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10.7.25

"Pago el peaje con gusto"

Hoy se cumplen tres años desde que empezó mi conversación favorita.

Una vez pensé que estaba muerta y pedí espacio y como si fuera uno de mis ficus agotados de que mi inseguridad les ahogue en agua que ni quieren ni necesitan un documento de Google se fue llenando de palabras atropelladas que se convirtieron en imágenes, la plaza de Yolanda (no de Amelia, me da igual lo que digan) y unas nubes moradas y rosas y la necesidad continuada de explicarte cada proceso mental.

"Es un hábito; como todos los hábitos, se puede dejar".

Me dediqué a ignorar concienzudamente ese chat de Whatsapp donde guardaba todo lo que quería contarte, esa fue mi versión del contacto cero: aceptar tu puerta cerrada y procurar cerrar la presa que es la mía.

Hasta que se me ha echado encima la riada. 

Y ahora está llena a rabiar de hilos que se enredan en ese ovillo infinito que pensaba que íbamos a formar para siempre, de ramas que ya no crecerán porque el ficus, el puto ficus, otra vez, se ha muerto.

5.7.25

Efemérides

3 años y 2 días de su MD, 3 años menos 1 día de la primera vez que el Niño Cascabeles se marchó tanto tiempo, 3 días entre una cosa y otra y 4 entre la primera vez que sentí que se me llevaban las vísceras y me dejaban andando como una cáscara vacía y la primera vez que sentí que quería llenar esa cáscara de sus palabras. Y luego 6, y no cinco, qué le vamos a hacer, no se me dan bien los números, hasta que empezamos a llenarla de besos.

3 años después esa cáscara vacía ni siquiera cuenta a su favor con el efecto sorpresa. Está acostumbrada al vaciado pero también se va resecando de estar cada vez menos conectada con todo lo que late. Si la miras fijamente, se resquebraja. Da mucho miedo pensar que pueda, directamente, convertirse en polvo.

Llorar puede ser una buena medida de hidratación: a falta de hialurónico, buena es el agua salada. 

Me meto en la cama con la firme intención de disfrutar del silencio, tan añorado todo el año. Mis vecinas, como siempre, montan estrépito cada quince minutos, no sea que haya un ciclo de sueño que se quede sin arruinar, hasta que me desvelo: las descargas periódicas de cortisol han convertido mi cabeza en territorio hostil.

Respiro profundamente y procuro conectar con la ira salvadora que llegó ayer en forma de audio: que la vida nunca deje de regalarme amigas capaces de enfadarse cuando yo no lo hago. Me regodeo en el agravio, reescribo mis propias palabras y vuelvo a tener, por enésima vez, la misma conversación en mi cabeza, esperando que esta vez no sea la misma.

Pero aunque sabiamente he dejado pasar la hora del café, siempre hay demasiada cafeína en mi torrente sanguíneo, y siempre hay falta de síntesis conectivas, no sé si en mi vida, pero desde luego en nuestra narrativa; y una vez más es como si hubiera alguien a cargo de garantizar la coherencia incluso si eso conlleva aplastarme en el camino. Vuelve la culpa, vuelve la compasión, vuelve la ternura, y por tanto vuelve el llanto.

"He tenido un ataque de lucidez y creo que la conversación nunca va a llegar", dijo ella; inmediatamente después entraba en otra espiral y esperaba respuestas sin que hubiera llegado siquiera la señal. Esperando ese doble check tengo otro golpe de lucidez: la quiebra de la inercia, como decía Chica Astros.

Hago un experimento y procuro volver a todo lo bueno que ha dejado el vacío para una nueva inercia, pero no lo encuentro. Me pesan en el cardias el recuento de plantones y todas las proposiciones que no hice. Las conversaciones que ya no tengo. Me envuelve, otra vez, el puto desamparo, que no me deja en paz. 

Necesito salir de mi cabeza.

Intento pensar en deudas pendientes conmigo misma, hago un intento tímido y se convierte en un plan improvisado y de pronto parece que entra aire. Será la tormenta monzónica de cada tarde, cortesía de la crisis climática; pero durante un rato, cada tarde, podemos soñar con que va a refrescar justo antes de darnos cuenta de que ahora los 40º ya no son secos sino húmedos, y seguir sudando.

Seguramente esta noche tampoco pueda dormir, pero ahora mismo ya no estoy en una terraza en un parque, temblando pese al calor; sino en un bar del centro, de madrugada, y alguien se me acerca y me dice "Vigilar y castigar, El orden del discurso, Las palabras y las cosas"; y no recuerdo cómo le llamé, y buscándolo me encuentro con que lo que escribí aquel día empezaba por "Los días malos están ahí. Existen. Se pasan". 

Y, por una vez, no estoy en 2022 ni en 2004 sino en 2010, y las cosas no eran fáciles pero sí bonitas y desde luego que daban miedo y daban risa de tan por estrenar que parecían; y aunque solo sepa contar mis duelos por ruptura en clave de tontipop y literatura suicidófila hago un esfuerzo por pensar que Elvira Sastre, aunque añore, siempre se va. 

Y a lo mejor es momento de repetir otros eneros.

29.6.25

Nuestra otra línea temporal (todo lo que ya no haremos)

Este era el verano que por fin habríamos podido planear juntos, y eso era prometedor. Nunca llegamos a hablarlo pero yo tenía una lista (siempre, para casi cualquier cosa, se puede contar con que yo tengo una lista).

Íbamos a ir a la piscina tú y yo solos, no tú a ayudarme con el Niño Cascabeles; íbamos a ir paseando a tomar helados, y a recorrer la avenida a un lado y al otro; íbamos a repasar todas las fiestas del distrito, barrio por barrio; íbamos a ver atardeceres y a echarles especias; íbamos a disfrutar de tu cuarto y del mío: íbamos a encontrar una forma de ir juntos a Granada; me ibas a enseñar por fin tu tierra porque íbamos a llevar al Niño Cascabeles a la playa, aunque incluyera el concepto de familia política y pedir favores muy complicados de pedir; íbamos a acampar en algún sitio lleno de verde, a andar por el campo, a reconocer pájaros y a aprender a orientarnos, a enseñarle al Niño Cascabeles las estrellas y a aprender yo a estar a salvo fuera de los mares de hormigón donde siempre he pensado que no puede haber serpientes.

Ahora solo quedan las serpientes (escucho sus siseos).

Pero el problema principal no es este verano (eso digo ahora; habrá que verme en cuatro semanas...), son esas coladas y esas declaraciones de la renta de todos los años venideros. Es no comprar la sandwichera de Pokémon ni colgar en tu pared la lámina del museo de Ferrowhite que por fin había localizado ni encargar que traigan de Holanda esas galletas de mantequilla de lazo. Es que nunca llegaré a seguir a tus amigos en Instagram, que siempre quise profundizar en esa conversación con la Chica Insomne, escuchar abrirse en canal a la Chica Filmoteca, que me va a seguir pareciendo entrañable cada foto de tu mejor amigo con su chica y en todas las veces recordaré eso de "no le sabe llevar como tú a mí". Es que nunca te fui a recoger a la estación ni aprendimos a lidiar con las correas ni te pregunté qué fue lo que verdaderamente pasó con aquel libro. Es no comentar contigo la cuarta temporada del cocinero de bracitos ni comparar el diseño de sonido con el del juego aquel.

Me instalo sin parar (ya, ya sé que no debo) en ese otro futuro, en el que tenía que empezar el 12 de enero con mi nota llena de promesas de un 2025 de pareja normal.

Me imagino dónde vamos a elegir ir a cenar: quizá a aquel vietnamita. Me imagino yendo a ver los almendros contigo, al teatro contigo, a conciertos contigo. Construyo recuerdos en los que somos los dos cantando a gritos, y no yo cantando sola y tú con tus amigos y luego nos encontramos. Bailamos tangos y bachatas (yo aprendo a bailar, tú a dar masajes), cenamos en el cubano, tomamos vermú en el mercado; conseguimos averiguar por fin qué es esa luz verde que se ve desde Las Tetas.

En esa línea temporal los dos nos hemos sentado delante de nuestros espejos y hemos escrito, aunque fuera de oído, nuestros respectivos manuales de instrucciones. Puedo recordar perfectamente la conversación en que nos comprometimos a hacerlo, puedo imaginarnos tomando notas y poniéndolas en común. If this, then that. Dejar de generalizar patrones y particularizarlos, ser un poco más inductivos, para variar. Dejar de intentar vernos desde fuera y empezar a sintonizarnos desde dentro. "Despertarnos tristes, pero a la vez". Desarrollar protocolos de actuación y palabras de seguridad. "Me gusta mucho esto que estamos construyendo".

"Las cosas no deberían ser así de difíciles", me han dicho muchas veces estos tres años; estoy de acuerdo, pero no creo que puedan ser de otra manera para mí. Lamentablemente necesito protocolos y necesito palabras clave y necesito mucho, mucho campo de pruebas y las personas con las que puedo llegar a conectar no son muy diferentes. 

Así que cuando pienso en esa línea temporal imagino una sucesión satisfactoria y muy relajante de patrones conocidos que nos quitan, de una vez por todas, los miedos. Un checkpoint que tiene plan B y plan C para que no nos lo saltemos; porque sin habérnoslo saltado creo que aún estarías por aquí. 

Me siento como si bordase un tapiz sobre esa cuadrícula de seguridad, y repaso la línea temporal que sí compartimos en busca de todas las cuentas que quiero dejar insertas en el dibujo, sin saltarme una; y leemos a Olalla Castro y bailamos en la cocina, porque "al final nos espera una casa sin daño", y navidades sin catástrofes, y cumpleaños que solo saben dulces, sin acidez ni acritud.

Mientras tanto, tú te preguntas qué es tuyo, qué perdiste en el camino, qué olvidaste en el baúl, y yo miro mi colección de cromos donde guardo todas las respuestas y puedo decirte exactamente dónde se te hizo el agujero en la mochila y lo que cayó por él y lo que no fuiste consciente de que ibas metiendo para compensar el peso perdido; y me pongo muy triste porque soy capaz de imaginar una vida de hamburguesas, madres y fútbol mucho más de lo que soy capaz de imaginar una vida sin ti y me cuesta mucho no pensar que si me dejaras darte esa llave y pudieras abrir esa puerta terminarías teniendo muchas ganas de compartir conmigo las vistas desde esa habitación. 

Pero has suplicado que no lo haga y aunque no vaya a saber nunca si esa súplica era o no una amenaza lo que sí sé es que me toca acatarla aunque tenga que preguntarle treinta veces al día al tarot si algo ha cambiado y cuánto falta para que pueda llegar a hacerlo.

30.10.15

El día en que cerraron nuestros veintitantos

Y nuestro bar cerró, hace tiempo que cerró.
En su momento nos dio igual y ahora también
si no fuera porque han pasado los años
y ahora han puesto un Starbucks
y nos da tanta rabia que parece nostalgia.

(...)
Y al final, si llegamos al final,
pues muy bien y después, dentro de 10 años más,
nos entrará nostalgia, que es lo que pasa siempre,
y alguien se inventará una historia diferente.

(...)
Acordarnos, lo que sea por acordarnos,
haz un esfuerzo y ayúdanos.
Siempre estabas en la barra,
haz memoria y a ver qué sacas.
(Acordarnos - Astrud)

Hoy cierra el Colonial. Cierra el bar que puso espacio a casi todas las cosas que transcurrían virtualmente en mi blog. Cierra una era. Cierra mi postadolescencia. Se cierra el círculo, aunque ahora le haya cogido un miedo atroz a esa expresión.

Y hace ya diez años, así que no tengo que esperar para sentir nostalgia, para inventar una historia diferente, para que odie pensar que habrá, en su lugar, otra cosa. Que aunque quede al lado su versión 2.0, que, como nosotros, es más adulta y más de comer que de beber (quién lo iba a decir), en Ruiz, 20 no estará esa cancela negra que me hacía sentir más alta cuando la traspasaba.

Me acuerdo infinito de pronto del Chico Escritor y me da un vértigo increíble pensar que es posible que haga más de un año que no se me pasa siquiera por la cabeza. Me da vértigo pensar que la Chica India se haya convertido en Mi Persona en estos diez años y que seis de ellos los haya pasado en Nueva York. Me da vértigo pensar en que el Oscuro Puntual pronto será escolta de mucha más gente; me da vértigo pensar que mi otro escolta personal tenga ya tres hijos. Me dan vértigo todas las familias que se formaron desde entonces.  Me da vértigo pensar cuánto tiempo hace que no sé qué ha sido de la Chica Formal, o, peor aún, de la Chica Úbeda. Me da vértigo pensar que hace diez años que me obsesioné con el Chico Hipermagnético y que aún no he superado la anulación total de mi sentido común que me genera su colonia.

¿Se sigue preguntando "dónde estabas el 11S/11M"? El 11S mi profesor de Geografía llegó tarde por primera y última vez en los doce años que estuve escolarizada en el mismo sitio. El 11M estaba convocada a mi primer cásting; fue el último, y no fui. ¿Dónde estabas tú la noche que cerraron el Colonial?

Yo estaba en casa, con un gripazo lamentable. Con la nostalgia disparada. Tomando sopa de verduras, quién me iba a decir que empezaría, de verdad, a dejar la carne. Abrazada a mi perro, quién me iba a decir que tendría perro. Llorando por una conversación de Facebook absolutamente absurda; abrazada en la virtualidad por dos familias postizas. Quién iba a decir que después de graduarnos en el santo decir sí la lección clave sería la de decir que no sin llorar después. Quién iba a decir que en una sola vida se podían tener tantas familias postizas. 

Mi vida de diez años después se parece a aquella en las cosas en que menos esperaba que lo haría. Es curioso. 

Y aunque estoy triste, también estoy tremendamente contenta. 

Vaya diez años, amigos.

20.10.14

En un mundo tan pequeño (y otros síntomas terribles de nostalgia)

"Lleva mucho abandonado, así que ya no me da vergüenza", digo. Y lo digo justo después de haber empezado a sentir esa punzada de nostalgia que me hace abrir por enésima vez ese archivo de Word que creé en 2009 como si alguna vez fuera a acabarlo, y lo digo justo mientras recuerdo por qué pasaba por aquí.

A veces pasa. Hay gente que no es gente sino Delorean, y te hace saltar en el tiempo. Y que me pregunte por la Chica Calamar y me haga sonreír y "usted tiene ojos de mujer fatal", 2001; y que sea amigo de la Atómica Melancólica y situaciones bizarras y 2004; y que sea banda sonora de uno de los escasos encuentros con la Chica Truffaut, y ¿2009? ya empieza a formar parte de su naturaleza. Pero que me hiciera echar de menos ICQ, eso sí que es sorpresa.

El otro día recibí un e-mail de un especial por los 15 años de Napster. Y me acordé de la primera canción que descargué y de esa sensación alucinante al escuchar música digital. Al pensar que una calidad de sonido como esa había llegado a mi ordenador a través del teléfono. Que ahora nos parece muy normal todo, pero, ojo. Es de locos. Y pienso en Asimov describiendo la música desde el futuro, esa cosa rústica y falta de estructura que es un cuarteto de cuerda en comparación con el techno.

Y pienso en cómo me enamoré en el año 2000, con el teclado en la mano y una falta de sueño que no paraba de acumularse y horas y horas y horas de conversación con alguien que vivía a veinte minutos de casa y que estaba enamorado de la Chica Trotamundos (y quién no, es la pregunta, cómo es posible vivir sin enamorarse de ella al menos una vez en la vida).

Y pienso en 2004, y en el día en que su blog apareció naranja, y en que aún guardo la foto, igual que guardo el CD de su amiga; y pienso en lo absurdo que es que su amiga ahora sea la prima de mi amiga y, definitivamente, el mundo es un lugar diminuto.

Y pienso en cómo hablaba de ella con frases que nunca eran mías, y en cómo el Chico Escritor se enamoró de mi lengua-collage, y en cómo esas frases me hicieron llegar hasta Realove o hasta la chica que hoy, precisamente, comentaba sobre mi coneja-ewok en Facebook; esa chica que era un misterio y también la mejor amiga del dueño de la tienda frente a mi portal, siete años después.

Porque sí, el mundo es un lugar diminuto.

28.9.13

Los 30 son los nuevos 15

No recuerdo la fecha, pero recuerdo la sensación. Recuerdo repetir la dirección una y otra vez en voz alta, hasta el punto de que cuando el Chico TDCC me dio la suya sonaba como si fuera una nana. Recuerdo la sorpresa, la cantidad de gente, el miedo, la cocina, al Chico Extraordinario sembrando el caos, a la Chica Mariposa presentándose al Rey del Laboratorio, "voy a clase con tus compañeros de piso", qué difícil es conocer gente discreta en los tiempos que corren.

Recuerdo esa fiesta y recuerdo otras muchas, bicis por el pasillo, Las Grecas, personas que pasan de ser desconocidas a ser familia en unos cuantos fines de semana. Recuerdo muchos fines de semana y muchos entresemana que también lo parecían. Recuerdo esa sensación de que aquello se parecía mucho a lo que yo esperaba de una Erasmus.

Recuerdo haber pasado del biologicismo funcionalista al postestructuralismo constructivista y de integrada a apocalíptica y recuerdo cómo me agarraron de la mano bien fuerte durante todo el camino, y así era imposible tener miedo (imposible no, pero sí era imposible no vencerlo) y eso estaba bien.

Ahora nos sentamos todos en el suelo, en colchones, y la casa parece más okupa que nunca, y no será porque no hay tenido sus momentos. Ahora que ya no es la casa de nadie es más que nunca la casa de todos, y eso es bonito y produce un poco de nostalgia anticipada (y no solo anticipada, porque todos nos encontramos describiendo esos lugares con olor a humedad donde vivimos nuestros quince y dieciséis), pero está bien.

Se va a acabar el ciclo, se está acabando el ciclo, pero el ciclo que viene nos tendrá a todos dentro. A los de antes, a los nuevos. No habrá desayunos en el Pavón, igual, pero sí que seguirá habiendo Peñalaire, y cambiaremos las promesas de rastro por domingos en Legazpi, y ya no tendremos peleas teóricas sino que nos contaremos los trabajos de campo, y antes de que me dé cuenta presumiré, orgullosa, de vuestras defensas de tesis.

Durante un tiempo quería ser como vosotros. Ahora, en realidad, lo que quiero es estar con vosotros. Dejarme hacer mimos mientras me hago bolita porque no puedo con mi vida y solo soy capaz de beber zumo de piña (el lunes se acaba el verano. El tiempo de este fin de semana es otra señal, y "la vida sin resaca es bien").

Ahora la vida Nazarena es en 3D y eso es bien. Hablamos de hacer tiramisú y agujeros de taladro y es real y anidar también es bien.

Mientras tanto, hay otro 1ºB que me empieza a parecer hogar de forma peligrosa, y habitaciones llenas de gente trabajando a las 5 de la mañana y a las 10 y media que se ríen y conspiran y se preguntan. Y un miedo a no pertenecer y fiestas a las que quieroirperono. Y las inseguridades se repiten, pero hemos aprendido, con el tiempo, a reconocernos que somos pequeños y tenemos miedo, y eso nos hace grandes y valientes.

Y ahora puedo tener conversaciones maravillosas y "siempre tienes razón" y de pronto esta sobredosis de inteligencia emocional que no sé de dónde ha venido, y hablar delante de un montón de gente casi tan lista como la Chica Lagarta y preguntar por qué no nos hacemos preguntas, nos sorprendemos y escuchamos, y pienso que me gusta mucho dónde estoy y pienso que me gusta mucho cómo he llegado hasta aquí y que me gustáis mucho, todos vosotros, porque sois parte de un camino fantabuloso.

6.9.13

Welcome back to 2004

Porque seguimos en modo nostalgia. Porque amor es que te hable la radio y nostalgia que te hablen las marquesinas. Porque hay anuncios de Nutella que recuerdan a anuncios de Sony. Porque se me sale el corazón por la boca, de pronto. Porque todo tiene interpretaciones diferentes, porque esa historia, también, no es la que era, y ahora, de golpe, siento una enorme necesidad de disculparme.

Porque vuelvo a reconocerme en cuanto dejo los 19, llego a los 20 y empiezo a callar y me regalo una dulce libertad y vivo en un mundo de sugus y plastilina y tizas de colores. Cuando todo era naranja, que decía Comandante.

Y de pronto siento una atroz nostalgia por unos meses de los que hace poco no tenía ningún recuerdo, porque la memoria selectiva es un arma cargada de futuro.

Y encontrar un sitio donde Mi Media Infancia, Chico de Ciencias y su compañera y yo podemos plantarnos en Sevilla en diez minutos de metro es justo lo que necesitaba. Y como serranitos y aunque no beba Cruzcampo tengo ganas hasta de escuchar Bersuit.

Me sorprende todo el rato la ingente cantidad de música que devoraba, culturófaga. Citar de memoria canciones que ahora no sé ni como suenan.

Me duele un poco ser tan mayor que no crea ya en el terrorismo poético, pero de pronto vuelvo a ser yo detrás de frases desgarradoramente ingenuas.

Y me doy cuenta de que hace diez años desde que me agarré al "fácil, y bonito, y ya", y que cuando no me suelto va todo bien.

28.8.13

Welcome back to 2005

Ha pasado tanto tiempo que ahora soy mayor de lo que era el Chico Escritor cuando tenía esa manía permanente de recordarme que era mayor. Y yo no me siento mayor; no, al menos, en ese sentido.

Me siento mayor que mi yo de 2004 y 2005, sí. A diferencia de mi yo de 1996-1999, mi yo de los 2000 no me convence gran cosa. Patrones, patrones, patrones. Un montón de años de gritar permanentemente "nado sin manguitos" sin tener ni puñetera idea ni de cómo se lanza uno al agua, en primer lugar.

Muera el perro, no era yo; pero no, no era feliz. Parecía feliz todo el rato porque corría sin parar. Ser feliz y ser hiperactivo se confunden con demasiada frecuencia. Si hubiera sido feliz, no tendría ningún merito haber sobrevivido a 2007.

Pero sobreviví. Y lo que es más: al sobrevivir me he ido convirtiendo en una persona de la que podía haberme enamorado en 2004. Mi vinilo de Family en una mano, mi libro forrado de periódico (para ocultar que mi foto sale en la portada) en la otra; mi camiseta grunge, mi bolsa Bartleby, mis pantalones quetambiénsonmuybien. Las sonrisas frente a lo que leo. Me habría enamorado de mí hasta las trancas. Y sigo pensando que en 2004 lo mejor que tenía era el gusto (que no el criterio, ojo).

En 2005 el Chico Escritor no paraba de repetir que éramos muy guapos, y no, no lo éramos. Al menos, yo, con perspectiva, nos veo bastante feos. Pero, a cambio, ayer no se me caía de la boca que "somos valientes". Y sí, tengo la suerte de estar rodeada de gente muy valiente.

Y el Chico Escritor está a punto de casarse, y yo de dar el enésimo giro a mi vida, y todos estos años han merecido (mucho) la pena si hemos llegado hasta aquí.

Por el camino más largo, qué duda cabe.

28.5.13

Rendiciones

- Sí, es un "hasta aquí hemos llegado". Un "me rindo".

Se acumulan deadlines, se suman tareas en el Google Calendar, esa herramienta imprescindible que quiero borrar de mi vida tres veces al día. Y las cosas resbalan sobre mi piel como si no existieran. Lo que hace un mes era angustioso e insuperable ahora es transparente, y todo se me olvida, y todo me da bastante igual.

Los señores que quieren enseñarme a dormir con veintiocho años de retraso lo llaman "despido mental" y hablan de una sensación extraña en la que las cosas dejan de tener sentido.

Yo no creo que hayan perdido el sentido, creo que probablemente nunca lo tuvieron.

No quiero escribir en blogs. No quiero lanzar un proyecto web. No quiero subir los ratios de interacción. No quiero que personas que ya son ricas se hagan todavía más ricas gracias a que yo me aposente bajo los filamentos asesinos de las bombillas del sitio nuevo contracturándome el psoas y aumentándome las dioptrías y enmustiándome.

- Tengo la sensación de que llevo un año en suspenso. Ya no oigo música, no leo, y, francamente, no sé qué hago en vez de eso.

Y no creo que la vida sea esto. Llámenlo inmadurez, inconformismo, o falta de principio de realidad, pero no creo que la vida tenga que ser venir hasta aquí, engañar a todo el mundo una serie de horas, chupar atasco pegada al móvil, llegar a casa y seguir sin saber qué pasa entre jornada laboral y jornada laboral para que ya no tenga hobbies.

Quiero aprender cosas. Es la primera vez en mi vida que paso tanto tiempo sin ningún tipo de formación reglada obligándome a aprender cosas que no sabía que me interesaban cada equis tiempo. Y he llegado a la conclusión de que no es sano.

Quiero reajustar mi karma. Quiero hacer todo lo que he dejado de hacer. Quiero dejar de ser parte del problema. Quiero ayudar a acabar, trocito a trocito, con esta puñetera depresión colectiva. ¿No estáis agotados de ver cómo todo el mundo a vuestro alrededor está ansioso, triste y cansado?

Quiero tener tiempo que perder. Quiero hacer cosas que no sean conscientes y planificadas. Quiero no darme cuenta de que estoy perdiendo el tiempo, no perder las horas que he programado perder. Quiero improvisar. Quiero no saber qué voy a hacer mañana, y saber mañana qué ha sido del resto del día.

Quiero que tener una familia deje de ser un horizonte lejanísimo que sigue alejándose.

Quiero tener la sensación de que se me acaban los libros que leer.

Quiero terminar la novela. Quiero formar parte de un mundo que me apasione. Quiero contribuir a crear cosas que puedan leer otros. Quiero acabar la tesis, quiero tener al menos la sensación de que voy a acabarla.

Quiero salir de aquí con la cabeza alta, sintiendo que lo intenté, lo hice bien, y no era para mí.

Quiero mirarme al espejo y reconocerme.


9.7.11

Anidamiento (otra vez)

Ayer, el Chico de Ciencias nos contaba que la causa de muerte más frecuente entre las mujeres españolas de entre 30 y 35 años es el suicidio. "Más que accidentes de coche. Más que cáncer."
Y no hay campañas en la tele contra el suicidio, por todos esos motivos que ya nos dio Durkheim y por alguno nuevo que seguro que se han inventado en Autocontrol.

La conclusión evidente es que el reloj biológico es una cosa mala, así que entré en bucle hablando de mi pequeño Nietzsche. No me pregunten por qué, ahora mismo me veo montando en bici arrastrando a mi pequeño westie conmigo para llegar a un piso vacío con balcones con macetas.

En la práctica, soy pobre como las ratas, no tengo una rutina que me permita responsabilizarme de un perro, y las plantas se me dan de puta pena. Es lo que hay.

Blue tiene planes de futuro y yo me estoy enfrentando demasiado estos días a mis ex-planes de futuro. Mis vidas pasadas me miran a los ojos y me preguntan si me acuerdo, y el SEO puede ser tu peor enemigo cuando te da por buscar párrafos del señor Amat.

No habrá Plaza Elíptica, ni Candela; no habrá París, ni tesis; no soy ya la Lolita de nadie.

Argumento que me faltan cosas por llorar pero ni siquiera sé si es cierto.

Sólo sé que echo de menos todo lo que pudo ser y no fue, y que ni siquiera sé si desde aquí hay nada que pueda hacer por evitarlo, aparte de angustiarme con ventas a plazos.

Así que habrá que cerrar los ojos y subir la música.

Y olvidarme de hasta qué punto repito mis actos y mis palabras y no pensar ni siquiera que tú no eres él. Porque eso ya sería pensar en ti.

17.4.11

Nostalgias diminutas

Hay cosas que, sin ser olores, aparecen en forma de estímulos irrelevantes y se convierten en llaves de delorean. La luz de las farolas contra el anochecer de los viernes por la noche, cuando aún es temprano, y el ruido de niños que salen a cenar con sus padres. El prólogo de findesemana. Cuando ir a los comerciales y tomar tapas en aquel bar que parecía un barco (a mí me lo parecía) era como darse un capricho, lo que visto en perspectiva es triste y entrañable al mismo tiempo.
La enfermedad que uno decide pasarse en la cama. Que habla de días y días de videoclub, "te he traído"... y ese color azul gastado de los folios que cubrían las carátulas de los VHS. Cuántos fines de semana alquilando, sistemáticamente, Inocencia interrumpida, Lolita y Los amantes del Círculo Polar, "supongo que sabes que a estas alturas hace tiempo que te había compensado comprarlas". Alquilar videojuegos y pasarse las noches medio delirando con la consola para pasárselos antes de devolverlos.
Me parece terrible pensar lo vieja que me siento y la cantidad de años que me quedan para ser realmente vieja.

9.12.10

Familia (una de tantas)

Llego tarde, como siempre. Es inevitable. Y de verdad que esta vez lo había intentado con fuerzas. Pero no, llego mis diez minutos tarde de rigor, con el agravante de que es uno de esos días en los que las casualidades han conseguido que todos los demás lleguen cerca de quince minutos pronto (los que menos), con lo que subjetivamente llego vergonzosamente tarde, que es una de las últimas cosas que deberían pasar.

Hace doce años que no veo a esa rama de la familia. Por aquel entonces, se celebraban bodas en Córdoba como si fuese una epidemia. Y había que pasar el fin de semana, y olía a biberones derretidos, y yo odiaba esa ciudad por algún motivo irracional y, en parte, por las palomas, las mismas que no me molestaban en Sevilla y me desquiciaban allí.

Pero, sobre todo, odiaba esa ciudad porque era donde nos juntábamos todos y teníamos que vernos y yo tenía entre doce y catorce años y todo en general era espantoso. Las bodas familiares iban en una categoría aparte que rondaba la tortura del enésimo infierno.

Recuerdo a mi madre llorando, muerta de la vergüenza, echando en cara recomendaciones para internados no tenidas en cuenta. La sensación de que en realidad no me gustaba provocar todo aquello pero que era absolutamente imposible evitarlo.

Y doce años después, sólo de pensar en "las primas" me daban temblores. He interiorizado la vergüenza ajena que provocaba. Me muero de la vergüenza yo.

Me quito el abrigo subiendo las escaleras para que nadie vea que no he tenido tiempo de llevarlo al tinte. Lo doblo tres veces porque me da miedo que se vea el agujero del forro. Intento respirar hondo pero no me sale. No he tenido tiempo de maquillarme y después de la semana pasada me parece que en cualquier momento mis ojeras se harán más fuertes que yo y saldrán por debajo de la cara de al-menos-hoy-he-dormido para devolverme mi aspecto de chica enfermiza y melancólica que resulta ser agresiva y destructiva con una fuerza que no se sabe de dónde le sale.

Y es odioso cuando te pareces a la peor versión de ti mismo.

Pero de alguna forma que me resulta incomprensible, lo que se oye alrededor es: "es increíble lo lista que es y lo preparada que está"; me hablan de educar hijos adolescentes, precisamente a mí, como si pudiera dar consejos en ese aspecto. Y el caso es que los doy. Me hablan de tú a tú, de persona-que-hace-de-las-vidas-ajenas-infiernos a persona-que-hace-de-las-vidas-ajenas-infiernos. Y entiendo muchas cosas. Y sólo acierto a decir: "al menos sabes lo que le pasa. Que no sirve para nada, que tendrá que aprender ella sola. Pero por lo menos la entiendes, y seguro que algo lo nota; y eso cuenta". Probablemente no sea mal comentario, pienso después de oírme.

Sonreímos, todos, bastantes. Somos agradables, todos, unos con otros. Sin que se note más que la buena intención esa falsedad pegajosa y navideña que suele acompañar semejantes reencuentros familiares. Se está bien, a secas.

Olvido las susceptibilidades y me voy a comprar un abrigo con el que pueda anular mi nerviosismo de camino al restaurante. Y me siento viejita, de pronto. No me gustaba nada la persona que era con catorce años, pero qué lejos queda, cómo se nota. Incluso aunque nadie hubiera hablado de nietos en bucle.

Unos días después, uno de esos sitios que te hace sentir friki cuando haces login me manda un mail hablando de coincidencias genealógicas con otro árbol. Precisamente, en esa rama de la familia. Me supone una alegría tonta, tontísima. Me devuelve, otra vez, a los doce; cuando simultáneamente a la explosión de bodas cordobesas, me encargaban en el colegio averiguar el origen de mi familia.

El carácter, no; pero la curiosidad, molaba. Mola. En realidad, no es tan distinto ser viejo de ser pequeño, supongo. O eso espero.

10.10.10

Soy una avariciosa. Me he quedado hasta tus perchas. Me las llevaré, claro. A estas alturas, no voy a tirarlas. También.

Sí que he tirado un par de las muestras que tenía de cuando no me escuchabas. Qué quieres que te diga, prefiero recordarte cuando sí lo hacías, aunque sea sin soporte material.

La última vez sólo se vació una cómoda, la mitad de un armario. No parecía tan apabullante. Aunque en realidad lo era. No sé, de aquellos meses tiendo a tener recuerdos difusos.

El caso es que creo que me va a sentar bien un sitio donde no haya agujeros que recuerden tus fotografías.

Las mudanzas son fracasos, ya lo dije. Que en el fondo tiene un cierto toque de happy end, que a su manera ha sido a mejor, sí. Pero fracaso, al fondo, no obstante.

Qué pena tan grande que no fueras tú. Ni aquí.

5.10.10

"En época de tempestades, no hacer mudanza"

Mi madre, que últimamente está que se sale, me trajo ayer dos muestras materiales de empatía: unos moldes de galletas para mi nueva casa con horno y una fotocopia de una octavilla de un consorcio homeopático titulada "20 claves para vivir sin ansiedad". La décima dice: "No complicarse más la vida. Ahora no es buen momento para dejar de fumar, hacer mudanza o cambiar de trabajo". No me digas.

Tengo unas ganas bárbaras de salir de esta casa, pero en el fondo da igual. Una mudanza siempre es triste.

Ayer mi tía estuvo tremendamente desafortunada, y además de su "no puedes agarrarte al aire, lo primero es la seguridad económica, y tienes que trabajar", ignorando todas mis explicaciones sobre garantías de subsistencia hasta el fin del curso escolar, puso una de las mayores caras de lástima que he visto cuando le dije que me mudaba a Lavapiés. Joder, tampoco es para tanto. De hecho, aunque nunca lo hubiera pensado hace un año, ahora hasta me apetece estar en Lavapiés. Aparte de por los motivos evidentes, digo. Y tengo muchas ganas de ver cómo queda el piso pintado, y tengo ganas de ver un árbol por la ventana del salón en lugar de una pared espantosa. Y tengo ganas de darme un súper baño en esa pedazo de bañera azul. Y tengo ganas de redecorar-mi-vida; de verme en un sitio distinto y tener excusa para crear rutinas distintas.

Pero aun así, embalar es triste. Porque no queda más remedio que mirar a la cara a las cosas que acumulas. Saber que nunca alcanzarás el Nirvana porque eres incapaz de desprenderte de las cosas a las que les has puesto nombre (y soy bastante ligera de cascos poniendo nombres). Asumir que la violeta está muerta, y tirarla. Reconocer que no tienes edad de jugar con peluches ni de guardar peluches para la siguiente generación, y elegir. Y yo, ñoña donde las haya y con sobredosis de Disney a mis espaldas, no puedo soportar mirar a los ojos de fieltro de un muñeco de peluche y desprenderme de él. Que nos conocemos, y ya tengo un hipopótamo llamado Trauma que viene a suplir uno que tiré con siete años...

Coger tu armario y dividirlo entre lo que fuiste, lo que eres, lo que podrías haber sido y lo que quieres ser, y cargarte dos de las cuatro categorías como si no fuesen parte de ti mismo, cuando, aun muertas, lo son. Identidades narrativas, y tal. Soy mi historia y mi casi-historia. Lo que fui y lo que aspiro a ser. Pero hay que elegir, y recordar en lugar de retener. 

Y ya ni siquiera es eso. Antes de tener idea de qué había puesto en el montón de paratirar, me sentía como si me estuviera desprendiendo de algo importante. Mudarse implica que te has vuelto a equivocar, que esa casa no era para ti. No sé cuántas veces me ha cambiado la vida desde que vivo en esta casa. Recuerdo el espíritu con el que entré, y me sorprende compararlo con el espíritu con el que me voy. Es como si hubiera retrocedido cinco años, en lugar de haber crecido dos.

Y todo eso me da una pena infinita.

Qué ganas de noviembre, leches.

1.4.10

She came in through the bathroom window

Cada vez que la veo, está más guapa. Es más: está radiante. Sonríe mejor. Le brillan los ojos de otra manera. Probablemente, viéndonos ahora, nadie pensaría que éramos como fuimos en 2004. Creo que ella es mucho más divertida ahora, con su medio nombre en la boca, con su cara de traviesa, con sus ganas de hacer más que de mirar.

Yo seguramente también sea muchomásalgo, pero no sé qué, y tampoco es el caso.

Nunca me pareció que fuese tan alta.

25.3.10

Estar o no estar, esa es la cuestión


Que igual es que estamos más tontos de la cuenta, que también. El Chico Escritor se pregunta qué hace mal, y yo me convenzo de que forma parte de la naturaleza humana y de esto que venimos a llamar postmodernidad el hecho de que la gente, siempre, se marcha.

En realidad sé que es mentira. Que la Chica de las Sonrisas y yo hemos instaurado cenas semanales, que Mi Media Infancia, precisamente, vuelve; que aunque haya cancelado lo de Granada, la Chica Trotamundos está ahí. Y que mucha gente, gracias a eso llamado 2.0, está más cerca de lo que estuvo, a veces; aunque estoy de acuerdo con el Chico Collage en que las caricias son irremplazables.

Y no sólo las caricias; aunque le niegue, tiene razón en lo demás. Las dinámicas son importantes. Los días, los bares, los conciertos y festivales, los huecos de la nevera y la forma de llenar un armario, las cosas que se ven en televisión y las conversaciones que se tienen cuando se comparte una rutina.

Y tengo la sensación de que no me cabe más nostalgia dentro, que no tengo hueco para toda la gente a la que voy a tener que empezar a echar de menos enseguida.

Así que condiciono mi Semana Santa a los abandonos (aunque insisto en que abandono es una palabra muy fea y no se ajusta), e incluso doy pasos de gigante diciendo cosas como "Quiero que te quedes aquí, conmigo". Yo, señoras y señores, he saltado por encima de mi cinismo y mis malas experiencias y he dicho sin ninguna legitimidad noquieroquetevayas.

Y es que, en realidad, vamos aprendiendo. Aunque sea a palos.

28.2.10

Balance de una semana de rentreé

La vuelta al cole tiene sus cosas. Sus cosas buenas, malas, y regulares. Pero sobre todo, tiene un ritmo propio. Y últimamente no manejo bien los ritmos, las cosas como son, así que me he pasado la semana dando tumbos, haciendo amagos, y esperando un ratito de paz, de aterrizaje. Que creo que será el lunes. O igual tampoco.

Empiezo la semana de rentrée con algo que igual tendría que haber hecho antes: acompañando al Chico Escritor al rodaje de Sé lo que hicisteis. Cámaras, realizadores, gente en vaqueros, probablemente becarios precarios, sí, pero comunicólogos con trabajo, que los hay. De hecho, llevo el CV de Blue, aunque al final no tengo muy claro a quién dárselo ni cómo para que no acabe en la basura. En fin, todo lo que es relevante e incluso verdad ya lo ha contado él, así que para qué (si incluso incluye comentarios halagadores hacia mi persona). Un breve inciso para añadir que un día en el que se te caen dos mitos sexuales no puede ser del todo bueno (y el tiempo meteorológico me daba la razón), pero no obstante, fue muy divertido.

No tanto como la vuelta en sí. Porque, madre mia, que cuatrimestre nos espera. PAra abrir boca, la primera clase del martes corre a cargo de una mujer que viene recomendada nada menos que por la Chica Teatrera, pero que se convierte automáticamente en la Profesora Turrón, nombre de su perro, cuyas hazañas nos vemos por duplicado en YouTube (enlazaría, pero ya he aprendido que así es como la gente te encuentra, y no me parece una buena idea) antes de pasar al discurso de Steve Jobs en Stanford que encandiló a mi ex-rectora y del que se pasó hablando toda mi graduación. Las bocas se van abriendo. Yo igual es que he empezado el día con buen pie, pero considero que nos está dando una clase metafórica sobre qué es la web semántica. Positiva que puedo llegar a ser después de una comida fantástica con las niñas en el HD (probablemente el vino blanco onubense primero y argentino después también estuviera ayudando un poco).

Después, sin embargo, el Profesor Que Se Parece A Mi Ex-Suegro lo estropea. Empieza con una declaración de intenciones en forma de lista de asistencia, y se marca dos horas y media de clase buscando fractales en los planos de Ozu que yo, que al fin y al cabo sigo en estado de oyente, le habría agradecido que se reservase para el siguiente martes. Porque para cuando llego a Alonso Martínez, están cayendo chuzos de punta, y la Chica de las Sonrisas y yo llegamos empapadas al concierto-sorpresa al que habíamos quedado en ir. Empapadas y tardísimo, aunque nos dan bastante igual las dos cosas (tampoco es que fuesen a empezar a su hora y a estas alturas ya hemos visto que cuanto más frío coge uno, menos posibilidades hay de ponerse enfermo). Tomamos tercios a su ritmo, por lo que al poco rato estamos muertas de la risa, y parecemos unas chicas distintas a las que cenan en el Yupi los lunes, venga a hablar de cosas raras y bonitas como si no fueramos cínicas y tontas por debajo de todo lo que nos empeñamos en creer. Llamadas a la una y media de la mañana contando los brotes esquizoides del Profesor Que Se Parece a Mi Ex-Suegro, pero comentarios de "no me va a dar tiempo a conocerle". En el fondo, somos lo que somos; y somos eso que se reencuentra una vez a la semana en una noche que siempre mola. Creo que la echo muchísimo de menos, en general. Las cosas son distintas cuando ella las va comentando en tiempo real. Los ataques de entusiasmo de ahora son fantásticos, también, a su manera, pero es la rutina lo que realmente necesitaría ahora de ella para sentirme un poco menos perdida.

Que no es que la nueva rutina no mole. El miércoles, me presentaron ante el Profesor Patata (que no tuvo mejor idea que ponernos por parejas para que presentásemos a la otra persona) como "el motor extra-académico del máster". Me mola ser el motor extra-académico. Me mola resistir en la banca izquierda aunque, como dice el Profesor que Quiero que me Adopte, estemos dando clase en un búnker postnuclear en el que hace un frío de mil demonios, la acústica es un castigo, y la instalación eléctrica la hace el Chico con Nombre de Plaza antes de empezar las clases. Me mola no ser sólo extra-académica, me mola ser quien le da a la Profesora Perfecta el material para proyectar. Incluso, me mola fantasear con ir de oyente a las clases del Profesor Que Mira a La Puerta (porque ir de verdad, no, gracias). Y, aunque a las cuatro de la tarde grite lo contrario y lo compare con meterme astillas de bambú bajo las uñas, me gusta el Seminario que me roba una tarde de viernes sí y otra no.

Y, por supuesto, me chifla que cuando volvemos de la clase infame del Profesor Que Mira a La Puerta no tenga tiempo de encontrar un bar en Moncloa en el que no echen el fútbol antes de que llame la Chica Mariposa diciendo que están todos ahí o al menos a punto de llegar, me mola sentirme teen en un falso techo de Moncloa bebiendo minis de cerveza a dos euros y medio y comentando vídeos espantosos de YouTube, y me mola salir del seminario y pasar a Lavapiés a firmar la segunda hoja de asistencia. Mola rodearte de gente asqurosamente brillante, mola recordar por qué molaba el Chico Extraordinario después de una hora de conversación de las de antes, mola que sus amigos comunicólogos tengan vocación psicoanalista y que el Chico de Reyes juegue a MafiaWars, y molan las conversaciones telepáticas con el Rey del Laboratorio, y mola comentar las conversaciones no-telepáticas del otro lado de la pared, y mola perderle el miedo al agujero negro de Dos Hermanas.

Pero a veces tengo la sensación de que debería estar en algún otro sitio, con alguna otra gente, haciendo alguna otra cosa.

Como por ejemplo, saber leer las convocatorias de becas y construir en firme una vida en el extranjero que no sea una puta utopía. Para variar.

5.2.10

He añadido más cosas a la bolsa que tengo que darte. He borrado tu rastro de la margarita de la entrada. Cada vez un poco más lejos.
Cada vez te echo un poco más de menos. Estoy deseando que se acabe la nostalgia para poder volver a verte, echarnos unas risas, hablar de la vida a partir de ahora. Pero se hace largo, ¿sabes?
Cuando se acaba el escándalo, detrás de todo, queda tu hueco.

12.1.10

Revisionismo

And the hardest part was letting go, not taking part was the hardest part. And the strangest thing was waiting for that bell to ring. It was the strangest start. I could feel it go down, bittersweet, I could taste in my mouth silver lining the cloud (Coldplay - The hardest part)

Es probable que algún día el mundo entero quepa en nuestra Wii y estamos todos de acuerdo en que la tecnología ha progresado hasta un punto casi cienciaficcional, pero eso no quita que el mejor videojuego de la historia sea aquel primer Zelda que se jugaba en la Nintendo básica y cuyo héroe era un amasijo pixelado.

Yo empecé el blog anterior a este en noviembre de 2003. En aquel momento, estaba enamorada hasta las trancas de la Atómica Melancólica y necesitaba un sitio donde hablar de ella continuamente. Pero en aquel momento, también, siempre llevaba tiza en el bolso; en aquel momento, hablábamos como si nos estuvieran enfocando; en aquel momento, toda nuca era un plano de Godard; en aquel momento, nos cortábamos el pelo en pleno concierto de Adam Green teloneando a B&S; en aquel momento, escuchábamos a B&S y escuchábamos a Astrud; en aquel momento, también, escuchaba Desechos y los citaba al principio de mi trabajo final de curso; en aquel momento, íbamos al Reina Sofía los domingos y nos enfadábamos muchísimo, yo con el arte contemporáneo y ella conmigo, que me llamaba punki tomareña (todo tomareño tiene un punto punk, y siempre lo saca en el momento menos oportuno); en aquel momento daba igual que ella estuviera o no estuviera, porque vivía para contárselo, y, así, vivía todo tipo de intrascendencias de manera novelesca.

El Chico Escritor dice que va siendo hora de separarnos de la literatura, y tiene razón. Pero me gustaría que mi versión 7.1 incluyese más cosas de entonces.

Porque entonces, claro está, yo me caía mal. Como de costumbre. Si no me hubiese caído mal, habrían pasado otro tipo de cosas. Mails que no mandé, llamadas que no hice, acciones que omití. Si no me hubiera caído tan mal, quizá, ahora escribiría esto mientras ella me mira desde el sofá (omitan, por favor, el criterio de verosimilitud. Me gusta pensarlo. Y punto. No me quiten eso). Quizá la habría mantenido, quizá me habría sentido digna de que me pasara todo aquello.

Pero el caso es que, con el tiempo, creo que era bastante digna de que me pasara todo aquello. Y creo que si ahora me encontrase en un viaje temporal con mi versión 2003-2004, me gustaría muy mucho.

Si la versión 2003-2004 no hubiera sido relegada al almacén, no habrían pasado muchas otras cosas. No habría habido noches surrealistas, ni ocasión de que alguien gritara mi nombre un millón de veces. No me sentiría Sam Cassell. No podría decir "y lo que yo sé de bares, qué". No habría habido rosas naranjas, no habría habido viernes a las tres. No habría habido Chica de las Sonrisas, ni Chico Pez, ni, mucho menos, Chico Cósmico. Me faltarían toneladas de las cosas en las que ahora me apuntalo. No lo niego.

Pero me gustaría mirarme a aquella cara y decirme el típico-tópico "no cambies nunca". Me gustaría darme el empujoncito para que las presentaciones de Susan George hubiesen sido tónica habitual. Para haber ido a más conciertos sólo para llamar a alguien cuando suena "Revolución". Para haber sido un poco más sincera conmigo misma.

La inmensa mayoría de aquello es irrecuperable. Me he acostumbrado a estar en desacuerdo con casi todo, y ahora es difícil creer en algo a pies juntillas, no rebatir, no discutir. Me he acostumbrado a sonreír cuando veo a la gente que hace lo que yo quería hacer entonces, en vez de intentar hacerlo. Pero algunas cosas, quizá las menores, quizá no, siguen ahí. Sólo hay que cogerlas y seguir andando. Y todo será distinto de como habría sido si se tratase de continuismo. Pero el revisionismo tampoco está mal. Y creo que tengo que sacar del armario a aquella chica. Tomarnos unas cervezas y aprender de ella.

Propósito ene para 2010.

24.12.09

Bitter home

Me he dado cuenta de que no soy la única que no quiere llegar a casa. No sé si me consuela o me duele. El caso es que al final me quedo despierta pensando en darle el regalo navideño (qué narices le regalas a alguien a quien acabas de joder tantísimo) y sintiéndome bastante tonta y bastante absurda.
Ojalá, simplemente, las cosas no tuvieran que ser así. Pero no. Shit happens. Y lo que no es shit, también.
Hoy decía mi Tía Sevillana que vivir da mucho miedo en general, y que hay que estar preparado para reconvertirse una y mil veces. Me daba ejemplo de gente con una inercia mucho mayor que la mía. Y yo no digo que no tenga razón. Digo que tengo muchos ratos buenos, incluso buenísimos, que pasan cosas todo el rato, que consigo que me desborden los acontecimientos y mirarlo todo con una sonrisa (e incluso con una perspectiva robada a un sociólogo al que ni siquiera he leído). Pero que cuando uno frena, lo que queda es una pena enorme, una nostalgia gigantesca, un miedo exacerbado. (Lo cual explica, por otra parte, por qué frenaryenfocar es un mantra muy poco eficaz estos días).
El Chico Escritor ofrecía soluciones alternativas para las carencias afectivas y creo que me estoy agarrando a todas. Me vuelvo una chica de llamar y una chica de abrazar y reparto abrazos a gente que me conoce hace 25 años y flipa un poco cuando la achucho, pero y qué.
Necesito abrazos en cantidades industriales, lo cual explica por qué tengo miedo a dormir contigo, por qué vale cualquier cosa que me saque de esa situación con la que, en comparación, las situaciones objetivamente peligrosas se vuelven inofensivas, explicables, aprehensibles.
Pero en fin. Ahora sí que se acaba. Y ahora hay que recoger los trozos y deconstruir. Habrá que ponerse en marcha, aunque no tengamos nada remotamente parecido a un manual de instrucciones y acabemos sustituyéndolo por las encuestas...