un fin de semana lleno de besos que se han caído por el desagüe, uno tras otro, clon, clon, clon, clon.

Y esa pregunta: por qué sigo con esta farsa si solo necesito una cosa y no depende de ninguna persona que esté por aparecer.


15.9.13

Vivir en una letra de Nacho Vegas

Todo empieza cuando no sé cómo despedirme de ti.

Mentira.

Todo empieza cuando los lunes somos novios y los viernes compañeros de trabajo. Y sigue cuando los miércoles soy una historia que contar. Y va a peor todo el tiempo y digo demasiadas veces "bañera llena de ácido" en 48 horas.

Todo empieza cuando te lo digo. Tú me haces cosquillas y te sorprendes.
- Estoy a la defensiva.
- Me alegra que me lo digas, pero no sé por qué.
- Porque das más miedo de lo que pareces.

Pienso en el Chico Gigante, "a él le gusta más de lo que dice, y a ella menos de lo que dice", y de pronto parece verdad.

Y te lo explico y haces la del espejo y parece que no tengo derecho a enfadarme porque estás enfadado tú. Y todo se vuelve tan raro que ni siquiera hueles lo suficiente.

Todo empieza como hace más de un año, "no 3G no honey".

No hay Jefa Planetera, no hay Manos Pequeñas, no hay Festivaleras. No hay nada salvo las sucias del Chico Suizo y dos pizzas, nada menos.

Estoy harta de sentirme como una pequeña niña gorda aunque me digáis tanto que cada día estoy más buena que me da miedo hasta venirme arriba.

Y por no venirme arriba, me vengo abajo.

Y estoy cansada.
- Me agota.
- Ya, pero, ¿el qué?
- Esto. El hoy sí, mañana no, el no saber. El sentirme rechazada.
- No te he rechazado nunca.
- Es que ni siquiera hace falta.

Esto cansada de ser alfa todo el rato, precisamente ahora que abrazo el paradigma de los cuidados como si no hubiera otro.

Cansada.

Aburrida.

Llámalo X.

Total, que todo empieza con el enésimo whatsapp y una duda taxímetra. Un mapa que no se carga y un montón de dudas. "What do you have at the end of the day". Mi dolor tras los ojos y yo decidimos que estamos tan cansados que no queremos saber cómo despedirnos. No queremos averiguarlo. No queremos preguntarlo. Así que abrimos la mochila de una chica desconocida y la invitamos a una caña, "¿qué haces?", "tómate una a mi salud". Y nos vamos sin despedirnos.

Y entonces llega el ataque del karma instantáneo. El círculo del maltrato. El quétaltevamealegromuchodequetevayabien. El aversinosvemosporquesipuedoecharteuncablemegustaría. El ignorar que estoy bien por si funciona y empiezo a estar mal. Y funciona.

- No quiero verte. No es un tema de rencor, sino de distancia. Deseo que te vaya muy bien, y no tengo problema en verte, pero, desde luego, no voy a quedar contigo. Porque no tengo nada que decirte, y así estamos bien.

Y me cuentas que estás con otra chica y que eres feliz y de pronto tequieromuchísimo y nodejodepensarenti y no puedo contestar más que esdemasiadopronto y teacompañoaltaxi nomejorqueno y desde cuándo te ha importado una mierda lo que yo decida, así que, por supuesto, me acompañas al taxi, y los silencios incómodos se vienen arriba, porque hoy todo se viene arriba menos yo, y todo acaba con un taxista pidiéndome que le prometa que no te voy a ver más, porque noséquéhapasadoperoesonoselehaceanadie, y es que no se dan portazos al grito de quetejodan porque luego la gente piensa que eres un puto psicópata y yo me lo creo.

A veces, muy en serio.

Tan en serio que pienso que si te he querido de verdad estoy muy rota y no tengo otra mejor que hacer una llamada llena de lágrimas y romper el amago de relación sana que tengo.

Porque de pronto ya no parece tan sana.

Porque necesito algo mucho mejor.

Porque estoy hartísima de mendigar que me quieran, porque prefiero que no me quieran nada a que me quieran mal, porque prefiero que no me hablen a que me persigan a un taxi con la excusa de que aún me quieren para mandarme a la mierda de un portazo, y prefiero que no nos veamos más a tener que irme sin despedirme por no tener que plantearme si te beso y dónde.

Así que, básicamente, os podéis ir todos a la mismísima mierda, a la ardiente oscuridad, o donde buenamente os convenga, porque yo, señores, estoy en mi hogar y Vespa me quiere como si no hubiera otro ser vivo en el mundo capaz de alimentarla una vez al día y eso, señores, es lo único que quiero, lo único que necesito, y lo mínimo que me merezco.

Por menos que eso, yo no cojo el teléfono los domingos.

14.9.13

Entretiempo

"Nunca he entendido qué es el entretiempo". El entretiempo es pensar en ir de festival con camiseta de tirantes, camiseta de manga larga, chaqueta fina y chaqueta de cuero. El entretiempo es una inseguridad permanente y un montón de ysis y de porsiacasos. El entretiempo eres tú.

Así que lleno mi bolsa de porsiacasos, incluyendo las máscaras de estoyentrance, de mantisreligiosa y de asíestoybienveteaturincón. Porque una no puede llevar solo una cara puesta. ¿Qué pasa si llueve?

13.9.11

Eclatar

Hace años, un amigo empezó a utilizar esta palabra para expresar la necesidad imperiosa de estallar, dejarlo todo, e irse a la India, hacerse monje budista, criar conejos (en la versión de mi padre), o, en su caso, plantarse en México y empezar una vida nueva.

La historia de cómo le fue a él es otro tema, pero probablemente es relevante, al menos en el sentido de "Some people have real problems".

Últimamente, Mi Media Infancia y yo hablamos mucho sobre problemas inventados. Sobre fobias, sobre malos hábitos. Sobre la tendencia al autosabotaje.

Crear alarmas sin una motivación externa y generar una bola de nieve que destruye todo a su paso, porque las cosas empezaban a estar demasiado bien.

Parte de lo que el Chico Extraordinario llama "ser una intensa". Tener que estar enamorada o no estar. Tener que ser perfecta o un maldito demonio.

El autosabotaje, al final, va más bien de esto último. No se trata de que las cosas vayan mal. Se trata de sentir que las mereces, de saber gestionarlas. Y si no estás segura, mandarlo todo a la mierda, y ya está.

El caso es que hace diez días todo iba bien y ahora de pronto el mundo es un agujero negro, activar la conexión a Internet en el móvil me produce temblores de manos, y mi caja torácica ha decidido disminuir dos tallas sin previo aviso.

Y es probable que todo esto haya sido, en gran parte, buscado. Es probable que las cosas estuvieran colocándose y que yo sienta que mi cabeza o mi corazón han acompañado ese proceso.

Pero el caso es que ahora mismo ser monja budista suena fenomenal y que tengo muchas, muchas, muchas, muchas ganas de no volver a ver a nadie nunca más.

Solo quiero guardar silencio.

4.4.11

D ce D

[Este post es un homenaje a la dislexia, y al análisis de contenido. Encuéntrenme. Ja]

[Por otra parte, este post es una reconstrucción desde un e-mail. No tengo tiempo de respirar ni ganas de olvidar]

Mi móvil parece que mola pero es mentira. Porque cuando se parecen a ordenadores tienen que reiniciarse como los ordenadores. Mi móvil es tan listo que se reinicia solo y me pide la clave para que nadie pueda usarlo sin mi permiso. A costa de que cuando me cambian la hora de salir de viaje de las 15 a las 13 yo tenga el móvil apagado y no me entere de milagro. Me da un arranque de creoenlasseñales y le digo al Artequecreícopy que se vaya sin mí, pero es asquerosamente encantador (tanto que me dan arranques INMENSOS de desconfianza) y me viene a buscar a Embajadores. WOW.

Como soy Miss Procrastination 2011, por supuesto que primero he hecho el moñas con el enésimo juego de zynga al que me he enganchado, luego he estado currando cual condenada, y cuando pasa todo esto y quedamos en diez minutos en Embajadores tengo la maleta sin hacer, no me he duchado, y no tengo la reserva ni de la entrada ni de la pensión, así que estamos bien. Corro como en mi vida. De hecho no estoy segura de si corro o tengo un ataque de ansiedad o ambas cosas. Pero mágicamente llego en un espacio de tiempo razonable con mis cositas impresas, duchada, y con maleta.

No le recomiendo a ningún fóbico social tres horas y media de viaje junto a cuatro personas que no conoces de nada y que se conocen entre sí cual parejas. Las parejas creativas son una cosa espantosa porque son como matrimonios. Ir a un encuentro de publicistas es como meterse en un club de swingers que no tienen ninguna intención de cambiar de pareja. Parece que todo es guay y divertido pero en realidad estás fuera de lugar, tú lo sabes y ellos también. Me hago pequeña. Tan pequeña que el Copydelartealquecreícopy llega a preguntar si sigo en el coche. En fin. Cuando se va la Chica Que No Se Resiste A Un Helado, que me produce parálisis seria, algo mejor. Pero para entonces ya estamos en ZGZ y da un poco igual. Respiro hondo y pienso que tiene que pasárseme todo esto antes de la fiesta.

Pero no llego a la fiesta. Como el cuerpo es un ser muy sabio, me baja la regla nada más poner un pie en la pensión. Me doy una vuelta, compro ibuprofeno, agua mineral (lo único malo de las ciudades con río) y la cena, y me vuelvo a la pensión. Me acuesto un rato, hablo con el Rey del Laboratorio y me pongo a currar. Y me he dejado las gafas en Madriz y me duele infinito la cabeza y estoy hecha un pingajo y si hay algo que no me apetece es ducharme, ponerme un vestido bonito que merece el pintalabios rojo que también se ha quedado en Madriz sobre todo para aprovechar que voy a salir sin besar a nadie (lo único malo del pintalabios rojo; pero que es suficiente para que haga un año que no lo uso), y recorrer media ZGZ por pequeña que sea para ir a una fiesta a la que no me siento invitada aunque me hayan invitado.

Así que me quedo currando, que dicen que el trabajo dignifica, y, al menos, me cunde. Me siento un poco imbécil por estar pagando una habitación en la que currar y dormir existiendo mi casa, pero al menos cunde. Y el sábado promete ser largo. Así que bien.

Mucho mejor que bien, en realidad. Porque el sábado es uno de los días más ambivalentes que he tenido en mi vida. Para empezar no consigo levantarme a la hora que quería, así que tengo que salir pitando, y coger un taxi que creo que me estafa. Sigue doliéndome la cabeza y estoy desorientada. Nada de ver ZGZ, que me apetecía (al fin y al cabo vine hasta aquí a regalarme la "discreta libertad" de mis veinte años, aunque viendo la ciudad ahora parezca otra). Nada de nada. Portátil, carreras, y taxista rancio. Llegar tarde a ver al señor que a ratos parece cubano aunque sea catalán (los nombres, insisto, están ocultos a propósito. Voy a demostrar que la monitorización no existe), que mola mucho. Me río, tuiteo, y mientras tanto el powerpoint en el que hago un curso escribiendo a toda máquina comparte protagonismo en mi pantalla, dejando bastante boquiabiertos a los chicos de mi derecha, que serán creativos pero parecen poco multitask (también es cierto que tengo que tener una pintaza de friki considerable). Empieza el tío al que recomendó la Chica de las Manos Pequeñas, y que yo aborrezco, y me siento inmensamente falsa tuiteando las frases que dice que me gustan (y que en su inmensa mayoría no dejan de ser chistes fáciles, pero en fin, de eso vive un timeline) y mascullando "imbécil" cuando dice cosas por las que merece que le pasen cosas malas. Pero, ojo, me voy acostumbrando a este desdoblamiento. Creo. Miro alrededor. Me preocupa muchísimo seguir sin reconocer a nadie. No ver a la gente con la que he venido y con la que se supone que me voy. No ver al Creativoalquepersigoen360 y pensar que igual he venido hasta aquí para celebrar la resaca de personas a las que apenas conozco. Me cabreo. Me agobio. No me gusta mucho lo que veo. Todo el mundo está demasiado bien vestido, bien peinado. Todas las sonrisas parecen falsas. Esta gente deberían ser uno de los colectivos que más disfrutan de su trabajo, y no veo eso. De hecho, cuando llegan los jóvenes talentos la mitad se van a comer y a seguir con su networking y sus cañas mañas y a mí me enerva la falta de respeto, de interés, de quienes sí podrían darles trabajo. Qué narices hago yo allí si tendría que estar en la pensión enchufando mi portátil (que ha muerto) para terminar mi curso, porque, señores, yo no me dedico a esto, si los demás están dando la espalda a la gente a la que van a necesitar mañana.

Uno piensa que es enfermizamente ególatra, y luego va y se rodea de creativos, y se le pasa.

Salgo agobiada porque ya no me da tiempo de ir a la pensión, hasta que descubro lo fáciles que son las cosas cuando uno pide ayuda (siempre se me olvida; les remito a la frase anterior), y una chica me dice que pase a una sala a enchufar el ordenador y una marca de cerveza nos invita a las cañas del aperitivo y soy encantadora con las chicas del mostrador porque intuyo que no les ha mirado nadie (ni siquiera al escote) en todo el día, viendo el panorama, y necesito sobrecompensar a mi manera, y al menos como mirando al río y al sol, que son dos cosas que solucionan casi todo y que combinadas con el Rey del Laboratorio aunque sea en diferido acaban (casi) con mi mal humor. O eso creo (es mentira).

Entro a las conferencias de la tarde, una tía intenta venderme que puedo vivir de mi manera de ver el mundo (putoscoolhunters), un tío intenta venderme su libro durante una hora en plan altermundista (putosjipisquesededicanalapublicidad), aparece el Creativoalquepersigoen360, me saluda, me pregunta por la WiFi y se pira, yo me voy fuera porque no pillo la Wifi, termino el curso, me quedo sin batería por segunda vez, panico, tuiteo desde el móvil porque me abruma que parezca que no tengo nada que hacer ni perrito que me ladre, un tipo da una charla a lo chanante de apps que mola mucho hasta que me doy cuenta de que no tengo un iPad2 (putosgeeksconpasta), pienso en escaquearme, me siento culpable, aparece el Artequecreícopy borracho como un piojo, entramos a la entrega de premios (putoscreativosquesemontansusgoya), la "ceremonia" es un infierno (putostécnicosdesonidomúsicospoprockyarquitectosfansdelhormigón), conseguimos llegar a la cena con más hambre que vergüenza, me pongo mala de comer, me bebo tres cervezas que deben ser de aquí porque no se suben (afortunadamente para todos), pululo intentando que parezca que tengo amigos.

Post-fiesta: bien pensado, me he acercado a una tía a charlar de SU proyecto (un fanzine sobre fotografías que busca "una mirada antropológica sobre la construcción de la identidad a través de formas de socialización contemporánea como son, en este número, las del ocio, en el próximo, fenómenos de consumo", holasoytufan), y quiero resaltar que la tía exponía en jóvenes talentos y no tiene trabajo; he estado intentando integrarme entre la gente de la agencia del Artequecreícopy, que son relativamente jóvenes (tampoco es que la media sea alta), frescos y majos; he mirado con desdén a dos millones de creativos viejunos (para la media) que deben de creerse que el rato posterior a la entrega de premios es una de las escasas ocasiones que tienen para follar gratis a lo largo del año (¿por qué no son gays? ¡Distinguen colores!); he conseguido por fin que el Creativoalquepersigoen360 se acerque a mí y charlemos, claro, de SU agencia, y, llegado cierto punto de la conversación, de SU ego. El Artequecreícopy no para de repetir que la culpa de todo lo malo que pasa en el mundo es culpa de la gente de cuentas. Y de los clientes. Pero sobre todo, de cuentas.

Miro a un lado y al otro y, aunque mira que el Artequecreícopy cuando está sobrio me cae bien, y aunque mira que admiro a la DiseñadoraAntropóloga y al Creativoalquepersigoen360, pienso que si me fui de CAV fue para no competir con egos tan grandes como el mío y que este no es mi sitio. Cojo el PC y me piro.

Cuando entro en el hotel junto al palacio de congresos para pedir un taxi, la mitad femenina de la agencia de nombre entrañable, que se ha llevado chopocientos premios y ha presentado la segunda campaña que más me ha gustado, está dentro sosteniendo a su hija, de unos meses. Y yo sonrío y pienso, "ja. Claro que se puede ser creativa y madre". Me encantaría decirle eso y que me encanta su forma de hacer y de entender la publicidad pero, qué raro, me da vergüenza. Cojo el taxi y estoy a punto de salir de la Expo cuando unos chicos preguntan si podemos compartir taxi. Miro por la ventanilla, y el que quiere subir es la mitad masculina de la agencia de nombre entrañable.

Y pasamos un camino en taxi encantador hablando de venir de groupie a los congresos, de ningunear la comunicación corporativa, de que escuchar a los clientes mola más que impresionarlos, de reconvertir una carrera cuando uno quiera, y de escribir. Y me deja en la puerta de la pensión y no me deja pagar el taxi y me dice que le escriba.

Y me doy cuenta de que de vez en cuando entre tanto ego hay gente que oye, gente que tiene hijos, gente que se mima, y gente a la que no le importan mucho los premios (aunque igual es sólo porque se los lleva).

Y me alegro de haber venido, de repente.

Aunque en el fondo siga pensando que si esto siempre es así, igual no quiero estar aquí siempre...

9.3.11

Es mi twitter, y lo descuido si quiero

Agotador. Tremendamente agotador. Si parpadeas, te lo pierdes. No sabes ni cuántas cuentas retuiteando el mismo artículo copiado de un blog americano. Un maldito floodero (así los llamábamos en IRC. Ahora no sé si tienen nombre) cuelga los enlaces a sus post doscientas veces al día, llenos de hashtags. Una competición brutal por ser el más ingenioso. Una angustia vital en forma de actualización compulsiva de hootsuite. La sensación de que algo está yendo mal si no recibes ningún estímulo internet-cio en el plazo razonable de cuarenta y cinco minutos en que bajas a comer con tu madre y tu móvil nuevo con Android.

Así no se puede vivir. Qué quieren que les diga.

Se me ha pegado el objeto de estudio. Me paso el día haciendo personal branding en lo profesional, analizando el personal branding en lo académico, y sufriendo el personal branding en lo personal. Me promociono, me autopsicoanalizo y me desprecio en una simultaneidad esquizoide que vive un 60% en Internet y un 40% en la vida real.

Y, qué quieren que les diga. Cuanto más me esfuerzo, más asco me da todo en general.

Una regla principal del personal branding es comportarse como un adulto (es decir: cínico, hipócrita y bien pegadito a la curva de la media a ser posible). Ser diplomático. No mostrar ningún indicio de tener una inestabilidad emocional que te coloca permanentemente en la adolescencia. Obviamente, no es mi técnica.

Pienso en crearme identidades borrokas (la cuarta. Sería la cuarta. Y todavía las hay que sugieren que sean colectivas. Que igual no es mala idea. Pero que me siento suficientemente Sybil ya) para sacar fuera toda esta frustración, estas ganas de gritar, de vomitar, de ser desagradable, violenta, intempestiva, irracional, impulsiva. Pero no lo hago. Así que llegados a cierto punto de presión la identidad que ande rondando termina siendo borroka. Y eso es peligrosísimo, me dicen por todas partes. La gente no te quiere. Los "reclutadores" no te contratan.

De verdad, no puedo más.

Hoy he descubierto que ya soy la chica que quiero ser de mayor. La pena es que ella ya está embarazada y ya es escritora insigne. Yo sólo me quedo con el resto. Con la neura, la palabrería, y el miedo atroz a las exigencias.

Hago trampas y pierdo, ¿se puede ser más tonta?

14.12.10

Honestidad brutal (de mí, pa' mí)

El Chico cuyo apodo ya no recuerdo dice que me haga mirar mis estados de Facebook porque se preocupa por mi estado de ánimo. Yo no soy consciente de estar mandando mensajes negativos, pero sí que es cierto que he acumulado demasiada frustración y que es posible que salga por todos los poros. No los reviso, por si acaso. El blog, que al fin y al cabo está abandonado, me parece más fácil (y menos representativo), y veo que alterno adecuadamente las etiquetas de "construyendo" y "nostálgica". La Chica Mariposa me envía mensajes preguntándome por mi alternancia de blanco y negro. Ha llegado un momento en el que igual debería ser yo la que piense un poquito cómo estoy, en vez de lo que tengo que hacer.

Podría hacer el enésimo resumen de noticias y hacer un balance con pretensión de objetividad, aunque todos sepamos que eso no existe. Casa nueva - mucho jaleo - casi terminado - paz, tranquilidad, sensación de victoria, bonito rincón en que vivir. Enésimo cambio vital - mucha nostalgia - mucha gente perdida por el camino - mucha gratitud por la gente que se queda - bastante sensación de pérdida - sensación de estar desubicada pero bien acompañada (a veces). Difuso proyecto de futuro - cambios de carácter - inseguridad crónica - buenas expectativas - sensación de valer lo suficiente para caer, de vez en cuando, de pie.

Creo que es suficientemente sintético, concreto y esclarecedor. Pero hay más.

La gente que se quedó por el camino aparece, de cuando en cuando. En forma de mail, en forma de personaje de Rohmer, en forma de marabunta celebrando un cumpleaños. Aparece y duele muchísimo, las cosas como son. El otro día hablaba con el Sociólogo Renegado de bancos de tiempo, y no se trata de eso. No se trata de los contactos como inversión. Se trata de que uno se acostumbra al papel que los demás juegan en su vida y luego, al readaptar la obra, siempre te falta un pie por algún sitio. [Sí, soy goffmaniana nata. Este era el tipo de cosas que escribía con dieciséis años, si lo pienso] Y faltan copas de vino, aseveraciones, runrunes incómodos incluso, rutinas, celebraciones.

Precisamente, celebraciones.

Esta tarde he conseguido ir con Blue a ver Celebración, de Pinter, después de un amago de dejà-vu con la de Beckett que me perdí el pasado diciembre. En primero me marqué no sé ni cuántas páginas sobre Pinter y el silencio con esa prepotencia de los dieciocho años y sin haber leído una sola página firmada por él mismo. Ahora creo que las entiendo. Me parece maravilloso ser capaz de no decir nada en absoluto y dejarme llorando como una niña, perpleja ante los personajes que circulan saludando entre las mesas. No pasa nada: son personas que cenan, y charlan. Señores, no vayan a verla. Hagan el favor de pararse a escuchar las conversaciones de la gente en los restaurantes, en los bares, en el autobús, y asombrarse, y llorar como niños.

La semana pasada, escuché a una madre repasarle los deberes a su hija por teléfono y comentar el examen. Implicada a morir. Era realmente como si estuviera sentada en la mesa, con ella. Pero no lo estaba. El tipo de madre que pasa cuarenta y cinco minutos hablando contigo sobre las manías de tu profesora y los enunciados que va a poner ya no puede sentarse contigo. Es lo que hay.

Y es una mierda repugnante.

Es una mierda repugnante que tenga que aterrorizarme ante los antecedentes familiares de menopausia precoz porque no tenga la más mínima garantía de poder tener un hijo antes de diez años cuando es lo que más deseo en el mundo. Es una mierda repugnante que el Chico de los Recopilatorios tenga más razón que un santo cuando asegura que la reproducción no merece la pena en los tiempos que corren. Es una mierda repugnante que nos hayan robado las vidas a todos mientras sonreíamos porque era la rehostia tener treinta años y poder seguir llevando zapatillas de deporte y camisetas con dibujos y juntarse con los amigos a jugar a la Play. Es una mierda que los marketinianos celebren a las familias DINK (Double Income, No Kids). Es una mierda que tengamos que echar carreras con nuestro reloj biológico y con los procesos de adopción. Es una mierda que, en general, no importe nada en absoluto lo que vales. Es una mierda que cuando encuentres un trabajo la gente considere que eres suficientemente afortunado como para que no tengas derecho a la queja cuando un psicópata juega contigo como herramienta para su ego.

Hace dos días, todo esto se concentraba en no poder parar de llorar, metida en la cama, pensando en que mis hijos no conocerán a mi abuela. Que mi abuela se mantiene fenomenal y joven y activa y ya ha hecho todo lo que tocaba por su lado y que yo no puedo dar ni medio paso por el mío. Que es un ejemplo irrelevante pero significativo.

Tengo 26 años y hace más de cinco que estoy hasta los pezones de la gente que no para de repetirme lo joven que soy. Porque con 35, en Maternidad, te llaman primípara añosa si tienes la osadía de estar teniendo tu primer hijo.

Si tengo suerte, pasaré los próximos cuatro viviendo a costa del gobierno (aún) dedicada a cagarme en todo lo que hay en el mercado laboral que me ha llevado a esta situación. Cuatro años que no garantizan más que la satisfacción personal de estar elevando una queja a no se sabe muy bien dónde. Bueno, y que tendré un "mayor riesgo de exclusión" del mercado laboral por prolongar mi situación de desempleada. Si tengo suerte, podré plantearme que irme a EE.UU. con gastos pagados es una opción de futuro y cerrar los ojos ante la posibilidad de volver con el rabo entre las piernas. Si tengo suerte, tendré que pelearme con mis amigos por mi trozo de pastel y muy probablemente me acabe convirtiendo en un ser retorcido y mentiroso que veo tan cerca que me da miedo.

Si tengo un poco menos de suerte, podré mantenerme en esta dulce esquizofrenia que vivo ahora, en la que por la mañana construyo los discursos que critico por la noche. O eso digo. Porque en realidad no encuentro las horas para criticar nada. Estoy demasiado cansada para seguir leyendo, y me meto en bucles de autorrealización ilusoria y compulsiva consiguiendo logros en Farmville, porque así soy yo, que me creo muy lista pero caigo en toda trampa que me encuentre. Supongo que, en cuanto me acostumbre y deje de cumplir con todos los puntos de los decálogos de malos hábitos para teletrabajadores, la cosa irá a mejor; y de hecho, de momento pinta como la mejor opción.

Porque el siguiente golpe de suerte podría venir de la mano de una oferta para volver a mi sector, y volver a tener cargo de conciencia y un nivel de estrés que hay quien tolera, pero no es mi caso. Que al menos me garantiza, si mantengo mi vida de estudiante actual cuando salga de la oficina, cierto colchoncito para los 30. Si no me echan.

Lo lamentable es que todos y cada uno de ellos serían golpes de suerte. Que estoy en una posición jodidamente envidiable. Que yo envidio a los que son listos y están becados y que 4 millones de personas y sus familias me envidian a mí. Que sigo siendo una privilegiada, como lo he sido siempre. Y eso me asusta. Porque no entiendo cómo coño se sostiene un sistema en el que esto es estar arriba. Y porque, insisto, nos han quitado el derecho a la réplica.

Yo quiero un sitio donde dormir, comer todos los días, y poner mi granito de arena por la supervivencia de la especie antes de que sea tan mayor que esté comprando papeletas para que la sangre de mi sangre se convierta en un vándalo por mi incapacidad de hacerle caso. Juraría que hace treinta años esto no era tanto pedir.

Me encanta mi vida tal y como es ahora, claro que sí. Puedo sentir nostalgia de ciertas cosas (porque las he tenido) y puedo tener aspiraciones (porque sé que existen), que no es mal punto. Aprecio mis rutinas, aprecio a mis personas, y aprecio lo que hago.

Sólo pido que no me obliguen a hacerlo el resto de mi vida.

Déjenme volverme adulta, por favor. Es lo único por lo que me quejo. Ser adolescente un rato, mola. Serlo toda la vida está empezando a ser insufrible.

19.4.10

Condescendencia moral

Suena el timbre de casa. Como no estoy esperando a nadie, no abro. Acabo de acostarme tres cuartos de ahora para ver si consigo que un poco de paz forzada me quite la bola del hombro. Pero vuelven a llamar. Pienso que igual he cerrado mal y Blue no puede entrar, así que llego a la mirilla. Un chico con un chaleco azul de Unicef y una chica hablan con mi vecina de la izquierda, en modo verborrea y con preguntas absolutamente absurdas del tipo de sinopuedescontuenemigoconfúndele.

Me vuelvo a la cama. Ya sólo me quedan cuarenta minutos y me han cortado el rollo tranquilo. Sé que estaba pensando algo precioso pero no recuerdo qué era. Tardo como cinco minutos en volver a encontrarlo. Respiro profundamente, me concentro, me vuelvo a relajar... Y vuelve a sonar el timbre.

Me levanto. Son ellos, otra vez. No sé por qué, pero abro la puerta. Creo que temo que sigan llamando el resto de mi vida si no lo hago. Somos de Unicef, ¿nos conoces? Sí, perfectamente. Chiste absurdo sobre un camión lleno de niños. Me parece que es de mal gusto. ¿Te gustan los niños? Hace poco escribía en otro sitio y comentábamos en clase que hay campañas que son trampa. Nadie está contra ser feliz y nadie está contra los niños. Así que contesto que no. Por joder. Bueno, los de los demás, ¿no? Pues no, tampoco. No me gustan los niños, en general. El tipo no mueve ni un músculo. Es el contestador de atención al cliente perfecto; he pulsado cuatro, así que contesta que tengo que entender que alguien tiene que encargarse de ellos y darles un futuro digno, como el nuestro. Me río. Lo siento, no puedo evitarlo, me río. ¿Has dicho digno? ¿En serio? Me pide que reconozca que estamos mejor que ellos (que viene a ser como preguntarme si estoy a favor de los niños) y le digo que entre estar mejor y tener esperanza de un futuro digno hay un abismo, o dos si son pequeños. Me pregunta si trabajo. Le digo que no. Me pregunta que en qué busco. Mira, tío, no quiero contarte mi vida. Pero qué hacías antes. Marketing. Ah, pues nosotros siempre buscamos gente: qué suerte has tenido, déjanos un CV y te llamamos y te explicamos. Lanzo una mirada asesina. No quiero escribir la mierda de frases simbólicamente violentas que llevas soltándome veinte minutos. No quiero convencer a la gente de que o está conmigo o es mala persona. Ni siquiera sé si quiero seguir escribiendo cosas para convencer a la gente en general. No entiendo por qué coño este tío está empeñado en rescatarme. Me dice que él es periodista y que eso sí que está mal. Sí, eso y los niños, pienso.

En algún momento de todo esto, he sido capaz de intercalar la frase de nopuedohacerningún"pequeñoesfuerzo"más, y me ha pedido 25 céntimos al día durante no sé cuánto tiempo. Creo entender que quiere que en algún momento en el futuro le dé 15 euros. Que ahorre, dice. Me dan ganas de volverme a reír, pero es que este chico no tiene sentido del humor. "Seguro que sales por ahí, no me digas que no, que te estoy viendo la cara. Son tres copillas, mujer".

Ya hemos llegado al punto que me revienta. Nadie va a venir a medir moralmente mis gastos, joder. Dono 8 "copillas" al mes a otra gente que, igual que tú, gastará el 80% de mi donación en financiar su estructura megacefálica e hipertrofiada a costa de contratar gente como tú, que considera que es mejor que los demás porque su trabajo tiene un tinte solidario.

Darle bien a una pelota de tenis no te convierte en mejor ni peor que nadie, ¿no era?

Le cierro la puerta. Han conseguido que les dé la mano, incluso. Como si tuvieran derecho. Se van mirándome por encima del hombro porque les he negado quince euros de nada, veinticinco céntimos al día durante nosécuántosdías. Y en ningún momento, en ninguno, creo que se paren a pensar en la falta de educación que es llamar cuatro veces al timbre de alguien para conseguir que te abra y decirle que podría ser buena persona si pusiera un poquito de interés. Exactamente igual que el tipo de Greenpeace del martes no podía entender que si estaba llorando a mares no era el momento de preguntarme si podía explicarle en qué puntos considero que su actuación no es todo lo coherente que pudiera.

En estos momentos odio tanto a las ONGs que me daría de baja de todas y empezaría a matar "solidarios" à la Patrick Bateman.

Y, claro está, vuelve a dolerme la espalda.

12.4.10

I will survive

Ya está, se acabó. Son demasiadas semanas, no quiero ni contarlas, sintiéndonos mal, defraudadas, indignadas, culpables, violentas, y otras tantas emociones tremendamente negativas.

Hoy hemos tomado una decisión. Se acabó. A partir de ahora somos gafapastas, relativistas, desdramatizadoras, poppies, felices, ignorantes, y si hace falta, incluso cínicas e hipócritas; porque la opción contraria es agotadora.

Vamos a reírnos de todo lo que se nos ponga por delante, vamos a fabricar y a consumir cosas bonitas, vamos a agarrarnos al "...y ya", vamos a dejar de querer morir matando.

Y si la Chica Mariposa y yo tomamos una decisión, intuyo que somos bastante imparables.

22.3.10

How to play with Guilt (and win)

Estoy harta, hartísima, de días de locos. El Chico Escritor diría que "some people have real problems", pero, francamente, ese problema no es mío, sino de la gente real. El que sí es mi problema es el cansancio acumulado que me vuelve una potencial psicópata. El de "no me digas que analice Bowling for Columbine porque si me haces verla es posible que la recree". El de cruzarme con gente por la calle e imaginarme que un gesto rápido es suficiente, porque cuando la gente se mueve despacio pensamos que es inofensiva, y no tendría por qué.

Me estoy volviendo loca de remate. El vídeo de Astérix era premonitorio: tras toda la mañana de papeleos (incluyendo incidentes varios del tipo de no-quedan-más-números-en-el-INEM o mi ordenador queriendo una versión de Acrobat Reader que ya tiene), sigue quedando lo mismo. En realidad, un paseo más. Que ya sé que no es así, pero se percibe así, porque soy una pequeña inconsciente con orejeras de animal de carga y no veo más allá del siguiente paso, y ahora los siguientes pasos son tres y no dos, y ya está bien.

Y entonces llega el técnico del calentador a lo que yo pensaba que era instalarme el calentador, pero no. Lo mira con un cierto recelo, y finalmente sentencia que sí, que va a instalarlo. Otro día. Intento que no se dé cuenta de que estoy procurando que le estalle la cabeza con la mirada.

Llamo a los vecinos de abajo para informarles de que el fontanero del seguro vendrá mañana a mirar la bañera que, por favor, jesusitodemividaeresniñocomoyo, no habrá que levantar para arreglar, y la señora se enfada, me hace una especie de chantaje pasivo-agresivo, y yo tengo ganas de gritar. Blue ya lo dijo el otro día: podríamos pedirles disculpas, sí, pero a) no es nuestra casa; b) ya dijimos que el desagüe de la bañera daba problemas; y, muy importante, c) somos nosotras las que no podemos ducharnos, así que bastante tenemos con lo que tenemos.

Que ya está bien, joder. Que estoy harta de apencar, de decir que sí, de estar on-line, de estar disponible, de cenas frías, de llamadas telefónicas, YA ESTÁ BIEN.

Mi Excel vital tiene en verde TODO el día de hoy, y es suficiente. Es tan suficiente, de hecho, que me he ganado un rojo o un par de amarillos. Que estoy cansada de querer ser encantadora y adecuada y estupenda y competitiva, que soy lo que soy, y en estos momentos soy una chica cabreada y asustada y punto.

Y a quien le parezca mal, que mire para otro lado, como si le hubiéramos pedido algo.

Ya-está-bien.

5.2.10

¿Dónde está mi botón de reset?

El mundo está lleno de mecanismos de defensa casi gratuitos, pero, claro, con defectos. Como por ejemplo, el Lujo ibérico como manera de darle la vuelta a la tristeza y convertirla en rabia. Como dice House, "la decepción es la ira de los cobardes". Te pones la careta de valiente, gritas un par de veces que "los hay cabrones y cobardes" y que "mucho talante y mu' poco talento", y ya no estás triste. Lo que tienes es ganas de quemar contenedores y patear papeleras, eso sí. Que tampoco estoy muy segura de que sea una solución, pero menos da una piedra.

Juego con mi estado de ánimo como si fuese plastilina, pero al final, la mierda queda debajo. Y por más zolpidem que quiera tomar uno, ni siquiera los hipnóticos te libran de soñar con toda esa porquería que has barrido bajo la alfombra.

Y soñar es una mierda, ya lo dice el Chico Escritor.

He intentado quedarme en casa, considerar que las cosas no son urgentes, sino importantes, dar pasitos. Pero, francamente, estar en casa no me sienta bien. Todo se andará, pero, de momento, mi casa me resulta un Gran Monumento A La Ausencia.

Llevo unos días insoportable y pasar tanto tiempo conmigo misma no ayuda en absoluto por más ficción que queramos meterle al contexto (vaya chute de series atrasadas me he metido...). Desgraciadamente, el mero hecho de ver series también está conectado a él.

Argh. Malditas rutinas, malditas costumbres.

Blue es un solete que trae chocolate y pringles para pasar los malos tragos, pero, claro, mi estómago ha decidido que si no coopero, él tampoco, así que estamos otra vez sin hablarnos. Al menos esto sirve para concluir que, efectivamente, sólo es psicosomático y que no tiene por qué haber una operación el 25 de marzo, a pesar de mi afición a inventar Leyes Generales de la Existencia con dos coincidencias de nada.

Hace unos días, me despertaron justo antes de que destrozase el universo (efectos secundarios de leer demasiado a Douglas Adams). Me dan ganas de dormir días y días hasta reencontrarme con ese sueño sin acabar, disparar el maldito trasto, ver cómo todo se hace pedazos, disolverme en un agujero negro, y luego ya, si acaso, despertarme y hacer vida normal.

Porque hay que hacer algo con toda esta energía negativa; algo, a ser posible, que no sea pasársela a mi ordenador para que después de mes y medio en el servicio de reparaciones, vuelva a apagarse cuando yo tengo ganas de gritar.

24.1.10

Todos llevamos un Chico Escritor dentro

Mira que me molesta, pero al final, cuando tiene razón, la tiene. Y cuando la gente empieza a hacer las cosas feas (que no necesariamente mal; tanto desde un punto de vista "regulatorio" como desde un punto de vista ético es probable que no fuera sino la única salida correcta), voy y me enfado.

Estar enfadada con una persona en concreto es toda una experiencia nueva. Quiero decir: soy muy de enfadarme, pero con leyes generales, con el planeta tierra, con la humanidad en abstracto, o, en todo caso, conmigo. Enfadarme con una persona en concreto y que no sea yo, eso es nuevo. Tan nuevo que no sé llevarlo, tan nuevo que me encuentro en casa a punto de salir y suelto un grito rabioso que no sé de dónde me sale y que a Blue le da miedo, tan nuevo que me tiene absolutamente desconcertada durante un montón de horas.

Así que paso la mañana desconcertada. Además de ajena, a todo ese universo que sucede fuera de mi ombligo, lo que por otra parte no deja de colaborar con mi desconcierto. Están pasando cosas que no sabemos, que no entendemos, con las que no contamos.

Sería curioso saber si esas cosas también tienen reglas.

El Chico Escritor, en modo terapeuta telefónico, pregunta para qué narices sirven mis reglas si al final estoy exactamente en las mismas, sentimentalmente hablando. Supongo que es para evitar, precisamente, el momento enfado. No quiero que se enfaden conmigo así que yo no me enfado con nadie. Romper la barrera de enfadarse con alguien es una cosa peligrosísima. De hecho, unas horas después, me descubro a mí misma claramente malinfluida por la Mala pensando un montón de sandeces relacionadas con el cinismo moral y que al final concluyen con un "A mí no me saques tu genio, que te lo mato".

No, hombre, no. No queremos matar nada, y mucho menos genios, por lo que pueda pasar con la polisemia.

Paso la mañana y buena parte de la tarde cargada de buenas intenciones que incluyen la promulgación casi inmediata de un paquete de reglas nuevo, pero el Chico Escritor insiste, ¿para qué sirven? Y sí, no sirven de nada. Y Blue es mejor construyendo escenarios posibles que yo, que me quedo en la primera escena y me como secuencias como aceitunas. Hago un esfuerzo importante de construir escenarios serios y complejos y decido anular en vez de postergar. Mejor así.

Porque, hoy, además, estamos a otra cosa. A otras dos cosas, en realidad. Una tarde rara que incluye ver a otra fantástica persona que no ha sido capaz de aguantar la Ciudad Hostil. Decir adiós al Chico Collage cuando acababa de reencontrarle duele un poco bastante. Un par de momentos absurdos porque, sinceramente, no estamos como para dar consejos sentimentales, pero ni de lejos. Una cena a las 8 de la tarde. Y por qué no. [No tenéis idea de lo grandísimo que es tener hambre de una forma sana y recurrente. Yo quiero estar así toda mi vida].

Y como estamos a dos cosas a la vez, una de Caipiroska con momento absurdo incluido ("Gran momento para pedir un Ruso", y el Chico Hipermagnético hace un cameo estelar por la izquierda), un montón de dudas sobre la B.S.O. (viajes en el tiempo, canciones que deberían ser de verdad y no de película, Álex y Cristina...), y un hasta aquí hemos llegado.

Y ahora estamos sólo a una cosa. Y al menos digo las cosas como son sin excusas absurdas. Es curioso lo de ser tan pro-sinceridad, mentir tan mal, y meterme en bolas de excusas ridículas con esta facilidad.

Y seguimos. Seguimos en un Búho Real muy adolescente (para adolescencias estamos nosotros). "Qué bonito es ese momento en el que vuelve a hablarte la radio". Qué momento absurdo cuando te escuchas a ti misma cantar Coti con el entusiasmo de entonces. Qué cosa más rara que Todo vuelva a ser lo que era, o al menos algo muy similar. Qué dejà-vu con My favourite game. Seguimos en un Honky tras unas patatas espectaculares, porque, insisto, tener hambre todo el rato mola mil. Seguimos en un Honky curioso, que incluye una hora española. Y no queremos irnos: y menos mal que no lo hacemos porque nos faltaba el último pico, esos Killers y esos Editors, y esos Radiohead, y, sobre todo, ese cierre versión Richard Cheese.

Y cuando una llega a casa, piensa que está bien. Que si una se tiene que enfadar, se enfada. Que si se le pasa, se le pasa. Que la música es probablemente uno de los más grandes hallazgos civilizatorios, y que no sabe por qué se discute todo el rato sobre la escritura, con lo grandes que son las canciones (y los Strokes no tendrán una letra buena, pero y qué). Y entra en modo armónico y se pone las dos canciones que le faltan. Y sonríe y casi no le molesta encontrar un mail de la persona que originó todo esto, en modo aquínohapasadonada, y hasta contestarlo en modo académico-agradecido-encantador.

Qué sería de la civilización, también, sin la inconstancia...

15.11.09

Ñ

Ahora que no hago más que leer sobre identidades, incluso ha cobrado sentido eso de llamarlo a todo por la eñe (aunque Pretty in Black y yo no sé muy bien cómo decidimos utilizar esa letra y no otra, para nuestro código de honor interpersonal).

En concreto, la última Eñe es Eñe de Festival Literario, viernes y sábado (con importante escaqueo por mi parte el sábado), Círculo de Bellas Artes, y el Chico Escritor.

El Chico Escritor, al que termino mirando fijamente y diciendo que debe olvidar lo de ser escritor, porque me temo que está mejor educado que la bohemia literaria española, y empieza a parecer incompatible.

Fue una tarde curiosa, muy curiosa. Para empezar, si alguien creía (como, ingenuamente, yo misma) que la americana de pana estaba muerta y enterrada, que se olvide. Uno no puede ser un escritor-editor de prestigio sin una buena americana de pana, parece ser.

Tópicos, tópicos, tópicos. El Chico Escritor se revuelve contra los reflejos de la luna en las superficies líquidas, y yo le contesto que si los tópicos se fijan, es porque funcionan. Pero hay cosas bastante asombrosas. El hecho de que los argentinos parezcan tener la necesidad, simplemente por nacionalidad, de quedarse anclado en el realismo mágico para siempre. El de que si uno repite "a veces yo; a veces, no" durante 20 minutos no se llame cansino, sino "performance". El de que alguien aproveche su fama para presentarse a un concurso bajo seudónimo dejando claro su nombre en la segunda línea. El de que en una entrega de premios en la que una actriz está declamando los principios de los relatos ganadores, vaya la gente a tener encuentros alcoholizados al grito de "¡Cuánto tiempo!".

Si son escritores-editores, llámalo equis, llámalo eñe, ¿qué les costaría tener un poquito de respeto por su supuesto objeto de pasión? ¿Por qué la gente respeta tan poco el trabajo y el tiempo de los demás?

El Chico Escritor y yo salimos después de un concierto de Josele Santiago en el que no me destrozo un pie para los meses siguientes (todo un avance) como si nos hubiera arrollado una apisonadora. Ocho horas y media de charlas de alto nivel intelectual, de pajas mentales asociativas que te obligan a abrir todas las puertas de la cabeza, de esfuerzo por aprender caras y nombres, y, sobre todo, de un titánico intento de no partirle la cara a todos esos malditos intelectualoides que no saben usar la cultura que pretenden estar fomentando para mejorar la convivencia cívica. Hay que joderse.

Como le decía a Blue el otro día, que uno se cultive no implica que dé frutos. Nunca estuvo más claro que el viernes.

Orden de desahucio

Empecé este post la semana pasada, pero lo dejé en borradores y tengo que retomarlo ahora...

"Me gustaría saber cómo se puede controlar el lado oscuro de uno. La literatura está llena del tema del doble, el espejo, el malo maloso que se esconde tras el ciudadano modelo, así que supongo que no voy a encontrar yo, sólo con ponerme, la solución mágica a un problema que obviamente no es sólo mío.

Pero en mi caso, me enerva. Porque tengo dentro una capacidad de ilusionarme y disfrutar que podría competir mano a mano con el Chico Entusiasta, pero también tengo, si bien ya no el agujero negro, un torbellino de malas vibraciones que, empiezo a temerme, es incluso la causa de que todo ordenador que puedo llamar mío acabe haciendo cosas raras como apagarse solo.

Quiero una orden de desahucio contra mi mal humor, porque últimamente no me aguanto ni yo".

Supongo que podía haberlo publicado tal cual, el martes por la mañana, pero bueno. Ahora sigue viniendo a cuento (el ciclo de la ciclotimia).

Ayer me gradué. La gente no hacía más que darme la enhorabuena (en el mostrador de acreditación, en el stand de antiguos alumnos, en la mesa de autoridades, en el bar donde mis padres y sus amigos se reúnen cada semana desde hace treinta años), y yo me sentía completamente ajena. Yo terminé la carrera en febrero, y en julio le di la espalda a mi título y renegué de la Publicidad y las RRPP, siguiendo mi máxima de "afírmalo con vehemencia, abandónalo con ligereza", descubierta cuando dejé a medias la carrera de CAV.

Que vengan a estas alturas a darme la enhorabuena por haber acabado una carrera, cuando, además, llevo un mes y medio mosqueadísima por los trámites necesarios para conseguir acreditar "tamaño logro", me toca un pie, francamente.

Y el caso es que mientras estaba en el Auditorio y escuchaba el larguísimo pero interesante discurso de Campo Vidal, mientras oía a la representante de la promoción hablar de cómo los compañeros virtuales son un apoyo totalmente real, mientras la rectora decía que era el mejor día del curso, durante un breve momento, yo me lo creí. Seguía la letra del Gaudeamus Igitur y me emocionaba viendo subir a los titulados del Máster en Accesibilidad. Me sentí algo menos ridícula en mi minúscula chaqueta de pseudoarreglarme, incluso me sentí cerca de mis compañeros (muy especialmente de la Chica Makamo; pero es que ella es una persona tremendamente especial).

Y sin embargo, recibo mi título, y junto a él, un lote de seis posavasos diseñados por no sé qué artista catalán(a) y me enrabieto y recuerdo todo lo que he pagado por algo que no me sirve para nada, y al final ni disfruto ni leches, y cada vez que alguien sonríe, me besa, me felicita, y habla de lo importante que es ese día en mi vida, yo estoy pensando en el tiempo precioso que he perdido de empaparme de Bauman; y así, señores, no se puede ir por la vida.

3.11.09

(des)Atención al cliente, vol. II

Creo recordar que ya dije algo por aquí del trato recibido en el call center de Vodafone. [Efectivamente, plagié una entrada de Mi mesa cojea y fue aquí]. Amigos, me quejaba de vicio.

Hace un año y medio, compraba una impresora para los "por si acaso", convencida por mi padre. Decidí comprar una HP porque mi anterior elección había sido sólo por el precio y resultó ser una impresora esquizofrénica que no reconocía sus propios cartuchos (los que venían en la caja, nada menos). Además, resultó ser una impresora para la que no encontrabas ninguna solución en la web del servicio técnico porque el producto parecía haber desaparecido del mapa.

Bueno, pues exactamente igual que con mi "confiable" HP.

Compré cartuchos nuevos para ponerla en marcha. La instalé mientras llegaban los cartuchos, y no me dejaba escanear, así que me paseé por toooodas las soluciones del "asistente de solución de problemas", las FAQ de su web, y alguna otra cosa encontrada en foros. Cambié el cable USB. Desinstalé todo y lo volví a instalar, sólo con los controladores on-line, que sí que decían estar preparados para ese error de la humanidad llamado Windows Vista.

No way.

De todas formas, al menos me serviría para imprimir.

Pues no.

Cuando llegan los cartuchos, los instalo, y el bicho se vuelve loco diciendo que los cartuchos están vacíos, que los cartuchos no corresponden con su número, y, finalmente, que no he comprado cartuchos originales (a través de la Tienda de suministros de HP, como todo el mundo sabe, compras falsificaciones de cartuchos. Ya.). En vez del hombre que susurraba a los caballos, soy la mujer que susurra a los cartuchos. Dos de dos me parece bastante preocupante para un error tan extraño.

Total, que por fin encuentro el ticket y me lanzo a la aventura. Fíjense ustedes en lo que hay que saber para seleccionar un número para contactar con HP.

Bueno, pues cuando por fin consigo encontrar mi número en la lista, y es un 902 y no un 806, sale una señora que parece estar bastante mal pagada, explicándome dónde puedo leer el acuerdo de privacidad relativo al almacén de información al que va a ir mi conversación. Luego, me dice que elija si quiero abrir un caso nuevo (pulse 1). Luego, me vuelve a salir el chorro de opciones de la columna izquierda de la tabla. Pulso 5. A continuación, tengo que averiguar si mi impresora es o no una solución casera profesional, para pulsar, finalmente, entre dudas, 4.

Entonces, una segunda señora con una voz bastante más divertida (claro, ella ya sabe que me han ganado) me da otro número de teléfono totalmente distinto.

El nuevo número de teléfono me pregunta si quiero escuchar el famoso acuerdo de confidencialidad, o ser atendida por un operador. Pulso 2. Me atiende una chica que me hace darle la vuelta a la impresora (quién será el listo que le escribe el número de serie debajo) para apuntar mi nombre, mi serial number, mi product number y el lugar de la compra, para luego remitirme aquí. Que se llama diagnóstico, pero no diagnostica nada. Te salen toooodas las opciones ya vistas anteriormente, y cuando por fin encuentras tu cacharro, tienes que volver a darle la vuelta (no sé por qué no he apuntado el SN en vez de dárselo a la chica directamente, seguramente porque no tenía manos para sujetar todo lo que había sobre la impresora), apuntar el puñetero número, y empezar de cero. Explicar en un formulario lo mismo que le has explicado a la última chica del teléfono.

Y esperar a que te llegue una confirmación automática de tu e-mail en el plazo aproximado de una hora.

Y a partir de este momento, ya no creo en el servicio postventa de ninguna marca de hardware. Ea.

1.10.09

Síntomas

Pensaba que me había vuelto intolerante con las tonterías ajenas; pero no. Me he vuelto intolerante con las tonterías, en general. Tanto, que ayer me apetecía abofetear a mi psicólogo por darle vueltas y más vueltas a cosas que he hecho y que ahora parece imposible que vaya a volver a hacer.
¿Cómo puede importar algo el sufrimiento o la necesidad que se esconda detrás de una estupidez? Se trata, simplemente, de dejar de hacerla, de no perseguir a los vagos, de no solucionar los problemas de los torpes, de no preocuparse por los problemas que alguien se cree para sí con el fin de justificar una injustificable incapacidad de llevar una vida sencilla y disfrutar de ella.
Lo complicado es que todas nuestras tonterías resultan ser, con un poco de reflexión, síntomas de enfermedades. Enfermedades que hace cincuenta años no existían, por otra parte. Asquerosos frutos podridos de nuestro momento histórico.
Y así, es bastante probable que no haya una vía de escape; y el resultado final de la ecuación es una mala leche bastante espectacular que se convierte en mi sombra y a la que no le apetece gran cosa ver al resto de los seres humanos a los que a veces me permito llamar "queridas personitas".