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19.10.13

Un cuarto propio

A veces, todo lo que una necesita es un poco de disciplina. Dejar que se dispare el TOC. Contabilizar el tiempo, los gastos. Mirarlo todo desde un Excel. Y en el proceso, aprender a respirar hondo.

No paran de decirme que me meto en más de lo que puedo abarcar, y, objetivamente, de aquí a diciembre es cierto. Pero de pronto siento satisfacción por las cosas que hago. Una sensación de plenitud que es muy distinta a la alegría. Estoy menos alegre, sí, pero soy más feliz.

Un otoño de agotamiento producido por un montón de obligaciones autoimpuestas, pero también tiempo de autocuidados.

Mimarse, alejarse y centrarse. No puedo vivir más que una vez, así que no me queda otra que vivirla al 150%, aunque eso acabe significando viernes de película ñoña por el cerebro frito tras el intensivo alcohólicoemocional del jueves, y sábados maratonianos de estudio.

Estar en casa, asegurar la supervivencia del nido, y dedicar todas las fuerzas a seguir construyendo. Acabada la fase de limpieza (todo lo que resta, fuera), empieza la fase de artesanía (crear cosas que duren).

Así que todo lo que no sea fácil, se queda fuera.

I'm not in love, but I'm going to fuck you till somebody better comes along.

O eso espero. No tengo tiempo, ni ganas, de más.


30.9.13

No me gusta el arte

Llevo media vida echándome en cara no poder disfrutar del arte en su faceta más técnica. Peleando con AM en el Reina Sofía. Peleando con los géneros musicales. Dejando comunicación audiovisual para poder ver a gusto películas de animadoras.

Para de pronto darme cuenta de que lo único que me importa son las historias, las emociones, los trozos de vida que se esconden detrás, y sentirme incluso un poco superior porque la capacidad de apreciar eso sobre todas las cosas, sobre un riff, sobre un brochazo, sobre un encuadre, es lo que me convierte en quien soy y lo que, espero, hará de mí una excelente Paradora de Montañas Rusas.

Hoy empiezo el cole, aunque ellos no abran hasta el 14, y soy muy feliz.

28.5.13

Rendiciones

- Sí, es un "hasta aquí hemos llegado". Un "me rindo".

Se acumulan deadlines, se suman tareas en el Google Calendar, esa herramienta imprescindible que quiero borrar de mi vida tres veces al día. Y las cosas resbalan sobre mi piel como si no existieran. Lo que hace un mes era angustioso e insuperable ahora es transparente, y todo se me olvida, y todo me da bastante igual.

Los señores que quieren enseñarme a dormir con veintiocho años de retraso lo llaman "despido mental" y hablan de una sensación extraña en la que las cosas dejan de tener sentido.

Yo no creo que hayan perdido el sentido, creo que probablemente nunca lo tuvieron.

No quiero escribir en blogs. No quiero lanzar un proyecto web. No quiero subir los ratios de interacción. No quiero que personas que ya son ricas se hagan todavía más ricas gracias a que yo me aposente bajo los filamentos asesinos de las bombillas del sitio nuevo contracturándome el psoas y aumentándome las dioptrías y enmustiándome.

- Tengo la sensación de que llevo un año en suspenso. Ya no oigo música, no leo, y, francamente, no sé qué hago en vez de eso.

Y no creo que la vida sea esto. Llámenlo inmadurez, inconformismo, o falta de principio de realidad, pero no creo que la vida tenga que ser venir hasta aquí, engañar a todo el mundo una serie de horas, chupar atasco pegada al móvil, llegar a casa y seguir sin saber qué pasa entre jornada laboral y jornada laboral para que ya no tenga hobbies.

Quiero aprender cosas. Es la primera vez en mi vida que paso tanto tiempo sin ningún tipo de formación reglada obligándome a aprender cosas que no sabía que me interesaban cada equis tiempo. Y he llegado a la conclusión de que no es sano.

Quiero reajustar mi karma. Quiero hacer todo lo que he dejado de hacer. Quiero dejar de ser parte del problema. Quiero ayudar a acabar, trocito a trocito, con esta puñetera depresión colectiva. ¿No estáis agotados de ver cómo todo el mundo a vuestro alrededor está ansioso, triste y cansado?

Quiero tener tiempo que perder. Quiero hacer cosas que no sean conscientes y planificadas. Quiero no darme cuenta de que estoy perdiendo el tiempo, no perder las horas que he programado perder. Quiero improvisar. Quiero no saber qué voy a hacer mañana, y saber mañana qué ha sido del resto del día.

Quiero que tener una familia deje de ser un horizonte lejanísimo que sigue alejándose.

Quiero tener la sensación de que se me acaban los libros que leer.

Quiero terminar la novela. Quiero formar parte de un mundo que me apasione. Quiero contribuir a crear cosas que puedan leer otros. Quiero acabar la tesis, quiero tener al menos la sensación de que voy a acabarla.

Quiero salir de aquí con la cabeza alta, sintiendo que lo intenté, lo hice bien, y no era para mí.

Quiero mirarme al espejo y reconocerme.


1.6.11

Fin de curso

De pronto, la Encantadora Sobrina habla de entregas y parques de atracciones, mi Profesor Extraordinario de juntas de evaluación, los mensajes con remitentes que incluyen psi de exámenes finales, y los eventos de Facebook de últimas sesiones.

Y tengo una vaga noción de ser estudiante, de estar terminando algo, de estar a punto de echar de menos algo que no sé ni si empecé.

Y como soy columpio, decido quedarme con el otro extremo y pensar en vacaciones, comprar videojuegos, tomar refrescos, llevar camisetas de colores y quemarme al sol.

Mejor así.

14.1.11

Pesca de red

Yo juraría que ya había hablado por aquí de esto, pero mi buscador lo niega, así que empezaré por el principio.

El principio es en el Mono, con la Chica Casi Trilingüe, antes de que se volviera holográmica y yo me cambiase de piso y abandonase el Mono salvo honrosas excepciones. Una de esas conversaciones en las que estaba pensando todo el rato que qué lista y qué sensata es esta chica. Hablábamos de una proposición a café de un profesor del que no sabía nada hacía cinco años, y a ella le parecía evidente que, en cualquier caso, había que ir. Dijo que no estábamos en un momento en el que pudiéramos pescar con caña. Que la única opción era lanzar las redes, y confiar en que algo habría dentro al recogerlas. Y que lo primero era la patata.

Verdades como puños.

Así que me paso la mañana revisando el programa del máster del Colegio de Sociólogos y Politólogos, dudando. La sobremesa, con mi Tío Creativo hablando de si tiene sentido o no hacer un máster en marketing digital o un curso de community manager, intentando explicarle por qué creo que trabajar gratis es un daño que haces a la sociedad, recordando que yo en realidad era marketiniana, y tratando de sacarle provecho a mi adicción a Farmville. La tarde, haciéndome un perfil en una especie de Facebook académico, siguiendo a algunos de mis nuevos gurús con la esperanza bastante vana de que algún día se den cuenta de que estoy allí. Escribiéndome con el Chico Samba para evaluar posibilidades bilingües de publicación de nuestro trabajo conjunto. La mañana echando CVs y apuntándome todo lo que tengo que cambiar de mis "presentaciones estratégicas". En un rato bajaré a hacer la compra e intentaré atreverme a poner en práctica mis supuestos nuevos conocimientos culinarios. Quizás incluso me apunte a un concurso nuevo de la tele. Estoy muy enfadada con el vacío que me hacen de Pasapalabra. Con lo maja que soy.

Porque no sé si soy marketiniana (y si sí, no sé si soy de comunicación o quiero ser planner 2.0, o creativa, ya que nos ponemos), si quiero currar en RRHH para hacer etnografía en condiciones (y para cambiar un poco el chip, que también mola), si quiero ser académica insigne (que probablemente sí, pero en fin. Hay que llegar. Y el camino no apetece nada), si me vale con que el correo que espero llegue y tener asegurada la supervivencia otro año, o si toda mi aspiración es ser una buena mujer florero (estar empezando a ver Mad Men no ayuda nada).

En el fondo es el momento de tirar de lecturas y hablar de yoes saturados. Soy todo eso. Y probablemente podría ser todo eso, porque el mundo es bastante indefinido. Otra cosa es que sea cierto todo el discurso de "eres libre, elige tu carrera". Así que, como no depende de mí, yo sigo echando la red. Cada vez más tupida.

Y a ver qué pasa.

3.1.11

Tesitando

Propósito #1: Hacer cada día algo que me apetezca.
Propósito #2: Ser no-fumadora en enero de 2011.

Resultado: me he encerrado en casa. Que va exactamente contra las normas de lo que me dijeron en la consulta, pero es que ya he demostrado suficiente sumisión manteniéndome fumadora los primeros días de tratamiento, con las ganas con que había apagado el último cigarro (cierto es que parece que fue un acierto. Ya no me estoy volviendo loca. Creo). Creo que me aburro, pero es mentira. Me he pegado otro intensivo de limpieza, que son un rollo pero luego quedan bonitos. Me he visto dos pelis en una noche. He jugado al Faraón hasta aburrirme. Y por fin, por fin, por fin, he empezado la tesis de verdad. No en plan llevarme libros al autobús para leer algo en los quince minutos del trayecto y sentirme productiva porque tomo notas. No. En plan psicópata total.

He empezado por el principio (insisto en que soy una desobediente) y me he ido al segundo libro que me recomendó mi Señor Director. Que es lo más. Cada página que leo me encanta. Contiene el artículo que mi padre y yo habríamos escrito a pachas si nos hubiésemos visto más cuando estábamos obsesionados con el mobbing. Entre otros. De montones de autores que no me suenan de nada. Porque no soy socióloga, señores, que no. Estaba buscando donde no era. Resulta que existen personas como yo, y se dedican a hacer Critical Management Studies, que es un poco coñazo de escribir pero mola mil.

Personitas que se parapetan en las escuelas de negocios de las Universidades para decirles a los estudiantes de MBA que mola mucho dominar el mundo pero que igual hay que pensar las cosas dos veces. Que les enseñan que existe Foucault, y que lo que dicen es performativo, y que hay una ambivalencia en las aparentemente maravillosas nuevas formas de gestión de RRHH. Que todos queremos trabajar en Google pero que igual se puede hacer mejor.

E, insisto, son unos valientes. Lo dice el señor que yo creía que quería ser: viven en el corazón de la bestia. Y eso es bonito y hace que apetezca dedicarse a esto toda la vida. Sí. Pero también complica tremendamente mis sueños lúcidos con California. Porque a santo de qué voy a irme yo a un país donde consideran que la Seguridad Social es un invento del demonio a explicarles por qué estoy tan enfadada con el mercado laboral.

[Además, el StreetView de Google es un bicho traicionero que se ha empeñado en demostrarme que ni Stanford ni Berkeley molan tanto como las pintan]

Así que he pasado unas seis horas de las últimas 24 averiguando dónde quiero vivir. Y ahora mismo, mi ganador es Cardiff. Que es un sitio del demonio donde llueve todo el rato y tienen máximas de 15º en verano. Y es Gales, ni siquiera Escocia. Así que igual he encontrado una vocación y un gurú. Probablemente odiaría que le llamase gurú, y eso mola.

Me he pasado otras tantas horas buscándole a él y a sus referentes en la maravillosa base de datos de revistas electrónicas de la UCM que no sé dónde ha estado el resto de mi vida. Jugando con Zotero.

Y luego una prueba de aptitud para un trabajo que no quiero me ha recordado que no soy tan lista como pienso. Y que necesito un plan. Y que lo necesito cuanto antes. Porque la Comunidad de Madriz me ha llamado perezosa, con todas sus convocatorias de ayudas "hasta 31 de diciembre de 2010". Y mi cuenta corriente me llama cosas feas, por encantador que sea el chico de la oficina bancaria. Y la prueba de realidad no me gusta nada en absoluto. Quiero poder creer que va a venir algún banco (lo cual es paradójico) a ofrecerme un billete a Cardiff. Y que todo va a salir bien: que no tendré que dejar el piso, que encontraré un trabajo cuando vuelva.

Ser adulto es aprender a recortar la carta a los Reyes. Así que, queridos Reyes Magos, sólo os pido una cosa: seguridad. Porque esto de pensar que lo voy a hacer todo mal y que decida lo que decida voy a perderlo todo no me convence nada. Y he sido buena, así que tomad nota.

16.9.10

Aplicaciones del marketing sensorial

El olfato es el más evocador de los sentidos. Casi todo el mundo recuerda haber dicho en algún momento una frase en sí misma tan absurda como "Huele a Navidad". En mi caso recuerdo haber dicho en pleno C.C. Los Arcos, en la esquina entre un Mango y un Zara, "huele a familia cuando era pequeña". Tiempo después me di cuenta de que esa sensación se podía nombrar simplemente como "olor a horchata". Pero para mí, la horchata era mi bisabuela, el Bazar de Oriente, y jugar al escondite con la tortuga por la terraza.

Como los marketinianos somos gente sin principios, con vocación goebbelsiana de dominación mundial a través de todo tipo de estrategias de manipulación sin menospreciar ninguna, también existe, cómo no, una corriente llamada "marketing vivencial" o "marketing sensorial", consistente en la apelación directa a los sentidos para enganchar al consumidor, ahora que todos tenemos más o menos claro que no quedan grandes argumentos racionales para comprar nada en concreto. Más allá de eslóganes tipo "el olor de tu hogar" o esos anuncios de suavizante llenos de toallas esponjosas que ahora copian descaradamente los fabricantes de papel higiénico, durante un tiempo, hará aproximadamente tres años, no paré de leer en todas las revistas de tendencias que para posicionar tu marca había que asociarla a unas sensaciones concretas, igual que se hacía a unos atributos concretos. El rojo-CocaCola. El tono de Nokia. Esas cosas.

¿Cómo se sugieren los aromas en publicidad? Muy difícilmente, claro. Porque no se puede describir un olor. Si tú me colocas una taza de café humeante en un plano detalle, yo puedo evocar olor a café, pero es francamente complicado que llegue a distinguir "el aroma de Saimaza" o similar.

Sin embargo, durante esa racha, se decía que el futuro estaba en la creación de aromas corporativos. Para unificar la experiencia del cliente en un banco, por ejemplo, utilizar el mismo ambientador en todas las sucursales. Un aroma creado específicamente (claro que sí: todo campo nuevo es un nicho de mercado que el más avispado puede explotar; y, ahora, de pronto, se podían hacer olores asociados a los valores corporativos, aunque estos ya de por sí fueran tan inefables como el entusiasmo o el trabajo en equipo. No me pregunten cómo; yo no tenía intención de estafar a nadie dedicándome a esto).

Pues el caso (puedo prometer que esta diatriba no era para Makamo) es que como a mí nada me gusta tanto (bueno sí; uso esta expresión con cierta ligereza) como una teoría sólida para justificar una superstición, he decidido autoaplicarme el marketing sensorial en un ejercicio de personal branding (ji, ji, ji - yo me entiendo), y he demostrado empíricamente que las cosas me van mejor cuando huelo a moras con frambuesas. Si el martes se enamoraban de mí en la ETT, hoy he conseguido un director de tesis que ha demostrado más entusiasmo por mi proyecto que yo misma. Que me pide que sea más ambiciosa, sí, pero que no me da la gana. Que me encanta este señor y que si consigo que alguien más se suba al carro, bien, pero que si no, voy p'alante con él. Al fin del mundo, no. Pero en esto, sin duda ninguna. Que me inspira (ideas y confianza), que me hace reír, y que quiere hacerme trabajar. Que me hace sentir valiosa. Que es exactamente lo que uno puede querer sobre todas las cosas en un director de tesis. No tengo la culpa de que los estúpidos que conceden becas prioricen los sexenios de investigación sobre la pasión que tiene alguien que empieza. Que siempre he tenido claro que entre experiencia y entusiasmo, me quedo con lo segundo.

Así que ahora sólo tengo dos problemas que resolver antes del 30 de septiembre. Un jaleo administrativo del copón bendito, y que Escada vuelva a fabricar Ibiza Hippie. Señores de Escada, si leen esto, y confío en que su departamento de marketing tenga un buen seguimiento de su posicionamiento en Internet, háganme feliz y envíenme un par de botes. Que no me parece ni medio serio que la colonia que hace que mi vida sea mejor fuese una edición limitada de hace nosénicuántosveranos. Que necesito otro bote, ya. Que tengo que encontrar un catedrático que firme, entiéndanlo.

4.9.10

Fase 2 - Financiación



La Chica Mariposa dice que no puedes quejarte porque no te van a dar una beca que no haces nada por pedir; y lo dice con toda la razón. Sin embargo, he llegado al absurdísimo punto de llorar por no ser capaz de pedir una beca, que es el puto colmo. He conseguido dar el paso de echar CVs a diestro y siniestro (lo que equivale a reconocerme a mí misma que soy capaz de asistir a una entrevista de trabajo sin panicar, y que es más de lo que podía reconocerme en junio), pero sigo sin ser capaz de tener una visión realista de mí misma haciendo una ronda de despachos, francamente.

La Chica casi Trilingüe decía el otro día que somos malos jugadores. Que en el fondo tiene mucho que ver con que no nos gusta el juego, y que ella, honestamente, se retira. El problema es que a mí el juego no me convence, pero tampoco deja de gustarme; y, desde luego, el premio me importa. Creo.

Como decía por aquí el otro día, el premio me importa pero no es desde luego lo único que me importa. Hay otras cosas que me importan bastante más y caminos más accesibles para conseguirlas. Debe de ser muy gratificante doctorarse, pero francamente no es mi prioridad número uno. Creo.

De nuevo, sólo "creo". Porque uno nunca sabe hasta qué punto es capaz de justificar una retirada por cobardía.

Odio ser tan bocazas y haber dicho a voz en grito que quería hacer una tesis, porque ahora la gente encantadora que me rodea no para de preguntarme por ella. Y es un maldito sinvivir. Hoy, le reconocía a la Mujer con Vocación de Suegra que mis principios me parecen incompatibles con mi lista de tareas. Que no me veo capaz de pedirle a alguien a quien además ni siquiera conozco que se comprometa conmigo cuando no me estoy comprometiendo a mi vez con esa persona. Que habrá quien lo haga, que, como decía ayer Mi Media Infancia, si quiero que de pronto me ingresen becas en el banco que no sé ni de qué son habrá que echarlas todas, y que se preocupen ellos por las incompatibilidades. Pero es que a mí no me parece ético.

Ética, estética, y un mal libro de jugadas, es lo que hay.

Y por debajo, la sensación de estar defraudando a todas esas personas que se interesan sinceramente por mi futuro. Una sensación enteramente autoconstruida, ya lo sé. Pero real, en cualquier caso.

A veces, una necesita escuchar que las personas que le importan se sienten orgullosas de ella precisamente cuando menos motivos está dando para que nadie pueda sentir orgullo. Y mi madre, hoy, ha estado increíble. Porque a veces es muy fácil y es bonito que alguien más se dé cuenta.

9.7.10

¿Y tú, cómo corres?

9 de julio. Viernes. 9 de julio. Viernes.

Llevo montones de horas repitiéndome que ya estamos en julio. Que iba a ser en cualquier momento. Preguntándome qué pasaría si no estaba preparada. Imaginando worst-case scenarios uno tras otro. Pero, como suele ocurrir, había uno que no estaba previsto. Y por más que me despierte a las siete de la mañana y me recuerde por qué quiero ir allí, por qué es importante lo que quiero hacer, y por qué es importante que lo haga yo, con todos mis nervios y todas mis cosquillitas en la tripa, no sirve de nada si no llaman.

Y, de momento, no lo han hecho.

Francamente, no entiendo qué puede pasar para que no sea considerada ni siquiera como opción. Salvo el hecho indiscutible de que no me conocen. Mierda. Me lo he jugado todo a una gente que no me conoce. Se me ocurren excusas, una tras otra. Peticiones de referencia sin contestar. Ese maldito 7,8 del que nadie me avisó que no sería suficiente. Quizá ya hay alguien que esté siguiendo una línea similar de investigación. Quizá están priorizando las otras áreas de estudio. Quizá no les inspira confianza que sea publicista. Quizá hay más gente en el máster de la que yo creo, y tienen prioridad.

Pero, por debajo, pienso en ese código reciente de "el candidato no cumple con los requisitos solicitados". Me planteo por una vez que es posible que me haya sobrestimado.

Me he pasado el año diciendo que no soporto las competiciones. Mentira. Lo que no soporto son las evaluaciones. No puedo con ellas. Tengo un autoconcepto peligrosamente frágil. Puedo vivir conmigo misma tal y como me intuyo, pero probablemente no tal y como soy objetivamente. Conmigo, lo de enough is enough es una gigantesca falacia.

No sé si es un recuerdo real o construido. El caso es que yo era muy pequeña y que lo único que quería hacer era ir al cole como todos esos niños que pasaban frente a mí en el parque. No, esta parte no la recuerdo, esta es recreada. El caso es que llegué al cole. Que el resto de los niños no disfrutaban lo más mínimo de estar en el cole. Que no sabían leer y que no les preocupaba en absoluto. Yo recuerdo, esto sí que lo recuerdo, que mi padre tuvo que explicarme gráficamente a qué velocidad se publicaban libros para que entendiera que no podía leérmelos todos. Pero era mi meta. Leerme todo libro publicado. Incluso creo que dije una vez que debería haber un Nobel de Literatura Infantil para que yo pudiera llevármelo escribiendo cuentos para niños. Autocrítica, la justita. Iba camino de ser una empollona, pero no de las de película americana, no tanto como paria social (que fue al fin y al cabo lo que terminó pasando), sino de las de despreciar toda inteligencia inferior a la mía o simplemente orientada a fines distintos. Yo iba a leerme toda la literatura jamás publicada y a ganar premios que no existían. Era muy buena, y lo sabía.

Un buen día, mi madre, preocupada por mi soberbia, dijo la famosa frase: "Y tú, ¿cómo corres?". Siempre he sido el pato mareado que soy hoy, tropezándome con las suelas de mis zapatos, con los pies hacia dentro, las rodillas débiles, y una capacidad psicomotriz limitadísima. Atacó donde debía. Efectivamente, el resto de los niños hacían cosas tremendamente difíciles como si no lo fueran, como si genéticamente estuviéramos preparados para correr, saltar, tener amigos y reírnos de chistes sin gracia.

No me entiendan mal. Sé que tenía que hacerlo. Ella no podía prever que yo fuera a reaccionar como lo hice, ni que fuera el inicio de mi autoexclusión. Obviamente, yo era la rara. El resto de los niños corrían, no leían, no escribían cuentos. Lo adecuado era lo otro. Todo eso para lo que yo estaba totalmente incapacitada.

Pero al menos me quedaban los libros.

Acabé mi primera novela con once años. Cuando se la dejé leer a mi madre, me dijo que si pensaba tomarme en serio lo de escribir, como mínimo tenía que mejorar los diálogos. No era fácil, eso. Yo no era muy de hablar con otra gente. Pero el consejo era bueno. Y me lo tomé a pecho; tan a pecho que diez años después, cuando acabé mi primer guión de largometraje, uno de los personajes implicados (los escritores y nuestra poco ética relación con la realidad y la privacidad) me dijo que no entendía cómo había sido capaz de escribir conversaciones en las que yo no había estado y hacerlo tan real.

Yo no sé correr. No sé bailar. No sé cocinar. Me cuesta un esfuerzo ridículo comportarme con naturalidad entre un grupo de personas. No entiendo de música, ni de cine, ni de arte, más allá de mi asistemática memoria, que se queda con nombres bastante absurdos y que obedece a un criterio estético como mínimo dudoso. Pero, joder. Estudiando, soy muy buena. No me siento muy orgullosa de ello, pero lo cierto es que necesito serlo. Porque es lo mío, porque si fuera por el resto, lo mismo daba que existiera o no.

Y, francamente, si ni siquiera soy una opción para estos señores, la pregunta es qué cojones me queda.

12.6.10

Biografías fragmentadas - Un prólogo

Mi madre me recuerda que mis prioridades cambian todo el rato. También es cierto que ayer, precisamente ayer, tuve uno de mis arranques de confesiones inoportunas y si algo quedó claro es que no es oportuno tomarme a mi madre demasiado en serio.

Pero sí, mis prioridades cambian todo el rato. Acabo de enviar por fin la solicitud de doctorado. Ya está, alea jacta est, multipliquen los tópicos cuantas veces quieran. El caso es que está. Incluyendo el trabajo. El trabajo que no es más que el principio, o que no debería ser más que eso. Ahora que está entregado, no parece gran cosa.

Cuando uno adopta la mirada correcta, las cosas parecen más sencillas. No puedo sacar conclusiones porque para sacar conclusiones necesitaría una serie de técnicas de investigación a las que no tengo acceso. Subtexto: dénme los medios para poder sacar conclusiones.

Este año he aprendido a pedir. A pedir ayuda. A pedir explicaciones. A pedir lo que haga falta. He descubierto también que doy más de lo que yo misma me creo; probablemente esa sea la causa. He aprendido a comportarme estratégicamente; y el Chico de la Marmita tiene comentarios célebres que lo demuestran. Probablemente hay que ser muy raro para tomarse a bien la frase: "eres mucho más lista de lo que pareces", pero hay que saber reconocer un halago tras los disfraces. Hay que saber valorar los disfraces, también. Y yo he aprendido a disfrazarme. Quizás lo ejerza el próximo sábado.

Fue una noche rara, ayer, de sensibilidad a flor de piel; de cismas y reunificaciones; de despedidas que fingimos que no están teniendo lugar. Queda la sensación de que sólo lloró una persona cuando tendríamos que haber llorado todas las demás. Prohibición expresa de hablar del futuro. Conflictos de prioridades. Dudas infinitas. Un chico con una camiseta de El Principito, precisamente El Principito, que parecía llevar sobre su cabeza un luminoso "Plan B".

Qué bonito sería el Plan B. Qué bonito tener varias opciones de futuro y que la gente a la que quiero estuviera en todas ellas.

El Rey del Laboratorio hablaba esta mañana de esos señores malos con sombrero que se reúnen y deciden a escondidas cómo funciona el mundo. Esos que un buen día pensaron que la estabilidad no molaba nada y se dedicaron a barajar las cartas hasta un punto en el que el juego deja de ser comprensible. Me gustaría que existiesen para poder odiarlos con toda mi energía.

Leo y escribo sobre gente que se reinventa permanentemente, y me confundo. A ratos quiero reinventarme, sí; pero, sobre todo, tengo la sensación de que me acabo de reinventar. Y de que esta historia me gusta. Que me encantan sus personajes. Los nuevos y los de siempre.

Porque es probable que hayamos elegido el peor momento posible para aprender a echarnos de menos. El peor momento posible para aprender a mirarnos como nos miramos ahora. El peor momento posible para descubrir que juntos podemos reírnos de prácticamente cualquier cosa. El peor momento posible para descubrir que soy más lista contigo que sin ti. El peor momento posible para descubrir que yo también podría ayudarte y que es posible que, con un poco más de tiempo, te dejases.

Ya está, ya he entregado. Ya estoy en camino. Y, como era de esperar, no quiero ir a ningún sitio, porque no es contigo.

28.5.10

Visiones del futuro

Siempre que al Señor de las Dudosas Iniciales se le pregunta por la tesis, lo primero que nos recuerda es que es el periodo más ciclotímico que vamos a vivir. Que nos enamoraremos de nuestro objeto de estudio y lo odiaremos un rato después; que pasaremos de sentirnos brillantes, sagaces y competentes a tener la seguridad absoluta de que nunca tendremos nada interesante que decir. Yo tendía a contestarme que en el fondo, la diferencia entre eso y vivir en mi piel es cero, así que a falta de problemas mayores, me pareció bien.

Creo que me he vuelto investigadora. A ratos tengo demasiados libros que leer para el tiempo que tengo, y a ratos me descubro a mí misma peleándome con todo tipo de buscadores para localizar las páginas finales de un artículo citado en un artículo citado en un libro citado en otro libro como si no pudiera seguir sin haberlo mirado al menos por encima. A ratos creo que se ha escrito sorprendentemente poco sobre identidad y a ratos, que hay demasiada bibliografía. A ratos creo que encontrar un libro cuya introducción viene siendo mi tema de tesis es un golpe de suerte, y unos días después estoy convencida de que ese será el motivo de mi exclusión del programa de doctorado al que quiero aspirar.

Últimamente leo mis trabajos y a veces me sorprende que todo eso venga de mí y que todas esas ideas y todos esos conceptos estén guardados y ordenados en algún punto de mi cabeza, pero otras veces me avergüenzo de lo que escribo hasta sentir tentaciones de escribir a mis profesores suplicándoles que destruyan toda evidencia de que algún día firmé esas frases.

Tiempos de cambio, todo este año ha sido un momento de cambio. Hoy le decía a Mi Media Infancia que me quedaba un bis del que probablemente es mi mejor año hasta la fecha (porque me he quejado hasta la saciedad, sí, pero también he disfrutado las cosas desde el convencimiento de que eran lo que yo quería, más allá del resultado). Pero no, no va a ser un bis. Porque si sale bien, será en otra ciudad, con otras personas, en otro ambiente, a otro nivel. Porque si sale bien, mi año próximo será como los primeros párrafos de este post, y dudaré permanentemente de mi capacidad intelectual en lugar de dudar permanentemente de mis relaciones interpersonales. En el fondo, no sé si el cambio es tal.

Pero el caso es que ya no cuento en semanas, sino en días, y son tan pocos que me gustaría no tener que dormir ni una sola hora para exprimirlos hasta dejarlos convertidos en polvo.

Porque, señores, ha sido (está siendo) increíble. Y aunque confío en que vaya a mejor, no creo que tenga derecho a exigir nada más. Un bis. Enough is enough.

23.5.10

Puzzles

El viernes pasado, celebrando el cumpleaños del Chico Escritor, tuvimos una de esas acaloradas discusiones en las que de vez en cuando te metes sin saber muy bien cómo ni por qué, si en realidad estás de acuerdo con la otra persona. Al Chico Escritor y a mí nos pasa mucho, y supongo que tiene más que ver con elegir la palabra adecuada que con una posición frente a algo, porque al final, estéticas aparte (que no es que no importen, claro que importan), tendemos a estar de acuerdo en casi todo.

En este caso, hablábamos, o eso creo yo, de las rachas. Mi torpeza fue decir que me alegraba profundamente de que a la Chica Suiza (creo que no se llamaba así, pero no me acuerdo) y a su chico les estuvieran saliendo posibilidades como setas, porque ya necesitaba un poquito de ilusión a mi alrededor. Empezamos a discutir sobre si era más importante tener salud o dinero, no sé muy bien cómo llegamos a eso, y el caso es que la salud, obviamente, es fundamental, pero de lo que yo hablaba no era de dinero, sino más bien de proyectos.

Supongo que la palabra no era ilusión, porque, tradicionalmente, de ilusiones y de entusiasmo solemos ir sobrados. Otra cosa es que nos pongamos a ello con un cierto tesón. El viernes, hablábamos de la diferencia entre ser talentoso y ser trabajador, y me temo que Picasso nos daría una buena sarta de collejas porque a nosotros tiende a venirnos la inspiración todo el rato; otra cosa es que nos pille trabajando, y, si lo hace, que nos pille trabajando en aquello para lo que nos sentimos inspirados. Ambiciosos en exceso, dispersamente atentos, llámalo X.

El caso es que hace unos años que nos compramos aquellas camisetas de "Yo sobreviví a 2007", y que la broma ha durado tanto que todavía hay gente esperando la de "Yo sobreviví a marzo de 2010". Y que estoy cansada de supervivencias y lo que quería era proyectos vitales.

De proyectos vitales, no, no andamos sobrados.

Estoy harta de leer últimamente sobre fragmentación, inseguridad, instituciones zombis, fin de la certidumbre, y "todo lo que era sólido se convierte en líquido". Está claro que son malos tiempos para los proyectos de vida, y que al final vivimos sin proyecto y tampoco pasa nada, porque, efectivamente, vivimos. Porque nos pasan cosas buenas, y tenemos la suerte de poder contarlas. Pues sí.

Pero esa ilusión de estar haciendo camino... Un camino que puede llevarte o no a donde quieres ir, pero que es un camino, y no un simple hecho aislado... Eso mola.

Y la Chica India está con su nuevo apartamento y su "residente en NYC", y el Chico Escritor ha encontrado un grupo de profesionales realmente profesionales que saben de lo que hablan, y el Chico del Entusiasmo ha vuelto al cole en todos los sentidos, y Blue está replanteándose su vida desde los cimientos, y la Chica Formal se casa y se va al fin del mundo, y para la Chica Suiza los problemas ahora están dentro del curro y no en la búsqueda de curro, y la Compi Rubia está saturada porque su escuela tiene éxito, y sí, queda gente por colocarse, pero la tendencia es ascendente.

Por mi parte, me estoy encontrando sin saber cómo lo he hecho en el lugar al que no sabía cómo se llegaba. Todas las piezas que ni siquiera sabía que ya tenía en las manos se han encajado y han construido un mapa hacia alguna parte. Un viaje para el que de pronto cuento con un reconocimiento de mi trabajo que ayuda muchísimo a creer en mi proyecto de futuro trabajo, con un sitio al que quiero ir, con una opción por la que apostar, y con una ilusión que a veces incluso supera mi enorme tendencia a la pereza.

Y con mucha, mucha gente maravillosa que está dispuesta a acompañarme en espíritu mientras empiezo a andar. Si llego o no llego y hasta dónde, ahora mismo, parece secundario. El caso es que hay una dirección; y que andamos.

8.5.10

Yéndose de las manos...

Bautizo mi semana como la del comienzo del imprisonment que debe marcar mi tónica general hasta al menos finales de mayo. Como siempre, lo hago petulantemente y olvidándome por completo de mi capacidad de autocontrol, que es entre nula y negativa. Me paso la mañana del lunes haciendo recados que, como siempre, no termino (un viaje más no significa un viaje menos, sino otro viaje más con el que antes no contabas), viendo al psicólogo después de un mes, poniendo las cosas en orden. Pero según llega la tarde y pongo un pie en la fuckultad, se acabó.

La Profesora que Parecía Perfecta decide tomar literalmente una palabra que yo puse en el guión por no encontrar la que quería usar, y nos obliga a mirar nuestro trabajo desde un paraguas barthesiano que no existía. Que Barthes mola, no seré yo quien diga lo contrario. Pero que igual si ya tengo nosécuánto trabajo acumulado en otra dirección, me da cien patadas. Salimos gruñones y pensando que igual necesitamos menos a nuestros profesores de lo que necesitamos los arranques de somosgoogleacademics que tienen los sociólogos de vez en cuando.

Y nos vamos de cervezas. La posibilidad de que El Rey del Laboratorio pueda empalmar Atocha con Moncloa suena mucho más apetecible que la de ensayar seiscientas veces la presentación de mañana. No ocurre, de acuerdo, pero ya me he planteado lo de la presentación, así que estoy tan histérica que después de hacer el amago de irme, llamo al Chico con Nombre de Poeta y le pido que me rescate. Nos marcamos un mano-a-mano de vuelta en el mismo bar, y llego a casa con los nervios ahogados en cerveza. Así son los lunes cuando uno se empeña en no salir el findesemana.

El caso es que la exposición va bien (a pesar de mi ataque de nervios y mi creencia de que pierdo la visión periférica cuando trozos de plástico se me ponen en el campo de visión y esas cosas), va tan bien que el Profesor Reporter-holic me pide el desarrollo por escrito porque "tiene ganas de leerlo", pero sobre todo va tan bien que he conseguido no tomar ni un solo ansiolítico, tomarme tres cafés, y acabar mi presentación sin desmayarme, a pesar de la reticencia de mis compañeros a no aparecer por clase. Y salgo en pleno subidón, y, claro que sí, nos vamos de cervezas. Y como estoy en pleno subidón, decido seguirle el ritmo al Chico de la Marmita de M, y le prometo una última copa que parece no llegar nunca. A las cinco y media de la mañana nos piden por favor que nos vayamos a casa, cosa que hacemos regular de obedientemente. Ataques de risa en el Hostal Nazareno, la Chica Casi Trilingüe recomponiendo el Triunvirato, purrusalda reconstituyente, y a dormir.

A dormir poco y mal. El miércoles, el Profesor que Quiero que me Adopte acaba la clase recomendándonos unas "lecturas pías" para que sustituyamos el botellón por la actividad académica, y la Chica Casi Trilingüe y yo nos miramos, descompuestas, preguntándonos por qué este señor viene precisamente los miércoles. Mi amor por el Rey del Laboratorio llega a su punto álgido cuando de su mochila no sólo sale mi carpeta, sino también mi botella de agua. Así no se puede. Estamos tan hechos polvo que alguien dice pizza y emprendemos la enésima salida que no deberíamos hacer, pasamos la tarde en Tribunal, e incluso alguna valiente se toma un par de mojitos.

Cuando llego a casa, hecha un pingajo, la Profesora que Parecía Perfecta ha suspendido su clase y el Chico con Nombre de Poeta convoca unas cañas en su casa para compensar. Y vaya si compensa. La hermana de la Chica Mariposa se marca un speech que habría tardado meses en localizar si hiciera una investigación seria. Se convierte en mi estudio de caso perfecto: hasta le pido que se venga el martes a mi presentación de Identidades en la red. Por enésima vez, el hecho de que aprenda más en las cañas que en clase parece ratificar mi irresponsabilidad, aunque la culpabilidad sigue rondándome en forma de nudo en el estómago.

Pero vuelvo a pensar en mi conflicto de prioridades, me voy a buscar a los Nazarenos a Lavapiés, tenemos otro par de conversaciones apasionantes, e incluso, tengo por fin La Conversación con el Rey del Laboratorio. Con fantásticos resultados, creo; aunque el hecho de no sentir que tengo una espada sobre mi cabeza no impide que, también, al día siguiente, vaya a buscarle y me cuele en una reunión Erasmus en la que no pinto nada; pero está él, y es suficiente.

Reunión de Erasmus de la que, por otra parte, saco otro puñado de ideas sobre legitimidad de las identidades en las redes sociales que se suma a la charla del chico del Chico Samba para cerrar en mi cabeza dos de mis trabajos finales. Así no hay manera de sentir que voy por el mal camino.

De hecho, cuando llego tardísimo a la reunión familiar, sigue faltando gente por venir, nadie me echa en cara mi aspecto lamentable de tendríaquehaberpasadoporcasa, y todo es agradable. De hecho, cuando llego a casa con buena voluntad, el Chico Samba no ha mandado el documento nuevo y no tengo sobre qué trabajar.

Y no obstante, paso los días en el calendario, veo mi planning, charlo con mi nudo estomacal, y decidimos que mañana no nos vamos a quitar el pijama ni nos vamos a despegar del ordenador, porque, aunque se nos olvide, tenemos un objetivo que cumplir al que no estamos haciendo ni pizca de caso. Y un agotamiento absoluto que no ayuda en nada. Parecemos nuevos.

1.2.10

Terror in the mind of the little orange man

Llevamos semanas jugando con el calendario. Los lunes son los nuevos jueves, los martes son los nuevos viernes... antes o después, los jueves tenían que ser los nuevos lunes, los viernes los nuevos domingos, y así.

El findesemana me ha sido vilmente arrebatado por mi antes defendida inconsciencia permanente. Ha sido un fenómeno la mar de curioso, este de preparar mi examen de mañana.

El viernes era un examen facilón. Ni siquiera un examen; como dice el profesor, "el experimento de venir todos a escribir un ensayo sobre el mismo tema a la vez". Desde mi exceso de autoconfianza, el mayor problema que tenía el experimento en cuestión era que había que escribir un ensayo A MANO. Mi letra manuscrita es una especie de expresión demoníaca de la parte de mi carácter que menos me gusta. Hoy Mi Media Infancia hablaba de grafología en su blog. A mí la grafología me parece una "ciencia" peligrosa porque, si la sigo, podemos concluir que soy una persona insegura, retorcida, complicada, encerrada en sí misma, obsesionada con el sexo, con serios problemas de relación materno-filial y una autoimagen a medio construir. Es decir: lo mismo que dicen tres años de terapia, pero en barato y sin recetas mágicas.

Con esto se pueden hacer una idea de lo que puede ser leer un examen mío. Una tortura que, afortunadamente, suele tener pocas páginas.

Leí el programa, y me quedé satisfecha con la frase de que se valoraría especialmente la capacidad de síntesis y argumentación. Voy bien de ambas cosas, así que a volar.

De pronto, me dio por caer en la cuenta de que el famoso ensayo síncrono y copresente tenía un problema adicional. El título nos lo da él. El título que él puso como ejemplo en clase era algo así como "La creación de la identidad en el contexto de la post-secularización".

Oh, mierda.

Como comentaba con Blue, hace años que no hago un examen. Terminé la carrera en febrero, pero he pasado tres años maravillosos en un centro de estudios que cree en la evaluación continua. Con lo que mi hábito de estudio se resume en: documentación-asimilación-creaciónorientadaalapráctica. Ya no sé estudiar para un examen. Ya no sé cómo reacciona uno cuando le hacen una pregunta y le pidan que demuestre lo que ha aprendido.

Y por eso, yo me había quedado tan ancha con mi estupenda asimilación de aquello de "Del individuo a la masa", que era la parte que me molaba. Pero creer que la importancia de los temas es proporcional al interés que sientes por ellos no tiene sentido en la única asignatura que no impone trabajos de "tema, formato y extensión libres pero razonables". Al intentar componer una visión global del programa, resulta que me había quedado en el 40% del temario. Ataque de pánico #1.

Esa noche, soñé que discutía con alguien sobre Sloterdijk. Nada nuevo, eso de discutir sobre autores en sueños. Un poco preocupante despertarse preguntándose quién será ese Sloterdijk. Un mucho preocupante descubrir que es uno de los autores de ese 40% que daba por asimilado. Ataque de pánico #2, con consiguiente cancelación del plan de peli, palomitas, y apoyo moral al convaleciente Chico Escritor. Afortunadamente, el Chico del Entusiasmo da grandes consejos. Entre otros, el de "lo primero que tienes que hacer ahora es tranquilizarte".

Entonces, sucedió un milagro. Una cosa así de pequeña me transportó a una dimensión espaciotemporal con textura de algodón de azúcar y olor a piruleta de corazón con regaliz rojo. Después de eso, una maratón de siete horas de estudio se hace sin que la sonrisa desaparezca de la boca. Perdonen el momento patrocinado, pero, francamente, merece la pena.

Eso sí: los milagros no duran para siempre. Hoy, tercer día del monotemático "Identidades y Creencias", he hecho dos descubrimientos. El primero, que si hubiese leído desde el principio el artículo de mi profesor que tuvo a bien dejarnos en copistería, me habría ahorrado muchas de esas siete horas. Todas las de localizar documentación accesible sobre la postura de Habermas, para empezar. Ganas de gritar. Se me congela el grito con el segundo descubrimiento.

¿Siempre he tenido todas estas fotocopias de esta asignatura en casa?

Tengo unas ganas enormes de abofetearme. He leído toneladas de libros, artículos, páginas, este cuatrimestre. ¿Cómo narices es posible que no se me haya ocurrido leerme unas fotocopias para la única asignatura de la que tengo examen?

Así que aquí estamos. A 15 horas y media del comienzo del experimento, reafirmándonos en que estudiar la religión en España es traicionar la mirada cosmopolita en un ejercicio de nacionalismo metodológico, porque si lo decimos así en vez de "el último tema se lo va a mirar su puta madre", parece que hemos aprendido algo.

En realidad, creo que he aprendido algo sobre todos estos temas. Al menos, confío en ello. Lo que desde luego he aprendido, es cómo no preparar un examen.

Así que, con los deberes hechos, aunque sea de aquella manera, me voy a dormir con El restaurante del fin del mundo, que es lo único bueno que ha pasado este findesemana, a soñar despierta con que mañana los lunes vuelvan a ser los nuevos viernes y la vida se parezca más a algo que yo sepa controlar.

18.11.09

La fuerza del grupo

Estoy en pleno proceso de cambio. En un proceso de cambio tan enorme que da miedo, da rabia, y ganas de llorar, y pataletas, e incluso un breve bosquejo de ataque de ansiedad.
Y sin embargo, bajo todo eso (quien dice bajo, dice junto a, o sobre... Tampoco es que esté la cosa muy clara), tengo una enorme ilusión y una especie de felicidad tonta, con cosquillitas en la tripa y ganas de volar.
Pregunta el Chico Escritor cuánto tiempo hacía que no hablaba con gente de mi edad, e insiste en hablar como antítesis de bailar, que es francamente lo que más hacemos nosotros (nosotros, dícese de aquello que una vez fue grupo y ahora no se sabe lo que es, pero que nos juntamos a veces).
Quizá sea simplemente eso, o quizá estoy metida de nuevo en Gran Hermano (ambos, Chico Escritor y yo, respiramos con alivio al puntualizar "un GH sin punto delictivo", porque, cuando una lo piensa, vaya cosas le han pasado). Pero el caso es que pasa. Como dice el Chico Escritor, quien diga que no tiene sentido nunca ha visto el programa. Como dice el Psicólogo, estas cosas pasan en los grupos y es la etapa más hermosa que tienen.
Y vaya si es hermosa. Vaya noche de lunes atravesando Moncloa y Argüelles y Chamberí, a paso pausado, a patadas a balón de fútbol incluso. Vaya historias y vaya ganas de abrazar mucho a alguien a quien acabas de conocer. Vaya subidón cuando puedes decirle a alguien directamente que te encanta que te coja el brazo mientras habla, porque es fantástico y con más gente así Madriz habría sido bastante menos gris.
Todo es raro, rápido, intenso. Muy rápido y demasiado intenso, en ocasiones, si consideramos de dónde vengo y dónde estoy (más noticias próximamente). Se mueve a una velocidad pasmosa y las chicas que hace tres semanas no tenían apodo ahora se convierten en puntos de referencia, a un ritmo sorprendente y trepidante y, aun así, que parece incluso sano por lo que tiene de satisfactorio.
Me siento tan feliz en algunos momentos que, como dicen en Amigas para siempre, creo que voy a explotar y repartir felicidad por todo el mundo. Y sí, digo Amigas para siempre. Porque estoy adolescente perdida, porque un grupo de jóvenes y prometedores doctorandos acabaron de botellón en Moncloa el pasado lunes, porque sueño con manifestaciones, con que otro mundo es posible, con contar cómo será ese otro mundo, y con hacerlo con ellos.
Con todos ellos.
Y con algunos ellos en particular.