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22.9.10

Subsconsciente sestero

Me he levantado de la siesta muerta de hambre, así que he ido a hacerme una de esas meriendas infantiles y reconstituyentes que molan tanto (pan de leche con chocolate), pero no había forma humana de meter el chocolate en el bollo, así que he acabado metiendo la carne de mi pulgar izquierdo. No sé en qué momento me pareció más fácil deshuesarme un pulgar que coger un cuchillo normal y corriente.

Lo peor es que al enterarse mi madre, en lugar de preocuparse, o quizá por la preocupación, me ha dado una paliza de aúpa. Mientras yo lloraba bajo una nube de pellizcos que servía de epílogo, sólo podía pensar "ya no tengo edad de que me hagan estas cosas"; como si alguien tuviera edad, alguna vez, de que se le hicieran estas cosas.

He terminado hecha bolita en un balcón, mirando a la piscina y pensando si lanzarme a ella, incluso sabiendo que estaba en un séptimo, con tal de dejar de sentir la rabia corriéndome por dentro.

Y todo esto, en 10 minutos, de 18.30 a 18.40, entre repeticiones del despertador, para que luego la Chica India se queje de la dentera de su subconsciente. No sé ni para qué me he echado la siesta con el mal cuerpo que se me ha quedado.

Al menos, parece que tenemos piso, o promesa de, que algo es.

2.9.10

Autonirianálisis

Desde que me he vuelto psicoanalítica (y aunque me avergüence reconocerlo, la relectura de este libro tiene mucho que ver), me ha dado por prestar atención a lo que sueño. Como suele ocurrir (ya saben que Murphy no descansa nunca), he empezado a olvidar las cosas que sueño inmediatamente, cosa que en mí siempre ha sido rara. A pesar de mi chute de citas sobre el mundo onírico made in Benjamin, me falta conocimiento psicológico para decir con una cierta autoridad que estoy intentando explicarle a mi inconsciente que en el despertar debe hacer el puñetero favor de ponerse de acuerdo con el consciente para encontrar un punto medio revelador, pero bueno, por ahí van los tiros.

El caso es que hoy he amanecido a las mil, por primera vez desde que me fui de vacaciones, a pesar de haber estado desde que sonó el despertador (que yo recordaba haber apagado) reproduciendo y continuando una pesadilla de lo más extraña, que incluye la incorporación de miedos ajenos, la preocupante constatación de que mi subconsciente no sabe que he tenido una prima hace un año y medio y la confunde con otros miembros de mi familia, y todo un artefacto simbólico en torno a la etiqueta femenina en las bodas, donde los sombreros y tocados de colores brillantes eran las muestras palpables de estar rodeada de demonios, y donde las señoras mayores usaban guantes verdes tranquilamente (enorme vulgaridad, como nos recuerda  la genealogía del programa de la Lomana).

En medio de este caos y este ambiente hostil, la Chica India, con toda su firmeza característica, me obligaba a buscar colillas por el camino a nosémuybiendónde, sólo para que yo descubriera que estaban mojadas, me daban asco, y en realidad prefería dejar de fumar.

Entre las conclusiones, la sensación de estar acertando el camino. Es curioso poder reinterpretar una pesadilla a la luz del día y contactar con los sentimientos que una se niega. Después de ene sesiones de terapia, un mes y medio de vacaciones me ha colocado en el lugar donde se suponía que tenía que estar. Un lugar desde donde tengo perspectiva suficiente para valorar las malas influencias en todo su potencial dañino, elegir mis propios referentes, tomar mis propias decisiones y, en la medida de lo necesario, alejarme de ciertas zonas peligrosas para colocarme allí donde las vistas son mejores y se puede reconstruir un sistema de valores que sirva para una vida agradable que no tiene que ser ni compleja, ni dolorosa.

Keep going.

25.7.09

¿Qué hace uno cuando se tiene tanta lástima de sí mismo? ¿Se apadrina?
A ver cómo le explico al banco que quiero transferirme un euro al día de una cuenta a otra para sentirme mejor...

31.1.09

Las pesadillas se terminan

Hay que ser terriblemente ególatra para citarse a uno mismo, pero, en fin. En noviembre dije que:
"En estos cuatro años, he visto cerrar una papelería, abrir dos bares, una tienda Apple, he comido en montones de sitios distintos y ya no saludo a los camareros del Manila, sino a los del bar de nombre irrecordable conocido como "los obreros". Me he hecho fan de los del bar de nombre muy feo conocido como "los viejitos". He visto entrar y salir a gente fantástica, muy especialmente el Chico Pez. He visto salir, aunque no hubiera visto entrar, a la gente que me adentró en el mundo laboral. He reído, he sufrido, y, sobre todo, me he hecho mayor en una gruta sin ventanas que, desde hoy, ya no es para mí sino la manzana anterior a la casa de mis primos.
A partir de ahora, tomar café en un sitio tan feo que en la parte de abajo se alquilan locales para conferencias. Volver a no saber dónde comer, aunque yo haya hecho la guía útil de servicios. Cruzarme con cientos de personas en un ascensor. Tener que pasar una tarjeta magnética cada vez que quiera fumar un cigarro. La cuesta tremenda de Torrelaguna.
Y, por supuesto, la puesta de sol sobre el edificio de colores y la mariposa de Gas Natural, que hará que añore al Chico Pez todas las tardes."

Unas semanas después, la casa de mis primos se convirtió en la casa de mis primos menos uno. Lo cual hace que cada vez que paso con el 61 por esa esquina, todavía se me pongan los pelos de punta. Muy especialmente cuando me bajo y no recuerdo si debo pulsar A o B en el telefonillo.

Porque ahora, en esa calle (en la que también aprendí que bailar y yo no somos 100% incompatibles; apenas un 60%; en la que le dije al Chico Cósmico que no quería una relación y en la que ambos hemos paseado una y mil veces la relación siguiente; en la que dejé de ser administrativo y pasé a ser técnico de marketing, en la que vi andar con su sempiterna sonrisa a la Chica del Fondo de Armario, mil cosas más que nunca podrían tener un hueco aquí) también he tenido que subir a ese piso y hablar de que Primo #1 se fue para siempre.

Esta noche he soñado algo muy raro. Él venía y sonreía y me estaba contando algo de pie junto a la litera en la que yo dormitaba, y entonces alguien le pegaba un tiro y salpicaba todo lo que había alrededor. Inmediatamente, le llamaba al móvil. Tenía un mensaje encantador en su buzón de voz, al que yo le decía que ojalá le hubiese conocido cuando podría haberlo hecho. Luego volvía a llamar para pedirle que, por favor, explicase a todo el mundo que ya estaba muerto, porque me culpaban a mí del asesinato. Era todo muy raro. El olor a sangre era absolutamente real. El dolor, en cambio, era "de leve a moderado", como dicen en el tiempo. Supongo que no se irá nunca del todo, porque nadie se va del todo cuando se va sin que le toque. Pero por lo menos he llegado a la fase del duelo del "recuerdo agradecido", o eso le dije, precisamente, a la Chica del Fondo de Armario.

Y es que, a pesar de todo, 2009 se quita las legañas y empieza a colocarlo todo a su manera, lo cual es al menos y por una vez lo que estaba esperando. Esta semana he hablado de Blue, y con Blue, y con la Chica del Fondo de Armario (todo esto en momentos distintos y con interlocutores diferentes), y me encanta la capacidad que tienen algunas personas de convertir un uno-a-uno en un unoymedio-a-unoymedio. Y ojalá esos malditos examinadores de tráfico dejen de cobrarle impuestos a mi persona favorita, porque me encantará tener aquí a alguien que es capaz de sacar lo mejor de mí y sacar lo mejor de sí conmigo.

Vamos a ser Grandes, Blue. Qué ganas de que estés aquí.

27.9.08

El ser humano es raro (y más, en colectivo)

Empiezo a estar convencida de que mientras mi pequeño mundo gira, y busco cajas para mudarme por enésima vez como el que renueva su fondo de armario y el trabajo me exaspera y celebro despedidas y cumpleaños, la sociedad madrileña se ha puesto de acuerdo para saludar a los desconocidos.

He buscado datos sobre esta performance que está haciendo de Madriz una ciudad más humana y agradable para vivir, pero no los encuentro.

No obstante, el porcentaje de extraños que me saludan o me despiden cada vez que salgo a la calle sigue aumentando exponencialmente.

22.5.08

Busco un camino

Creo que, en cierto sentido, es bastante más que fantástico pensar que hay tanta gente alrededor que no comprenda que a veces no hace falta que pase nada para que la tristeza se convierta en un dolor tan insufrible que es mejor estar dormida, como en los días de regla de agosto, después de dos ibuprofenos, a 40 grados. Creo que al menos quiere decir que ya no me rodeo exclusivamente de gente que está loca de atar y que necesita más ayuda que yo. Creo que eso también es un paso para seguir aprendiendo a pedir ayuda. Rodearte de gente con los medios para dártela.
Pero, deformación profesional, me invento crisis que no sé si existen en las mentes de mis amigos y procuro resolverlas con palos de ciego. Como las mías.
Me dicen que avance, pero me parece absurdo echar a andar sin saber en qué dirección quiero ir.
Esta noche he tenido un sueño rarísimo, en cuanto a las personas que aparecían, pero había algo significativo: yo estaba empeñada en ir a una determinada playa, pero el Chico Pez, que había venido a verme (conclusión lógica de la fantástica sorpresa de que una llamada que uno cree que es desde UK sea desde la puerta de su piso), no quería andar tanto. Y yo tenía su móvil en el bolsillo, pero me daba igual: echaba a andar y descubría que el camino era breve y que la cala a la que llegaba merecía mucho, muchísimo la pena. Por las vistas, y por la compañía (aunque de una forma rara, nostálgica).
Esta mañana, Blue ha sido capaz de pedirme que la acompañara al aeropuerto, y yo he sido capaz, aunque ya estaba en la ducha preparada para salir pitando, de decirle que necesitaba un ordenador y que hoy era el último día en que iba a poder disfrutar de él para mí sola antes de las dos entregas que tengo pendientes. Asertividad. Como en el sueño.
Ser asertivo implica saber lo que quieres, comunicarlo a los demás de manera diplomática, y procurar conseguirlo, aunque aguantar estoicamente no hacerlo. Algo así. El problema es cuando te falta el primer paso.
Hacia dónde quiero ir.
Cada vez tengo más claro que necesito esos doce meses. Que son míos y de nadie más, persona física o jurídica. La cuestión es cómo conseguirlos.
Mientras, procurar ir haciendo las cosas bien, para que, al menos, el dolor desaparezca.

29.4.08

Como en una peli de Tim Burton

Ando por una especie de zoco. Quiero comprar cosas, pero no tengo ni un duro en la cuenta y no quiero que me vuelvan a rechazar la tarjeta, qué bochorno. Así que vuelvo a casa, pero es una cabaña rodeada de selva. Selva en la que, además, hay un parque de atracciones. O había. Porque las malas hierbas están creciendo por minutos. Así que me voy a quejarme a un edificio enorme e institucional donde un clon de Babette la de Stars Hollow me coge y decide convertirme en su protegida. Me cuenta la verdad. El mundo entero debería estar recubierto por esas malas hierbas, porque son el origen de todas las cosas. El Estado, en realidad, lleva siglos peleando contra ellas, y, simultáneamente, desarrollando un tipo de abono que las convertirá en seres inteligentes. Quieren esperar a que estén suficientemente preparadas para dominarnos a todos. Su hermana gemela es la artífice de tan malvado plan. Saca una especie de Guía de Pokémon y me explica cómo eran las criaturas originales. Hay un complicado sistema de puntos. Sólo una de esas razas es la elegida para salvar la tierra del sistema de las malas-hierbas-ultrainteligentes, me explica. Me sugiere que me tiña el pelo color arcoiris para que parezca una de las féminas de dicha raza, con intención de que me persigan a mí y así, distraídos, ella pueda colarse y destruir la fábrica de abonos. A mí me parece bien. El pelo arcoiris seguro que me favorece. Además, este findesemana hay varios festivales poperos y voy a ser el no-va-más, me digo. Me doy una vuelta por el recinto del festival. Me peleo con unos de una de las discográficas de la organización porque uno de los grupos que llevan es una puta mierda plagiadora. Me voy a El Corte Inglés a buscar el álbum original al que copia su banda, pero me entretengo buscando libros en inglés para niñas de los 50.
Entonces me entero, no sé por qué, de que una de mis antiguas compis del instituto es la mayor coleccionista de ese tipo de libros. Su madre es majísima y nos invita a comer, justo antes de morir en circunstancias trágicas dejándome al mando de una familia llena de hijos. Intento telefonear a la clónica de Babette para decirle que hay que abortar el plan, pero lo único que consigo es que me llamen del banco para decirme que hay un problema con mi cuenta.
Voy al banco y pretenden obligarme a devolver los libros que he comprado, así que voy al Corte Inglés. Está cerrado. Me cuelo en el supermercado para comprar tomates y alcachofas, y, cuando me pillan, finjo ser una cajera. Subo a la librería pero tampoco hay nadie. Así que pienso en acercarme a la peluquería. Allí sí hay gente, y ponen mi pelo color arcoiris. Las mechas azules y moradas en torno a la cara, para que parezca más discreto, visto de frente.
Con mis libros, mis tomates, mis alcachofas, una bolsa de pan de molde que no sé de dónde ha salido y mi nuevo pelo, vuelvo al edificio de la administración, pero el golpe de Estado de las plantas malvadas ya ha tenido lugar, y ahora no sé si hablo con la pseudoBabette o con su gemela. El caso es que me meten en un ascensor con un vigilante de seguridad, y subimos y bajamos mil veces unos 50 pisos. Cuando me mareo de tanto meneo y vomito, el segurata saca un walkie-talkie y asegura que no soy una Mohuga, o como quiera que se llame la raza elegida. Me deja salir del ascensor.
Pero no salgo a la calle, sino a la fase cinco de un videojuego. Estoy en una gruta y tengo que matar al dragón. Dejo las bolsas del supermercado tras una roca y corro por túneles cual joven supermario colorida, hasta que me encuentro al dragón. Está durmiendo. Yo también tengo sueño, así que me tumbo al lado del dragón y nos dormimos los dos plácidamente. A tomar por culo la revolución.

Y luego, me despierto. Como cabe esperar, me despierto como si me hubieran dado una paliza. Me pregunto por qué no puedo descansar como las personas normales...

7.3.08

De la confianza en el género humano

A ver cómo hilvano yo todo esto que me ronda la cabeza. Era más fácil cuando me llamaba INC.On.Ex.A (o bien cuando podía postear tres veces al día, y no una a la semana en modo +aquitepilloaquitemato).

Veamos. Cronología.
Jueves tarde, psicólogo. Seguimos haciendo historia, pero me comenta que una de nuestras futuras áreas de trabajo será el análisis de mi manera de crear vínculos afectivos y de confianza, para ver por qué siempre elijo tan mal a las personas (que nadie se ofenda, creo que a nivel general se puede decir que es una realidad palpable), y por qué narices me dan miedo.
Jueves, más tarde, en casa de mis abuelos. Mi abuelo asegura que el ser humano no es más que un bípedo ocasional, cuyo rasgo distintivo es que sabe matar a distancia, y que por tanto se siente orgulloso de tener 79 años y ningún amigo. Me parece triste, sí, pero muy respetable. Aunque contradiga lo que acabo de decirle al señor Parador de Montañas Rusas acerca de lo importante que es partir de cero y olvidar los daños anteriores antes de empezar una nueva campaña, un nuevo reto, una nueva relación.
Jueves noche, sueño. Mi hermana necesita urgentemente un uniforme para un baile del instituto. Van a vestirse de hombres, y necesitan cinco camisas y cinco corbatas que hagan juego. Le pido ayuda al Chico Pequeño, que se ríe de mí hasta la extenuación porque, si de algo carece, es de corbatas. Así que se me ocurre ir a pedir ayuda al Chico Hipermagnético. (¿?) Llego a su casa y no está, así que abro con mi propia llave (¿¿??) y entro. Abro los cajones, veo que tiene ropa suficiente como para prestarle a mi hermana lo que necesita, pero no quiero cogerla sin permiso, así que espero a que venga. Me entran un sueño y un calor terribles, así que me acuesto desnuda. Un rato más tarde, abre la puerta, sonríe, dice: "Vaya sorpresa". Yo le digo que no, que he ido como amiga, le explico la situación, me da cinco camisas y cinco corbatas cromáticamente coordinadas, y me dice que no me preocupe, que duerma si estoy cansada. Fuera llueve y yo vivo muy lejos (MEMO: tengo que explicarle al psicólogo que tengo un mundo espacial paralelo cuando sueño. Las mismas casas, los mismos bares, las mismas calles, las mismas cuestas, la playa sobre el acantilado, el hotel neoyorkino, el centro comercial Chinatown, el lodo verde, el campo de golf...), así que la idea suena bien. Hasta que unos padres (¿los suyos, los míos, los del Chico Cósmico?) entran en la habitación enajenados. Me gustaría decir que no es lo que parece, pero en realidad pienso desde que ha entrado que faltan segundos para que se me lance a la yugular. Así que es él quien habla, me tapa con la sábana, cierra la puerta, recoge la ropa que me presta. Cuando estoy vestida, me besa en la frente, y me dice: "Todo el mundo cambia".

En realidad, yo sé que no. Pero me gusta pensar que sí, y así nos va. Y porque creo que es necesario confiar en la gente, creo que es necesario participar en el juego democrático. Tanto, que yo cambiaría el derecho al voto por la obligación de votar, bajo sanción de no beneficiarse de ningún tipo de ayuda estatal (subvenciones, seguridad social, incluso transporte público, si me apuras) si no se vota.

Por favor, voten. Voto útil, voto inútil, voto práctico, voto utópico, voto en blanco, si quieren. Pero voten, porque aunque todo sea un asco hay que guardar un poquito de esperanza en el género humano para luego sonreír cuando te besan la frente en sueños o cuando una niña que no se llama Victoria Esperanza va cantando de camino al colegio con una felicidad auténtica, genuina, contagiosa, que también es humana, como la capacidad de mentir, como la capacidad de matar.

20.1.08

My life as a junkey

Ni siquiera sé si se escribe así, pero bueno, me da un poco igual. El caso es que el otro día, en plena duermevela, tenía intención de colgar varios sueños curiosos para desentrañar de qué película / capítulo de serie podían venir, para ver si desgranaba, finalmente, qué parte de ellos me pertenecía en realidad.
Hoy he soñado que me veía envuelta en la guerra civil, embarazada, viuda, y remando contracorriente en un río para llegar a un pueblo vecino donde supuestamente aún no se había rendido pero llegábamos tarde. También he soñado que era un gay intentando explicar la traición de mi ex-pareja, a un grupo de otros cuatro o cinco, que no dejaban de ver símbolos fálicos o simplemente sexuales en las pistas que les enseñaba, lo cual dificultaba muchísimo mi explicación, hasta que conseguía centrar su atención (suena todo muy raro pero era un ejercicio de análisis de la imagen cojonudo, en serio). Finalmente, he soñado con Tomares, y lloraba, y lloraba sin parar, porque no podía más y tenía que irme al extranjero, y me encontraba con gente y no me decían nada. Estábamos en la piscina, y yo me había achicharrado, pero eso era lo de menos porque me dolía por dentro, no por fuera. Intentaba explicar por qué necesitaba irme. Casi me enrollaba con antiguos amores del colegio, hasta que mi psicóloga (inidentificable) me decía que era fruto de septiembre y de las ganas de recuperar el tiempo perdido, y que no debía dar importancia a unas historias en las que podía haber de todo menos amor. El caso es que seguía empeñada en irme al extranjero, iba a buscar a la Chica Ángel, y, en su puerta, volvía a convertirme en el gay despechado, cuando mi asesor matrimonial me recomendaba echar un polvo en su coche, que luego destruían por la mitad, él-ella y su pareja, sin razón aparente.
No creo que el Lexatín me siente bien, sinceramente.
Hoy como con los psicólogos belgas, y espero que sean parte de la solución de un problema que aún no tengo identificado. La hipótesis de la falta de disciplina se cae a cachos cuando el Chico Escritor dice que eso es un síntoma de una enfermedad que no me tomo en serio. Pero en cuanto me encuentro algo mejor quiero pensar que sólo es la causa de no encontrarme bien, y quiero volver el lunes y hacer todo lo que tengo que hacer, despacio, pero hacerlo. Y entonces vuelvo a pensar en si ir o no al psiquiatra, y creo que le estoy dando demasiadas vueltas a todo.
Me pongo un reto físico fácil, para ver hasta qué punto en realidad estoy remolona.
Pero es la una, y he quedado en 45 minutos.
Quizá, es cierto, estoy débil.
Quizá no.
Blue dice que es difícil basarse sólo en el psicoanálisis cuando te están alterando químicamente los neurotransmisores todo el rato, y tiene más razón que un santo.
Estoy confusa...