Mostrando entradas con la etiqueta sociopatía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sociopatía. Mostrar todas las entradas

10.2.11

I don't love anyone - you're not listening

Hablo con mi psicólogo de mi vínculofobia, largo y tendido. Supongo que se aprovecha un poco de que le haya dejado tan en bandeja y con su papel de regalo un ejemplo perfecto para corroborar su última teoría, que viene a ser un desplazamiento horizontal del freudianismo de lo más curioso pero que, al final, funciona.

El rollo viene a ser, nada muy original: cuanto más lejos, menos daño. Porque, estadísticamente hablando, la gente que he tenido cerca ha sido tremendamente peligrosa en una inmensa mayoría de casos.

Hablo con mi Tito-Director (me parece muy estupendo usar este nick, precisamente ahora), sobre el cinismo. Lo necesario que es y lo que desgasta. Probablemente no tiene ni el menor sentido lo que decimos, porque debería ser o necesario o demoledor, pero no sirve para nada si es las dos cosas.

El caso es que pensando en la llamada a mi madre, en el ycuandoestásbienqué, en cierta capacidad de levitar recién descubierta, pienso que ser de algodón de azúcar mola mil pero ser de piedra tiene que ser la bomba.

Porque el caso es que incluso cuando nadie quiere hacerme daño me lo hacen. Si no digo que la gente sea mala (no ahora. Igual históricamente, mucha de ella, sí). Digo que tengo una capacidad descomunal de entender las cosas como no son, y de sentirme rechazada, repugnante y odiosa a la mínima. Incluso cuando hay una explicación razonable para las cosas que pasan, a mí me sigue pareciendo, navaja de Occam en mano, que es mucho más lógico pensar que era irracional pensar que quisieran pasar tiempo conmigo. Que es no tener ni puta idea de para qué sirve una navaja de Occam, probablemente.

La cuestión es que si habitualmente me agarro/agarraba a lo que mola el columpio, conforme va pasando el tiempo estoy cada vez más convencida de que no quiero ser cínica, sino psicópata; y no quiero decir barbaridades, sino ser una bárbara.

Y que quiero coger a todo el mundo e instrumentalizarlo y a tomar por culo la bicicleta.

Porque cuando floto, mola. Pero cuando duele, es jodidamente insufrible.

28.8.10

Desconexión

Después de quince días, consigo volver a conectarme en un sitio tranquilo, donde puedo fumar, con un ordenador que me entiende. Que cuando le digo "r" me sugiere cosas que me apetece leer, cuando le digo "c" me hace un huequito para que escriba. Cuando no sé qué decirle, me recuerda que tengo cosas que hacer en el banco y me propone un par de series para ver.

Sin embargo, por bien que me conozca, es Saskia, y no Ginger. Y cuando le digo "e" no me lleva al congreso de septiembre, y no sabe quién me ha escrito recientemente, y no se ha enterado de que estuve en Oporto, y etc., etc.

Por otra parte, pulso "f" y me pierdo entre todo lo que la gente ha estado haciendo las últimas dos semanas; y el Reader me advierte de que tengo más de 1000 elementos sin leer, y en mi bandeja de entrada de Hotmail hay cientos de correos indeseables (y ni rastro, claro, del deseado).

Como este año me he vuelto una pedante, en vez de agobiarme a secas, me agobio con Gergen y con Giddens. Me da un poco de miedito pensar en cómo cambian las cosas en los tres meses que hace que cambié de portátil; incluso, en cómo han cambiado en tres semanas.

Porque han cambiado, y me importa bastante poco si la gente se da cuenta o no. Yo me doy cuenta.

Todos mis planes a corto plazo son en solitario, salvo, quizás, un par de cenas. Harta, hartísima, de histeria social y de procrastinación. Me siento centrada y no quiero que nada ni nadie interfiera en todo eso. Porque hay mucho camino por andar. En varias direcciones. Y mis energías, son para mí.

19.4.10

Condescendencia moral

Suena el timbre de casa. Como no estoy esperando a nadie, no abro. Acabo de acostarme tres cuartos de ahora para ver si consigo que un poco de paz forzada me quite la bola del hombro. Pero vuelven a llamar. Pienso que igual he cerrado mal y Blue no puede entrar, así que llego a la mirilla. Un chico con un chaleco azul de Unicef y una chica hablan con mi vecina de la izquierda, en modo verborrea y con preguntas absolutamente absurdas del tipo de sinopuedescontuenemigoconfúndele.

Me vuelvo a la cama. Ya sólo me quedan cuarenta minutos y me han cortado el rollo tranquilo. Sé que estaba pensando algo precioso pero no recuerdo qué era. Tardo como cinco minutos en volver a encontrarlo. Respiro profundamente, me concentro, me vuelvo a relajar... Y vuelve a sonar el timbre.

Me levanto. Son ellos, otra vez. No sé por qué, pero abro la puerta. Creo que temo que sigan llamando el resto de mi vida si no lo hago. Somos de Unicef, ¿nos conoces? Sí, perfectamente. Chiste absurdo sobre un camión lleno de niños. Me parece que es de mal gusto. ¿Te gustan los niños? Hace poco escribía en otro sitio y comentábamos en clase que hay campañas que son trampa. Nadie está contra ser feliz y nadie está contra los niños. Así que contesto que no. Por joder. Bueno, los de los demás, ¿no? Pues no, tampoco. No me gustan los niños, en general. El tipo no mueve ni un músculo. Es el contestador de atención al cliente perfecto; he pulsado cuatro, así que contesta que tengo que entender que alguien tiene que encargarse de ellos y darles un futuro digno, como el nuestro. Me río. Lo siento, no puedo evitarlo, me río. ¿Has dicho digno? ¿En serio? Me pide que reconozca que estamos mejor que ellos (que viene a ser como preguntarme si estoy a favor de los niños) y le digo que entre estar mejor y tener esperanza de un futuro digno hay un abismo, o dos si son pequeños. Me pregunta si trabajo. Le digo que no. Me pregunta que en qué busco. Mira, tío, no quiero contarte mi vida. Pero qué hacías antes. Marketing. Ah, pues nosotros siempre buscamos gente: qué suerte has tenido, déjanos un CV y te llamamos y te explicamos. Lanzo una mirada asesina. No quiero escribir la mierda de frases simbólicamente violentas que llevas soltándome veinte minutos. No quiero convencer a la gente de que o está conmigo o es mala persona. Ni siquiera sé si quiero seguir escribiendo cosas para convencer a la gente en general. No entiendo por qué coño este tío está empeñado en rescatarme. Me dice que él es periodista y que eso sí que está mal. Sí, eso y los niños, pienso.

En algún momento de todo esto, he sido capaz de intercalar la frase de nopuedohacerningún"pequeñoesfuerzo"más, y me ha pedido 25 céntimos al día durante no sé cuánto tiempo. Creo entender que quiere que en algún momento en el futuro le dé 15 euros. Que ahorre, dice. Me dan ganas de volverme a reír, pero es que este chico no tiene sentido del humor. "Seguro que sales por ahí, no me digas que no, que te estoy viendo la cara. Son tres copillas, mujer".

Ya hemos llegado al punto que me revienta. Nadie va a venir a medir moralmente mis gastos, joder. Dono 8 "copillas" al mes a otra gente que, igual que tú, gastará el 80% de mi donación en financiar su estructura megacefálica e hipertrofiada a costa de contratar gente como tú, que considera que es mejor que los demás porque su trabajo tiene un tinte solidario.

Darle bien a una pelota de tenis no te convierte en mejor ni peor que nadie, ¿no era?

Le cierro la puerta. Han conseguido que les dé la mano, incluso. Como si tuvieran derecho. Se van mirándome por encima del hombro porque les he negado quince euros de nada, veinticinco céntimos al día durante nosécuántosdías. Y en ningún momento, en ninguno, creo que se paren a pensar en la falta de educación que es llamar cuatro veces al timbre de alguien para conseguir que te abra y decirle que podría ser buena persona si pusiera un poquito de interés. Exactamente igual que el tipo de Greenpeace del martes no podía entender que si estaba llorando a mares no era el momento de preguntarme si podía explicarle en qué puntos considero que su actuación no es todo lo coherente que pudiera.

En estos momentos odio tanto a las ONGs que me daría de baja de todas y empezaría a matar "solidarios" à la Patrick Bateman.

Y, claro está, vuelve a dolerme la espalda.

9.4.10

Afírmalo con vehemencia...

"... voces que, casi sin excepción, sonaban universitariamente dogmáticas, como si cada muchacho, en su turno estridente dentro de la conversación, estuviera resolviendo, de una vez por todas, alguna cuestión altamente polémica, una cuestión que el mundo exterior, no universitario, llevaba siglos discutiendo con gran torpeza, provocativamente o no".

"Estoy harta de ego, ego, ego. El mío y el de los demás. Estoy harta de que todo el mundo quiera llegar a alguna parte, hacer algo notable, ser alguien interesante. Es repugnante..., lo es, lo es. Me da igual lo que digan los demás".

He elegido una maravillosa semana para leer Franny y Zooey.

1.10.09

Síntomas

Pensaba que me había vuelto intolerante con las tonterías ajenas; pero no. Me he vuelto intolerante con las tonterías, en general. Tanto, que ayer me apetecía abofetear a mi psicólogo por darle vueltas y más vueltas a cosas que he hecho y que ahora parece imposible que vaya a volver a hacer.
¿Cómo puede importar algo el sufrimiento o la necesidad que se esconda detrás de una estupidez? Se trata, simplemente, de dejar de hacerla, de no perseguir a los vagos, de no solucionar los problemas de los torpes, de no preocuparse por los problemas que alguien se cree para sí con el fin de justificar una injustificable incapacidad de llevar una vida sencilla y disfrutar de ella.
Lo complicado es que todas nuestras tonterías resultan ser, con un poco de reflexión, síntomas de enfermedades. Enfermedades que hace cincuenta años no existían, por otra parte. Asquerosos frutos podridos de nuestro momento histórico.
Y así, es bastante probable que no haya una vía de escape; y el resultado final de la ecuación es una mala leche bastante espectacular que se convierte en mi sombra y a la que no le apetece gran cosa ver al resto de los seres humanos a los que a veces me permito llamar "queridas personitas".