11.3.26

Ubicaína

Hay un libro que se llama Mis amigas se compran casas y desde que salió lo quiero leer pero nunca me he atrevido a comprarlo porque sospecho que me va a hacer daño.

He sido la primera de mis amigas en ser madre, y soy una de las poquísimas que se pudo comprar una casa. Cuando pedí la hipoteca no sabía a quién preguntar. Básicamente en ese momento te das cuenta de la cantidad de ejes que cruzan el campo económico: qué sola está una cuando no tiene familia. Qué sola está una cuando su pareja no es una compañía verdadera. Qué sola está una cuando sus amistades no entienden ni una cosa ni la otra. 

Qué sola está una cuando no puede pagar según qué cosas. 

La hipoteca fue un milagro y la agradezco como tal. Tener menos de un 35% del piso en el que vivo es un privilegio y lo entiendo como tal. 

Lo que no es, ni mucho menos, es una garantía. Si algo me ha obligado a tener presente mi historia familiar es que incluso cuando todo parece estar bien puede estar a punto de romperse. Por casualidades, por imprudencias, porque les viene bien a los señores que juegan a los numeritos imaginarios, porque no te puedes fiar de nadie, porque hoy estás en condiciones de trabajar y mañana no. O no estás. 

No tener eso presente también es un privilegio.

Llevo años escuchando que tengo una relación enfermiza con el dinero y me lo he creído. Hasta cierto punto es totalmente cierto, lo reconozco. Cuento ingresos y gastos con la compulsión de quien no pasa más de unas horas sin que su TCA le secuestre la atención y le obligue a contar calorías que entran y salen. 

Solo que no es un TCA, es una diabetes, y si no llevo la cuenta un pico glucémico o una hiperglucemia podría matarme.

Soy una privilegiada. Estudié en un centro donde a pesar de ser conscientes del acoso que sufría por parte de mis iguales y el maltrato que sufría dentro de mi casa no hicieron nada por protegerme, pero al menos sí tuve una persona de referencia con la que hablar en esos años, y con la edad he descubierto que es un privilegio que aquella relación no se tornara abusiva en ningún momento. 

Lolita solo quiere que algún adulto la vea y la mantenga a salvo. El motivo es lo de menos.

Estudié en un centro, decía, donde la pregunta era "¿Tu padre no tiene barco?" y no al revés. Era la chica sin casa en la sierra ni casa en la playa; ni casa, en general: nunca abandonamos el inquilinato. Descubrí tarde que quería estudiar Comunicación Audiovisual y no me di cuenta de que, casualmente, quienes optaban por esa carrera en mi entorno iban directamente a la privada. Leía el otro día que "no puede ser que estudiar cine sea un privilegio" como si no hiciera falta un camión cisterna de privilegios para poder hacer cine posteriormente.

Pienso en la Chica Sorpresas y en su talento deslumbrante gestionando devoluciones de pedidos con un puesto de asistente de dependienta. Pienso en le Chique Azul levantándose a las 4 de la mañana para hornear pasteles en un país donde le detestan por su lugar de nacimiento. Pienso en el Chico Carrá aparentemente secuestrado por su propio estado de ánimo desde hace dos décadas cuando no es ni más ni menos que víctima del Shitty Life Syndrome. 

"Mañana será otro día de mierda, aita. Como ayer, como antes de ayer. Mañana, aita, será otro día de mierda", aúlla la protagonista de Cinco lobitos por el hueco de la escalera. Hacía unos meses que no me sentía así, con esa barandilla oprimiéndome el diafragma, pero aquí estamos de nuevo. 

Soy una privilegiada porque no tengo familia de origen y soy la única adulta de mi familia creada y aun así puedo tener encendida la calefacción aunque sea con el termostato por debajo de lo que mi friolero organismo agradecería; porque el día que cumpla la edad de jubilación con la que me crié terminaré, capacidad mediante, de pagar el techo que nos protege. 

Soy una privilegiada porque cuando me volvieron a contactar del proyecto en el que me pisotearon el verano pasado les dije que sí, pero cuando desaparecieron me pude permitir no perseguirles. Soy una privilegiada porque aunque mi proyecto principal esté siendo un circo de tres pistas de comunicación paradójica sigo pudiendo tener mis consiguientes ataques de ansiedad en casa. No hay mucha gente que pueda permitirse tumbarse en la cama a llorar cuando el trabajo se pone insoportable, soy consciente. 

Soy una privilegiada porque el año pasado pude permitirme pagar el informe diagnóstico que la amenaza burocrática sobre mi hijo requería, aunque ahora nadie lo quiera usar para nada y parezca que estamos en la casilla de salida. Soy una privilegiada porque hoy estoy escribiendo esto en pijama y no sentada en mi escritorio sonriendo a alguien mientras me amenaza, como espero de todo corazón estar dentro de un par de años. 

Soy una privilegiada pero mi mayor fantasía es un trabajo cara al público con el que pueda llevar el tren de vida actual (que incluye comer una vez al día cuando la perra requiere visitas periódicas de control al veterinario, tardar tres años en atreverme a gastar 75€ en unos billetes de tren para pasar cinco días con el niño en casa de una amiga y preguntarme si no es más factible pasar un par de meses ayunando que tener que comprar toda la ropa básica que requiere haber cambiado de talla), y que eso solo requiera llevar a mi hijo al colegio una hora antes cada día y, probablemente, encerrarme en casa sábados y domingos de puro desgaste social. 

Mientras tanto, a mi alrededor, la gente me da consejos como si tuviera opciones. "Te vas a aburrir", dicen, como si pudiera permitirme pensar en mi realización cuando estoy a 6 meses malos de perder el único privilegio que tengo. "Por ese dinero no se puede vivir, pero es porque la conozcan", me repiten con todo su desprecio hablando de las entrevistas de trabajo a las que yo tengo que encargarme de que otras personas postulen, mientras yo pienso que la única vez que me ofrecieron (algo menos que) esa cifra estuve dos meses soñando despierta porque era el fin de mis problemas durante dos años enteros y toda mi preocupación era cómo recuperar tracción cuando esos años se acabasen o cómo no perderla sin perder la cabeza (o la de mi hijo) en el proceso.

Reconocerme en una discapacidad dinámica (en dos) me ha ayudado por primera vez a salir de la conversación con mi tía en mis años universitarios, escaparme de ese "no entiendo esa manía tuya de trabajar, ¿no preferirías viajar, como tus primos?". Por fin he podido reconocer que nunca fue una opción, nunca estuvo a mi alcance. La Chica Mariposa me miró una vez muy seria y me dijo "¿Tú no eres consciente de que el único motivo por el que no eres profesora universitaria es cómo te trataba tu madre?" y me abrió los ojos a una realidad que llevo toda la vida palpando sin ver.

"Las llaves perdidas no abren puertas", decía el otro día un ejercicio de Duolingo,y no he encontrado que sea un refrán en ningún idioma pero he decidido que voy a instituirlo. Mi colegio privado no me abrió puertas porque no tenía una llave en el bolsillo. Mi familia burguesa no me abrió puertas porque no tenía una llave en el bolsillo.

Y aun así, si estoy escribiendo esto cómodamente en mi (al 34.90%) casa es porque mi educación y mis contactos me ofrecieron una posición de salida muy superior a la que tenía el padre de mi hijo, a la que tienen los padres de sus amistades. 

No sé si es por esta renegación de clase que me acompaña desde siempre, pero si bien soy poco proclive a compartir cosas (mi bolsa de chuches, el plato que he pedido, el espacio que habito), siempre he sido dadivosa con el dinero. La primera vez que rompí la hucha fue para comprar regalos a mis padres, la primera paga extra que recibí la destiné a una consola para mi hermana, el año que viví del paro pagaba yo las cervezas cuando salíamos la gente de clase porque me sentía enormemente agradecida de tener dinero en el bolsillo y lo que me sale natural cuando me siento así es invitar. 

Me cuesta trabajo entender la mentalidad de tiburón y el holdear que tan risibles nos parecen pero que la gente aplica naturalmente a su día a día, "el tiempo que estoy aquí cobrando esto estoy perdiendo la oportunidad de estar cobrando más en otro sitio", me decía la Chica Sensata (creo que no se llamaba así pero no tiene sentido buscarla ahora; sigo de duelo, no quiero remover recuerdos), mientras yo no podía contener el impulso y le replicaba que ojalá ir yo a cobrar eso a cualquier sitio. 

La Chica Sensata podría haber escrito el libro del que hablaba. La Chica Sensata tiene algo peor que no tener familia de origen: una familia de origen que es una carga a todos los niveles. La Chica Sensata no puede olvidar que está a un golpe de pasarlo fatal y además ese golpe puede llegar en cualquier momento porque ese golpe es una subida del alquiler que la mande a Durazno de Arriba de cabeza. Supongo que la Chica Sensata ha querido abofetearme más de una vez y más de dos cuando he entrado en pánico por lo cerca que estoy de perder la hipoteca; aquel día la que quise abofetearla fui yo.

[Supongo que es mejor que ya no seamos amigas, si cuando pienso en ella solo soy capaz de imaginármela queriendo abofetearme.]

La Chica Sensata no me ha dicho ni una sola vez que lo que tengo que hacer es salir de Madrid: simplemente puso las condiciones para que pudiera salir de Madrid. Alquilamos un coche y una casa y nos fuimos los dos perros y nosotras a echarnos varias siestas diarias a algún lugar cerca del mar. Pedimos chino en lugar de irnos a comer un arroz maravilloso en un chiringuito, cosa con la que llevaba fantaseando dos años, porque una cosa es lo que una quiere y otra lo que se puede pagar, y esas fueron mis últimas vacaciones de verdad hasta este año. Una década sin vacaciones. 

No echo en falta viajar pero echo en falta la música. Decidí reinvertir en conciertos el dinero que me ahorro ahora que la medicación está financiada (algo que no durará) y dejar de comer fuera para poder tomarme unas cervezas en sala y así tolerar las luces. Aun así, los precios no son lo que eran y no puedo permitirme hacerlo mucho más allá de una vez cada dos meses. Esta es mi vida ahora y aunque Mi Media Infancia me dijo una vez que no entendía cómo era capaz de vivir así, he asumido el control presupuestario férreo como parte de la rutina cotidiana, y no pasa nada. 

Es mejor eso que morirse. 

Hasta que viene alguien de mi entorno, otra vez, gimoteando porque se siente personalmente ofendido por la cantidad de dinero que le han ofrecido en una entrevista de trabajo (se va a cumplir un año desde la última vez que me llamaron para una entrevista de trabajo, salvo que contemos como tal la del proyecto en el que tengo una nómina de 120 euros). Alguien de mi entorno que cobrando un tercio más de mi salario anual olvida pagarme su parte cuando salimos y jamás se adelanta para pagar por los dos. 

Y ahí, entonces, me cabreo.

Me cabreo profundamente porque cuando estudiaba que las personas son mucho más desgraciadas cobrando lo mismo si todo su entorno gana más que ellas que si todo su entorno ganaba menos pensaba que hay que ser una persona extremadamente miserable para vivirlo así, y me he convertido en esa persona. Era mucho más feliz cuando con mi pago del SEPE nos tomábamos dos botellas de vino entre tres amigas que ahora cuando mis amigas me miran con esa tensión entre el "te entiendo" y el "espabila" cuando cualquier cosa que tenga un precio se pone encima de la mesa.

Porque si algo soy, es espabilada.

Y cada vez que me repiten que no tendría que estar así lo que me devuelven, una y otra vez, es la idea de que soy defectuosa. Y vuelvo a ser la niña que nunca necesitó que su padre tuviera barco o ir en invierno a esquiar o en verano a la playa, pero sí necesitaba desesperadamente sentir que alguien la escuchaba y la entendía.

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